Un año ha pasado ya desde el inicio de esta pesadilla pandémica. Primero, no creíamos que jamás viviríamos una experiencia de este tipo, por muchas películas de catástrofes que viéramos, por más que leyéramos informaciones que periódicamente alertaban de la posibilidad de que se produjera alguna pandemia como la que finalmente vino, o por mucho que observáramos lo que sucedía en China. Después, no pensábamos que duraría tanto tiempo y provocaría un cambio tan grande y acelerado en nuestras vidas.

Sea como fuere, aquí estamos un año después. Por una parte, maravillados del desarrollo científico-tecnológico al que ha llegado la humanidad, y que ha hecho posible que en un periodo de tiempo muy corto tengamos vacunas contra este virus. Y por otra, preocupados, muy preocupados con la situación actual de la pandemia de la COVID-19 en nuestras vidas.

Una preocupación que ha aumentado la ansiedad, el miedo, la tristeza, la sensación de soledad y aislamiento, la desesperanza respecto al futuro, la irritabilidad, el nerviosismo, el agotamiento, el estrés y la intranquilidad.

Y todo ello, no en abstracto, sino frente a la posibilidad de contagiarnos del coronavirus o contagiar a algún familiar, a morir debido al virus,  a que se siga propagando la enfermedad, a que ocurra algo grave y haya que ir a urgencias, a no poder ver a familiares y amigos, a poder perder el trabajo, a ver mermados los ingresos familiares y personales, a estar solo o aislado socialmente, a que la sociedad no vuelva a ser la misma que antes, o a que las pandemias se conviertan  en parte de nuestra vida.

Nuestra salud mental ha sufrido mucho durante este tiempo y tenemos que ser conscientes de ello como sociedad para ponerle remedio colectivamente. Porque aquí, hay un gran hándicap. Cuando nos hacemos una herida o nos rompemos algo vamos al médico a que nos cure. Pero no estamos acostumbrados a acudir a una psicóloga, a un psiquiatra o a un psicoterapeuta para solicitar ayuda frente a estos miedos, ansiedad e incertidumbres que nos afectan.

Por ello, frente a tanta polarización política, sería bueno que las distintas administraciones comenzaran a tener en cuenta esta realidad para ponerle remedio desde ya. No hacerlo, y dejarlo solo a la voluntad individual de los ciudadanos sería un grave error que podremos pagar con una sociedad más dependiente de psicofármacos y automedicada.

Si esto es grave en su conjunto, es especialmente delicado en los niños y jóvenes que han visto como en una etapa clave para su socialización han tenido que confinarse.

Un aislamiento social que las familias han percibido en muchos casos. Cuando el CIS ha preguntado si ha notado algún cambio o modificación en la manera de ser o de comportarse de sus hijos/as durante el periodo de la pandemia, un 52,2 por ciento afirma que sí y un 47,3 por ciento que no.

El tipo de situaciones que han notado en sus hijos las califican como leves, un 52,7 por ciento; moderadas, un 21,4 por ciento; importantes, un 12,3 por ciento; unas leves y otras más importantes, un 10,1 por ciento.

Pero, lo que reafirma que las administraciones tienen que actuar colectivamente son dos hechos claves:

  • El primero, es que cuando se pregunta si han acudido a algún profesional de la salud mental (psiquiatra, psicóloga, psicoterapeuta) para solicitar ayuda para sus hijos, un 87, 4 por ciento afirma que no, y un 12,6 por ciento señalan que sí.
  • El segundo, es que cuando se les pregunta si tienen pensado solicitar la ayuda de algún profesional de la salud mental para sus hijos, el 92,9 por ciento dice que no, y un 4,8 por ciento que sí.

Es importante ser conscientes de los cambios que se han producido en el comportamiento de muchos niños y jóvenes. Cambios que tiene que ver con la forma de comportarse, con la forma de mostrarse a los demás, con la forma de relacionarse en casa con los padres, con la forma de relacionarse entre hermanos, con cambios de humor, con cambios en los hábitos de vida, con cambios en el sueño o cambios en la comida.

Tiene que ver con un aumento de la agresividad, con ser más exigentes, con estar más retraídos, con mostrarse menos sociables, con ser más desobedientes, más irritables, más tristes, tender a aislarse con más facilidad, protestar por cualquier cosa, estar más contestones cuando son reprendidos, reclamar más atención, estar moviéndose todo el rato, manifestar temores, cambiar de humos constantemente, mostrarse más caprichosos, más nerviosos o con ansiedad, picarse con los hermanos por cualquier cosa.

Tiene que ver con hacer menos ejercicio, con ver mucho más tiempo la TV, jugar demasiado a la Tablet, utilizar más tiempo el teléfono móvil, concentrarse menos al hacer las cosas, querer salir menos a la calle, menor rendimiento escolar, dormir menos y tener más dificultades para dormirse.

La sociedad tiene que ser consciente de lo que está pasando para actuar. Por eso ahora, las administraciones deben actuar, porque las mentes también necesitan ayuda.