La evolución de la crisis en Ucrania se mueve entre las movilizaciones militares, sazonadas con las advertencias de los dirigentes al bando adversario, y las expresiones de opinión de los medios, generalmente estimulados por unas perspectivas de conflicto mayor que alimentan el interés público. Pero, en sordina, se trabaja en una solución negociada, más en sintonía con el buen juicio y la gravedad de la situación.

Ambas líneas no son necesariamente incompatibles, sino todo lo contrario: se complementan. La opción militar necesita que se haya demostrado fehacientemente la imposibilidad de una salida diplomática previa. En la opción negociadora, cada parte refuerza -o cree reforzar- sus bazas haciendo muy creíbles las amenazas del uso de la fuerza, sin incurrir en la exageración o en la exhibición de una conducta belicosa.

En la crisis de Ucrania estamos asistiendo justamente a eso. Rusia ha asentado sus fuerzas militares en las fronteras norte, este y sureste de Ucrania, pero ha atemperado notablemente el discurso, en espera de la respuesta norteamericana (no dice de la OTAN) a sus demandas de seguridad. En Occidente, predomina estos días el peso de la retórica y la escenografía militar: 8.500 soldados norteamericanos en alerta ante un posible despliegue en Europa del Este; envío de material militar a Ucrania (de parte del Reino Unido, de Francia y otros); aceleración de los preparativos de maniobras militares ya previstas. No es casualidad que sea en Londres donde más se escuchen tambores de guerra. Boris Johnson lucha por la supervivencia política, y nada mejor que el fantasma bélico para desviar o confundir atenciones. En otras capitales europeas se insiste en la priorización de la solución diplomática.

SON LOS INTERESES, NO LOS VALORES

El relato político-mediático en Occidente se asienta en dos vectores doctrinarios:

1) Hay que defender a Ucrania frente a la amenaza de “agresión rusa” por una cuestión de valores y de compromiso con el sistema democrático y las libertades.

2) La necesidad de la cohesión aliada.

Si se pone énfasis en estos dos argumentos -legitimador el primero, instrumental el segundo- es justamente porque no son del todo reales, o la realidad no es tan clara como se proclama.

Ucrania no es un modelo de democracia. Ni siquiera podría considerarse un país democrático a falta de reformas o ajustes para ganarse la acreditación. Como en el resto de países de la antigua Unión Soviética, el sistema liberal no ha prendido. El poder real reside en una red de corporaciones y agentes políticos lubrificada a gran escala por la corrupción, el clientelismo, el tráfico de influencias y favores y la codicia de las nuevas élites (nomenklaturas), que controlan casi las tres cuartas partes de la economía nacional. Algunos de estos oligarcas como Ahmetov, el más poderoso, se han visto perjudicados por la pérdida de Crimea o la revuelta en las regiones orientales, donde ha perdido la mitad de sus beneficios por las expropiaciones (1).

Un acontecimiento apenas señalado en nuestros medios refleja el peculiar funcionamiento de la democracia ucraniana. La justicia ha rehusado detener al expresidente Poroshenko tras regresar a su país, a pesar de los diversos cargos por corrupción y abuso de poder. Durante la crisis de 2014, su principal interlocutor exterior fue Joe Biden, encargado por Obama de coordinar la relación con Kiev. La decisión judicial coincidió con la visita Blinken. El Tribunal Supremo ucraniano no quiso incomodar al jefe de la diplomacia americana, porque hubiera sido como desairar indirectamente al presidente Biden (2).

Más relevante es el ninguneo práctico que las potencias occidentales están haciendo de los dirigentes políticos ucranianos. No están en los foros más o menos decisorios: sólo en la OSCE, que es una organización prevista para prevenir crisis no para resolverlas.

Al Presidente Zelensky nunca se le ha tomado en serio, más allá de un respeto protocolario. No se le ve capacitado para el cargo y, lo que es peor, se le considera como una marioneta de personajes más poderosos: de hecho, en la fase de su ascenso político respondía a los intereses de Kolomoiski, el oligarca propietario de la cadena de televisión donde se emitía su programa de humor. Después de romper con él, Zelensky se ha asentado en una base de poder institucional sin demasiado fuste. Los altos mandos militares y los políticos que representan a los conglomerados industriales no tendrán problemas para dictarle las decisiones oportunas.

No hay, por tanto, un propósito sincero en la defensa de una democracia ejemplar, ni siquiera en gestación. No es ingenuo sino interesado afirmar que Putin teme una Ucrania democrática adscrita al orden liberal. Hay más semejanzas que disparidades entre los sistemas políticos ruso y ucraniano.

Aún más irónico resulta, que estos últimos días altos cargos de Ucrania hayan desautorizado el tono alarmista propagado desde Occidente. El Ministro de Defensa reveló en televisión que “Rusia no había dispuesto hasta la fecha ni un solo grupo de combate en la frontera, lo que indica que la invasión no es para mañana”. En Exteriores, se consideró “alarmista” la orden de retirada de las familias del personal diplomático, efectuada por Washington y Londres (3).

A VUELTAS CON LA COHESIÓN ALIADA

En cuanto a la otra proclama del momento en la crisis, la cohesión aliada, las costuras son aún más visibles. La unidad es la cara visible -o visibilizada- de la relación transatlántica; en bastidores se trabaja afanosamente por limar las discrepancias, que no son pocas ni menores. Alemania está siendo presionada para que abandone su política de apaciguamiento con el Kremlin. Ya se empiezan a escuchar en Berlín declaraciones más severas hacia Moscú. Desde la cancillería se ha dejado entender que, en caso de invasión, la entrada en funcionamiento del gasoducto Nordstream 2 se suspenderá sine die. La actitud alemana en la crisis, las relaciones con Rusia y su papel en la arquitectura de seguridad europea merecen análisis aparte (4).

Estados Unidos intenta garantizar que tanto Alemania como el resto de sus aliados europeos se vean afectados lo menos posible por el suministro de gas. Se hace virtud de la necesidad: las compañías norteamericanas que producen gas licuado podrían compensar un hipotético cierre, interrupción o disminución del suministro ruso. El semanario liberal THE ECONOMIST ofrece un estudio de la dependencia energética europea de Rusia. La conclusión es que los hogares no se quedarán fríos y las fábricas y servicios no se pararían, pero el coste de las facturas sería más alto. No es un alivio, o no muy claro, en todo caso (5).

EL MARGEN NEGOCIADOR

Se vocea y se negocia. En las principales capitales aliadas se estudia qué posible respuesta por escrito (ya se ha aceptado esta condición de Moscú) se puede dar al Kremlin, que a Putin le resulte satisfactoria y que sea aceptable para Occidente (6). De las tres demandas presentadas por los negociadores rusos en Ginebra y Bruselas, la primera, es decir, el abandono de la candidatura de Ucrania a ingresar en la OTAN, es la más asequible, aunque los detalles de la fórmula sean espinosos. Se podría plantear una moratoria temporal (25 años, por ejemplo: más allá de la vida previsible de Putin), o unas condiciones de acceso que harían muy difícil el acceso del país a la alianza occidental. Lo que ha ocurrido hasta ahora, sin ir más lejos.

La renuncia a instalar o desplegar fuerzas militares occidentales en Ucrania tampoco parece un escollo insalvable, siempre y cuando Moscú ofrezca garantías equivalentes. Occidente puede hacer valer el compromiso de 1994, cuando Ucrania aceptó ceder el arsenal nuclear soviético desplegado en su territorio y Rusia se comprometió a defender y respetar la seguridad de su vecino suroccidental. Pero Crimea y el Donbas no son precedentes venturosos.

Lo más complicado es satisfacer a Rusia en su exigencia de revertir el sistema de seguridad militar occidental es los antiguos países del Pacto de Varsovia, en particular los bálticos, Polonia, Rumania o Bulgaria. El Kremlin tendría que ceder en ese punto o al menos reformular sus demandas de manera más ambigua, mediante medidas de confianza, para abrir espacios de compromiso. Después de todo, cuatro de las cinco ampliaciones de la OTAN desde 1990   han ocurrido con Putin en el Kremlin, sin demasiado ruido, ni diplomático, ni militar.

Hay puntos que pueden ser negociables. Se puede revivir el tratado INF, que implicaba la renunciar a desplegar en territorio europeo armas nucleares de alcance intermedio (de 500 a 3.500 kilómetros), del que Trump se retiró alegando que Moscú lo violaba sistemáticamente. Los expertos consideran que se podía iniciar una negociación compleja pero no inviable.

Otro elemento de negociación sería el reposicionamiento de las defensas antimisiles que Estados Unidos instaló en Polonia y Rumanía (se dijo en su momento que podían servir para protegerse de ataques rusos, pero también de los iraníes o de otras potencias hostiles en Oriente Medio), y el uso futuro de las bases aéreas que pueden albergar aviones con capacidad para transportar armas nucleares.

En realidad, el problema con la vía negociada es que mientras el Kremlin actúa con las manos libres, Washington depende de la aceptación de algunos aliados menores temerosos del comportamiento ruso y, sobre todo, de un legislativo que puede boicotear un posible pacto. En el pasado, los tratados de limitación o reducción de armamento con la URSS estuvieron paralizados durante años al no ser ratificados por el Senado. Ahora, en aquellos elementos con rango suficiente para escapar a la acción ejecutiva presidencial, podría ocurrir lo mismo. Por eso Moscú insiste en demandar compromisos “efectivos”.

En definitiva, la guerra no es inevitable, ni mucho menos. Pero tampoco puede descartarse, por una provocación que escape al sistema de control, o por un “accidente” que encienda la mecha. Lo más probable es que, en virtud de la preservación de los intereses de las partes,  principio prevalente en las relaciones internacionales, se conjure el peligro bélico… o, en el peor de los casos, se limite su desarrollo y alcance.

 

NOTAS

(1) “Ukraine needs a political deal at home to defend against Russia. Bringing oligarchs on board is vital for reform efforts”. KAMRAN BOKHARI. FOREIGN POLICY, 4 de enero.

(2) “Court in Ukraine declines request to arrest former President”. ANDREW KRAMER. THE NEW YORK TIMES, 19 de enero.

(3) Declaraciones del Ministro de Defensa a la cadena de TV ucraniana ICTV; “State department orders diplomat’s families to leave U.S. Embassy in Ukraine, citing ‘threat of Russian military action’”. THE WASHINGTON POST, 25 de enero.

(4) “Germany has a little maneuvering room in Ukraine conflict”. DER SPIEGEL, 21 de enero; “Allies question Germany’s Ukraine approach”. COL QUINN. FOREING POLICY, 24 de enero; “Germany’s new Chancellor hesitates about in the face of Russia’s threats”. THE ECONOMIST, 25 de enero; “Where is Germany in the Ukranie standoff? Its allied wonder. KATRIN BENNHOLD. THE NEW YORK TIMES, 25 de enero.

(5) “How will Europe cope if Russia cuts off its gas? THE ECONOMIST, 24 de enero; “US finalizing plans to divert gas to Europe if Russia cuts off supply”. THE GUARDIAN, 25 de enero.

(6) “What a week of talks between Russia and the West revealed”. DMITRI TRENIN. CARNEGIE, 20 de enero; “War may loom, but are they Offrams? DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 24 de enero.