Cualquiera que haya seguido las sesiones de control al Gobierno del Congreso de los Diputados, habrĂĄ acumulado sobradas razones para desconfiar de la polĂtica y de los polĂticos de este paĂs. SegĂşn detallaba recientemente el diario El PaĂs, tras analizar mĂĄs de 300 preguntas (domingo, 2 de enero de 2022), allĂ predomina el insulto, las mentiras, el trazo grueso, la descalificaciĂłn del adversario, la exageraciĂłn y las acusaciones sin pruebas, casi siempre a cargo de los dos partidos mayoritarios de la oposiciĂłn: PP y Vox. Desde el minuto uno de la investidura del Gobierno de coaliciĂłn PSOE-UP, en enero de 2020, ese ha sido el clima polĂtico, tanto dentro del Congreso, como en las declaraciones pĂşblicas de estos dos partidos. ÂżQuĂŠ podemos hacer los ciudadanos contra esto? ÂżHay razones que justifiquen este clima?ÂżTiene remedio esta situaciĂłn, a todas luces indeseable?
Empezando por lo primero, yo he adoptado una decisiĂłn que recomiendo a cualquiera que quiera escucharme, porque desde entonces mi vida es mĂĄs tranquila y saludable. Al igual que cuido mi dieta y procuro huir de la comida basura y de la comida en mal estado, he decidido no contaminar mi cerebro con discursos basura ni con discursos tĂłxicos. Hay polĂticos que, en mi opiniĂłn, se han ganado el âderechoâ a no ser escuchados. Cada vez que aparecen en la televisiĂłn o en la radio, utilizo la tecnologĂa a mi alcance âo sea, el mando a distancia o el del volumenâ para silenciarlos. Me evito asĂ grandes dosis de irritaciĂłn, que es el objetivo perseguido por estos discursos. Ello no quiere decir que sus palabras me parezcan irrelevantes para entender la actualidad polĂtica. Pero prefiero leer los resĂşmenes que hacen los periodistas, que resultan mĂĄs digeribles y menos irritantes que el directo.
Con respecto a la segunda pregunta, el reciente libro de Ignacio Urquizu âsociĂłlogo, ex-diputado del PSOE por Teruel y actual alcalde de AlcaĂąizâ, cuyo tĂtulo he copiado en esta columna[1], me ha abierto los ojos sobre que el clima de crispaciĂłn y de polarizaciĂłn que vivimos no es algo casual ni el producto de la personalidad agresiva de algunos polĂticos. Por el contrario, se trata de una estrategia buscada, planificada y que ha sido ensayada con ĂŠxito en otros paĂses. SegĂşn relata Urquizu, esta surgiĂł en Estados Unidos en los aĂąos 70 del siglo pasado y ha sido utilizada por el Partido Republicano contra varios presidentes demĂłcratas: Bill Clinton en los aĂąos 1980, Barack Obama en la dĂŠcada de 2010 y Joe Biden en la de 2020.
La estrategia consta de varios elementos, que tambiĂŠn estĂĄn presentes en el caso espaĂąol. En primer lugar, ningĂşn tema queda excluido de la confrontaciĂłn polĂtica, incluso aunque se trate de temas tradicionalmente de Estado tales como la polĂtica exterior, el terrorismo o las catĂĄstrofes naturales y sanitarias que, por un consenso democrĂĄtico tĂĄcito, solĂan unir a Gobierno y oposiciĂłn en beneficio del paĂs. En segundo lugar, se prefieren los enfrentamientos en torno a la llamada âguerra culturalâ, es decir, se buscan temas que polaricen claramente a las ideologĂas en litigio y que estĂŠn poco relacionados con las polĂticas del dĂa a dĂa. AsĂ, en lugar de confrontar sobre los ejes tradicionales izquierda-derecha como pueden ser los impuestos, las relaciones laborales o las polĂticas de bienestar, se prefiere hacerlo sobre el patriotismo, las identidades nacionales, el terrorismo, la inmigraciĂłn, o sobre temas relacionados con la moral y la sexualidad como el aborto, la eutanasia, el feminismo, la violencia de gĂŠnero, o los colectivos LGTBI. Se busca ademĂĄs que estos tengan una fuerte carga emocional, porque la derecha ha entendido que, en un debate racional sobre polĂticas tradicionales, no tiene mucho que ganar. Sabe tambiĂŠn que los temas emocionales captan mejor la atenciĂłn del ciudadano. A continuaciĂłn, la confrontaciĂłn consiste en poner de manifiesto lo mal que lo hace el adversario, nunca en exponer cuĂĄles son las polĂticas propias. El objetivo es debilitarle, quitarle credibilidad, presentarle como incompetente o como traidor a ciertas esencias patrias. La derecha ha descubierto que la polĂtica negativa tiene mĂĄs rendimiento electoral que la propositiva. Por Ăşltimo, la verdad no es imprescindible. Saben que la memoria ciudadana es frĂĄgil y que no es capaz de retener con exactitud los datos de la realidad y, menos aĂşn, si se trata de hechos pasados. Por ello, mentir, tergiversar, exagerar o deformar los hechos no tiene apenas coste y sĂ puede tener grandes rendimientos.
Se trata, mĂĄs que de una actividad polĂtica, de realizar la guerra por otros medios. Al adversario se le convierte en enemigo y el objetivo es aplastarlo sin importar los instrumentos utilizados. No se le debe dar tregua; sus propuestas âindependientemente de su bondad o maldadâ nunca han de ser dadas por buenas, han de criticarse ferozmente, no deben ver la luz o hay que procurar que fracasen, sea ello bueno o malo para el paĂs. Estas tĂĄcticas se elaboran cuidadosamente en los think tank y en los llamados âno por casualidadâ war room de los partidos, con el asesoramiento de estrategas profesionales expertos en comunicaciĂłn.
En EspaĂąa, el pionero en esta forma de entender la polĂtica fue Jose MarĂa Aznar, que la empleĂł contra Felipe GonzĂĄlez. Culpabilizar al Gobierno del terrorismo de ETA fue uno de sus temas recurrentes. TambiĂŠn fue Aznar quien importĂł la innovaciĂłn de los think tank y de los asesores de comunicaciĂłn. La mentira de la atribuciĂłn a ETA de los atentados islamistas del 11-M de 2004 fue reiterada durante aĂąos por el PP para restar legitimidad a la elecciĂłn de RodrĂguez Zapatero. El terrorismo de ETA fue utilizado profusamente por Mariano Rajoy, dejando para la historia aquella tremenda frase contra Zapatero: âusted traiciona a los muertosâ. Y Pablo Casado la ha seguido empleando contra Pedro SĂĄnchez utilizando la pandemia y la crisis econĂłmica subsiguiente para desgastar al Gobierno. En realidad, desde Aznar y siempre que ha gobernado la izquierda, la crispaciĂłn y la polarizaciĂłn han sido la tĂłnica de la oposiciĂłn del PP.
El empleo de estas estrategias no es inocuo: provoca la parĂĄlisis de las instituciones âel ejemplo actual mĂĄs palpable es el bloqueo del PP a la renovaciĂłn del Consejo del Poder Judicialâ, disminuye la confianza en el sistema, acentĂşa las fracturas sociales y fomenta la abstenciĂłn. Los ciudadanos no militantes se alejan de la polĂtica. En definitiva, debilita la democracia. Las consecuencias podrĂan ser aĂşn peores si la polarizaciĂłn de las ĂŠlites arrastrara a la ciudadanĂa. Eso es lo que sucediĂł en la Segunda RepĂşblica espaĂąola o en la RepĂşblica de Weimar alemana en los aĂąos 30. El resultado final fue la instauraciĂłn del fascismo que, en EspaĂąa, durĂł 40 aĂąos.
ÂżEs posible algĂşn remedio? Urquizu nos hace notar un dato importante sobre la TransiciĂłn de 1978: tan relevante como dotarnos de una ConstituciĂłn y unas instituciones democrĂĄticas, es que nos enseùó un modo de hacer polĂtica: ante importantes desafĂos, pactaron entre diferentes en beneficio del paĂs. AsĂ, los Pactos de la Moncloa de 1977 supusieron un acuerdo de Estado para conjurar la brutal crisis de esos aĂąos, con una inflaciĂłn de dos dĂgitos; los de Ajuria Enea, en 1988, supusieron la uniĂłn de todas las fuerzas democrĂĄticas contra el terrorismo, renunciando la oposiciĂłn a utilizarlo en la confrontaciĂłn partidista.
Es decir, existe otra forma de hacer polĂtica, donde los debates versen sobre los problemas reales del paĂs âcomo son la economĂa, el cambio climĂĄtico, la despoblaciĂłn, etc.â y no sobre guerras culturales impostadas y donde, en lo posible, se alcancen acuerdos transversales en beneficio de los ciudadanos. Los partidos tienen mucho camino que recorrer en esa direcciĂłn, por ejemplo, mejorando la forma de seleccionar a sus lĂderes y dotĂĄndose de Ăłrganos internos de debate y control que permitan corregir o mitigar los inevitables errores de estos. Pero, sobre todo, renunciando a las polĂticas de crispaciĂłn y de debilitamiento de las instituciones como mĂŠtodo para crecer electoralmente. Pero, si los partidos no lo hacen, tambiĂŠn los ciudadanos tienen su parte de responsabilidad en este estado de cosas: deben penalizar electoralmente a los crispadores, a los que polarizan y a los que mienten. Solo asĂ, sus partidos entenderĂĄn que estas estrategias no son admisibles.
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[1] Otra polĂtica es posible, Ignacio Urquizu, Penguin Random House, colecciĂłn Debate, 2021
