La nueva crisis que está creando Rusia en Ucrania no sólo tiene las obligadas consecuencias internacionales. Además, en España, algunos partidos la están utilizando para obtener ciertas ganancias políticas internas. Aunque la crisis internacional se presenta con unos perfiles relativamente fáciles de entender, conviene compendiar el estado de la cuestión para mejor entender los argumentos que están difundiendo ciertas derechas y ciertas izquierdas.

La Unión Soviética se fragmentó, como es sabido, en diciembre de 1992. La vieja URSS implosionó no por una conspiración capitalista sino porque la destruyó su propio Presidente, Boris Yeltsin, que pensó que podría dominar mejor una Rusia debilitada tras la salida de todas sus Repúblicas federadas. Fue un gobernante ruso-soviético, y no Occidente, quien desmembró la Unión Soviética. La ruptura de la URSS tuvo consecuencias en el campo internacional porque se creó un colchón de Estados entre Rusia y las antiguas democracias populares que no sólo lograron aproximarse a la democracia (con problemas en casi todos estos países) sino que dejaron de tener fronteras con la gran Potencia rusa. La consecuencia de la desmembración del gran Estado soviético es que se desniveló el equilibrio de poder que había existido desde 1945 entre el bloque occidental (con la OTAN detrás) y el bloque oriental (con el Pacto de Varsovia como instrumento militar). Es verdad, como escribió el jurista germano-estadounidense Hans J. Morgenthau, que el equilibrio de poder en el campo internacional es un factor estabilizador entre Estados soberanos (La lucha por el poder y por l paz, Buenos Aires, 1963, págs. 227-302, y “El equilibrio de poder”, en sus Escritos sobre política internacional, Madrid, 1990, págs. 119-134) pero el equilibrio de poder exige igualdad de fuerzas y Rusia, tras perder sus Repúblicas federadas, se convirtió en un Estado con una capacidad política, económica y militar que ya no podía compararse a la de los Estados occidentales. Por otra parte, la nueva Rusia se quedó con muy pocos aliados que, además, no se sabía si eran realmente Estados aliados o Estados subyugados como lo eran hasta 1989 los Estados del Pacto de Varsovia (sobre la posición de los Estados del Pacto de Varsovia y su dependencia con la URSS, sigue siendo valiosa la obra de Fernando Claudín La crisis del movimiento comunista. De la Komintern al Kominforn, París, 1970).

Por eso Rusia tiene sometida, casi como una colonia, a Bielorrusia y por eso ha tratado de dominar Ucrania impidiendo en 2013 la negociación para integrarse en la Unión Europea, incorporando la Península de Crimea en 2014, proclamando la “independencia” de la región de Donbass y manteniendo tropas en otro pseudo-Estado situado al Oeste de Ucrania, Transdsniester, desgajado de la República de Moldavia. En estos momentos, Rusia concentra unos cien mil efectivos en la frontera con Ucrania y exige a la OTAN un compromiso escrito de que no incorporará a Ucrania en esta Organización. A partir de ahí, estamos ante la incógnita, ¿los cien mil militares estacionados al lado de la frontera ucraniana rebasarán ésta e invadirán Ucrania? ¿Rusia desestabilizará el Gobierno ucraniano y lo sustituirá por otro pro-ruso, como cree el Foreign Office? Rusia ya no está condiciones de imponerse en los países vecinos y por eso busca desesperadamente impedir que Ucrania mantenga vínculos diplomáticos, económicos y militares con la Unión Europea y con la OTAN. Por eso Rusia prepara probablemente una violencia limitada como medio de presión: “Una forma obvia de aumentar la presión sobre el país afectado consiste en la infiltración de saboteadores y guerrillas, que minen carreteras, vuelen instalaciones mal vigiladas y ataquen a aislados funcionarios, dependencias locales o centros menores del gobierno” (Karl W. Deutsh: Análisis de las relaciones internacionales, México, D. F., 1990, pág. 243).

En el mundo actual, Rusia ya no tiene capacidad de volver a implantar en Europa dos bloques antagónicos con sus respectivas zonas de influencia (como ha dicho la Presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen) y menos aún limitar la soberanía de cada Estado independiente, permitiendo o vetando las alianzas diplomáticas, económicas y militares de los países limítrofes. Eso no quiere decir que no tenga capacidad para desestabilizar a Ucrania pero, respondiendo a los interrogantes que suscitábamos más arriba, parece difícil que los carros de combate rusos ocupen el país como hicieron los soviéticos en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968.

A pesar de su debilidad, Rusia quiere crear un glacis de protección de modo que sus vecinos no estén vinculados a una organización internacional sea la Unión Europea  sea la OTAN, lo que supone que un Estado extenso pero débil impone a otros Estados soberanos (como Ucrania pero también a Bulgaria y a Rumania a los que Rusia pretende expulsar de la OTAN) su política de alianzas como si siguieran en el Pacto de Varsovia. Por eso no se puede aceptar ni la equidistancia ni tampoco los pseudo-argumentos históricos (el recuerdo de las invasiones napoleónica y hitleriana como hizo, con poco rigor, el Director de La Vanguardia, en “Las intenciones de Putin” el 25 de enero). Rusia es un Estado que tendrá que esforzarse en relacionarse bien con sus vecinos soberanos sin extorsiones ni pretensiones de neutralidad. Y lo que ya es ridículo es que la OTAN se comprometa, ¡por escrito!, a no admitir más miembros.

Por eso es necesaria la firmeza de los países occidentales frente a un Estado agresivo que no quiere aceptar (aunque lo sabe) que ya no hay bloques en Europa y que Rusia no es la cabeza de uno de los dos inexistentes bloques. Habrá que ver en el futuro si es acertado o no que la Unión Europea esté en un plano tan secundario, como hoy exige Rusia (el miércoles 26 lo ha vuelto a exigir el Ministro ruso Lavrov en la Duma), y si no ha sido un error del presidente Biden dar por hecho que Rusia va a intervenir en Ucrania (El País, 20 de enero de 2022) pero en todo caso hay un principio político propio de la Carta de Naciones Unidas que es proteger la soberanía de los Estados soberanos frente a las agresiones de otros Estados como hicieron Sadam Hussein con Kuwait en 1991 y Bush, hijo, con Irak en 2003. El Derecho internacional no autroriza agresiones de un Estado a otro Estado. Por su parte, el artículo 2.4 de la Carta de Naciones Unidas prohíbe a los Estados Miembros “recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado” y aquí estamos ante un evidente supuesto de amenaza. Además, la propia Organización de Naciones Unidas aprobó la Resolución 3314 (XXIX) de Definición de la agresión, de 14 de diciembre de 1974, que aporta elementos suficientes para describir una acción agresiva de un Estado sobre otro (sobre la noción jurídico-internacional de agresión, Antonio Remiro Brotóns et alií: Derecho Internacional, Madrid, 1997, págs. 924-926).

Con este punto de partida, llama la atención que, al menos en España, aparezcan pescadores en el río revuelto que hoy atraviesa Ucrania. En cierta derecha y en  cierta izquierda se quiere aprovechar la crisis ucraniana para sacar algún provecho para desautorizar al Gobierno. Lo que pasa es que en una situación internacional como la que se vive en Ucrania no se puede caer en la desmemoria o en la frivolidad.

Por un lado, el Presidente del Partido Popular, Pablo Casado ha pretendido aparecer como el político responsable ante una crisis internacional pero no tiene estilo, ni memoria, ni buena fe. Casado se ha quejado de que no ha sido consultado por el Presidente del Gobierno pues no se contenta con la información que se ha dado a los Grupos Políticos tanto personalmente como en la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso. Casado quiere aparecer ante la opinión pública como estadista a quien acude el Presidente del Gobierno cuando hay una crisis pero, como decimos, le falta memoria y le falta estilo. Le falta memoria porque al ofrecer su apoyo al Gobierno cayó en la frivolidad de decir que ellos apoyarían al Gobierno, a diferencia de lo que hizo el PSOE con el “No a la guerra” en 2003. ¿Cómo se puede caer en esa falacia? La actitud que tuvo el PSOE en 2003 ante lo que fue la agresión estadounidense a Irak es la misma que tiene ahora el Gobierno, esto es, NO A LA AGRESIÓN DE UN ESTADO CONTRA OTRO ESTADO. En 2003 era no a la agresión de Irak, en 2022 es no a la agresión de Ucrania. Y a Casado y al Partido Popular le falta estilo porque en la comparecencia del Ministro de Asuntos Exteriores en la Comisión correspondiente del Congreso de los Diputados la Portavoz del Partido Popular aprovechó para hacer, como es habitual, una crítica destructiva al Gobierno y de su Presidente sin aportar el más mínimo gesto público de apoyo.

Y al lado de la derecha, ciertas izquierdas viven en un mundo idílico, bien por pereza mental bien por estar relacionados con Rusia. En la comparecencia del Ministro Albares en la Comisión del Congreso, algunos Diputados (Esquerra Republicana, Bildu, Bloque Nacionalista Gallego, etc.) actuaron como aliados objetivos de Rusia, con el manido argumento del “NO a la guerra” y con  el más sutil de pedir el glacis de seguridad que exige Rusia, a costa de la soberanía de los Estados vecinos que no podrían elegir sus alianzas y a costa también de volver a crear dos zonas de influencia en Europa. ¿No saben que el “NO a la Guerra” que en 2003 era contra Estados Unidos hoy es contra Rusia? ¿Creen estas izquierdas extremas que Rusia es un Estado plenamente democrático? ¿Olvidan estas izquierdas que el Poder en Rusia está compartido por una oligarquía mafiosa y la Iglesia Ortodoxa que no tiene un Patriarca como el Papa Francisco? ¿La extrema izquierda española y los independentistas catalanes están hoy aliados con los oligarcas rusos, con la Iglesia ortodoxa y con sus apoyos europeos como Orban? ¿Apoyan la injerencia rusa en Siria y en África?

Con estos interrogantes la actitud de la extrema izquierda (salvo los independentistas catalanes) sólo se puede deber a dos cosas: a) a pereza mental, por nostalgia de lo que se llamó el paraíso del proletariado (que no lo fue nunca); o b) a oscuras relaciones ¿económicas? con el Estado ruso. No decimos nada de los independentistas catalanes cuyas relaciones con Rusia están demostradas judicialmente.

No estamos, como dijo el Ministro Albares, ante un escenario de guerra pero deberíamos tener claro que no hay agresión del imperialismo estadounidense ni europeo y que ante la amenaza de agresión no se puede ser neutral ni equidistante. Rusia quiere romper la paz y someter a Ucrania y, al menos al izquierda democrática, no puede consentirlo.