La crítica política forma parte de la lógica democrática. La crítica podrá ser más o menos dura, o estar mejor o peor fundada, pero es lo que se espera de la oposición a cualquier gobierno, o del contraste de posturas en cualquier competencia electoral.

En las democracias maduras, es cierto que la crítica suele discurrir por cauces más constructivos, no solo porque los expertos electorales recomienden este estilo como el que produce mejores resultados, sino también porque evita elevar la crispación y conjugar el peligro de los extremismos, de la demagogia e incluso de la violencia política.

Ningún buen demócrata podrá negar la legitimidad ni el valor de la crítica política, y deberá estar dispuesto a aceptarla de buen grado como parte de las reglas del juego político, e incluso como un estímulo para intentar hacer las cosas mejor.

Pero, una cosa es la legítima crítica política y otra es el acoso personal sistemático, que muchas veces tiende a convertirse en una auténtica caza del hombre, o de la mujer, que no tiene límites en utilizar mentiras, falacias, calumnias y patrañas para intentar abatir, destruir y matar políticamente a un adversario, al que se convierte automáticamente en enemigo político total.

De la misma manera que la crítica política forma parte de la cultura democrática legítima, el acoso personal se sitúa en parámetros propios de las culturas autocráticas que peor recuerdo han dejado en la historia reciente de Europa. El nazismo y el estalinismo recurrieron a estos procedimientos de manera sistemática, e incluso los llevaron a extremos letales.

Para los que se sitúan en el marco de tales culturas –y sus correspondientes sucedáneos y caricaturas nacionales– no importan los medios ni la veracidad de los argumentos con tal de alcanzar sus objetivos destructivos. Para ellos, como para los cazadores profesionales, el propósito primordial es cobrarse la pieza.

Precisamente, uno de los problemas que se está dando en la salud democrática de muchos países es la tendencia a utilizar métodos propios de culturas políticas persecutorias, a través de la influencia mediática. Influencia desde la que se intenta desmontar y destruir sistemáticamente el prestigio y el crédito personal de líderes y personas que no están en la órbita de determinados poderes establecidos. Ni están dispuestos a someterse ni arrodillarse ante ellos.

Lo que está ocurriendo en España es bastante paradigmático de tal tipo de comportamientos neo-autocráticos y destructores.

Todo el mundo sabe que determinada derecha española no ha podido tragar nunca a Pedro Sánchez, ni cuando era Secretario General del PSOE, ni mucho menos ahora que es Presidente del Gobierno.

Por eso, se intentó construir el cliché de un Pedro Sánchez como “peligro público”. De forma –se sostenía– que si llegaba a gobernar España, la Bolsa entraría en crisis inmediata, la prima de riesgo se dispararía, Bruselas y las principales cancillerías mundiales nos darían la espalda, la unidad de España se resquebrajaría y las siete plagas de Egipto se extenderían por toda la geografía.

Pero, claro está, los hechos han demostrado que nada de eso ocurrió y que el cliché negativo que la derecha acosadora había construido se disolvía como un azucarillo. Por eso, cuando Pedro Sánchez y su gobierno se disponían a hacer balance de sus primeros cien días de gobierno, un núcleo de poder político y mediático muy concreto intentó aguar la fiesta al Presidente con un truco de distracción bien conocido, que si no fuera por lo serio y grave de la situación podríamos calificar como un MacGufin.

El debate sobre la tesis doctoral del Presidente Sánchez se ha convertido así en un auténtico esperpento calumnioso, del que la derecha española responsable haría bien en distanciarse. Y, por supuesto, también el centro si realmente existiera en estos momentos en España. Sobre todo, si no quiere que una parte de la derecha sociológica democrática llegue a la conclusión de que todo esto es en realidad una cortina de humo para evitar a la desesperada que se ponga fin al disparate de que el último aliado de Hitler y Mussolini permanezca –además impropiamente– en un monumento de Estado faraónico.

Cuando tantos problemas sociales y económicos tenemos pendientes en España y en Europa, cuesta trabajo entender que la tesis doctoral de Pedro Sánchez se intente convertir en el primer problema nacional, casi en una cuestión de Estado. Y, además, que eso se haga con cierto desconocimiento de causa. Ignorancia que, ciertamente, no se puede achacar a quienes no tienen formación ni estatus académico adecuado. Aunque sí tengan la osadía de los ignorantes.

Por eso, causa bochorno ver cómo se desconoce –o se obvia– que las tesis doctorales son trabajos escolares. Sin duda, el trabajo académico de más alto nivel con el que el doctorando debe acreditar que es capaz de realizar una investigación científica concreta, que le habilita, precisamente, como doctor en una materia determinada.

Debido a esta naturaleza, las tesis deben demostrar que el doctorando conoce la materia que aborda, así como las fuentes y el método preciso para abordarla. De ahí que en las tesis se considere necesario citar todos los antecedentes y registros pertinentes en la materia. En el caso que nos ocupa, también los tratados internacionales, la legislación y las experiencias sobre la materia. Por eso, en la tesis doctoral de Pedro Sánchez se incluyen 424 citas bibliográficas.

Pues bien, los programas antiplagio, como los que se han aplicado en este caso, lo que en realidad identifican son coincidencias textuales, de citas, autores, legislación, etc. Incluso coincidencias en frases de uso habitual de más de cuatro o cinco palabras. Por eso, en la práctica académica se consideran aceptables hasta un 25% o un 30% de coincidencias, según los casos.

Lo raro en una tesis doctoral es que no hubiera ninguna coincidencia, pues eso significaría que el doctorando no había trabajado ni se había documentado. Y no pasaría la prueba.

Pero, una vez registradas en “bruto” las coincidencias, el trabajo de cualquiera que pretenda investigar la calidad y originalidad de una tesis doctoral consiste en verificar una a una esas coincidencias para comprobar en qué consisten exactamente. En consecuencia, hay que dar por buenas las citas bibliográficas y las referencias legislativas (si existen), las “frases hechas” y, desde luego, también los textos del propio autor. Textos que no son considerados como un demérito, sino como un valor adicional. De hecho, en algunos países, incluido España, existe la posibilidad de presentar una tesis doctoral “por compendio” de varios trabajos sobre el mismo tema ya publicados por el doctorando.

Una vez verificados todos estos aspectos con el programa PLAGSCAN, que es el más completo, el 22,1% de coincidencias iniciales detectadas en la tesis doctoral de Pedro Sánchez quedan reducidas a un 0,96%. Lo cual es –en sus dos magnitudes– un indicador académico excelente, que revela que en su tesis hay mucha documentación y, a la vez, que la parte sustantiva es original.

La insistencia de algunos medios y sus seguidores –en este caso líderes políticos importantes– en el uso por Pedro Sánchez de algunos artículos y textos suyos previos revela que los que sostienen tal cosa no saben realmente de lo que hablan.

En este sentido, es bochornoso que ciertos medios hayan hablado de “autoplagios” y de “plagios a posteriori” de otros autores o textos publicados ulteriormente a la hora de valorar la originalidad de la tesis de Pedro Sánchez. Ni el ínclito Valle Inclán hubiera sido capaz de imaginar tal esperpento. Aunque lo peor no son estos despropósitos en sí, sino que algunos líderes políticos se hayan prestado a tamaño espectáculo.

Al final todo esto servirá al menos para resaltar que Pedro Sánchez es el primer Presidente español del ciclo democrático que es Doctor. Y en Economía Internacional. Además de hablar perfectamente francés e inglés y tener experiencias prácticas importantes en asuntos internacionales.

Esperemos que lo sucedido no sea un simple exponente de la vieja inclinación carpetovetónica a la envidia nacional. Y esperemos también que aquellos que ahora pretenden examinar los contenidos concretos de la tesis doctoral, en el caso que se acabe dando tal dislate, llegada la ocasión se hagan a un lado y dejen que sean solo los parlamentarios que tengan el doctorado en esta o en otra materia afín los que puedan examinar tales contenidos, como prescriben las prácticas académicas. Aunque la verdad es que no sé si habrá algún precedente en el mundo de un Parlamento examinando los contenidos de la tesis doctoral de un Presidente de Gobierno.

La verdad es que da un poco de vergüenza imaginar lo que se estará pensando en el mundo ante unos espectáculos que no hacen sino alimentar la famosa “leyenda negra” sobre España. Además, ahora aderezado todo por las resistencias a retirar a la privacidad familiar los restos de un Dictador como Franco, y por las pretensiones de privatizar y desnacionalizar un monumento histórico como la Mezquita de Córdoba. ¿A dónde nos intentan llevar algunos? ¿Esto es lo que piensa y siente realmente la gran mayoría del pueblo español?

Pensándolo bien, no sé si sería mejor que el Presidente Sánchez impartiera en el Congreso una disertación doctoral sobre la “diplomacia económica internacional”, para intentar, al menos, que una parte de la derecha más premoderna y reaccionaria entendiera algo sobre tan importante cuestión, se instruyera adecuadamente, se abriera al mundo moderno, entendiera mínimamente la realidad internacional y empezase a pensar en términos de lo que a todos nos concierne y nos interesa en el siglo XXI. Al menos, así, todos saldríamos ganando algo. Y con luz y taquígrafos.