El pasado 14 de enero el presidente Pedro Sánchez comunicaba a la prensa que las reuniones ordinarias del Consejo de Ministros (CM) pasarían a ser los martes en lugar de los viernes como hasta la fecha. Sensibles siempre al sentir de la población -ciertamente la calle no habla de otra cosa estos días- las derechas supieron en seguida recoger el malestar generalizado para poner el grito en el cielo, y en algunos medios de comunicación.

Nos descubrían entonces que el cambio de día era, en realidad, un ardid para tratar de limitar el control al Gobierno en las Cortes. Así lo manifestaba la portavoz del PP, Cayetana Álvarez de Toledo quien, con la sutileza propia de una carga de caballería, afirmaba que “lo que busca con esta maniobra es opacar las labores de control que tenemos los distintos grupos parlamentarios”. Porque, al particular entender de la marquesa de Casa Fuerte, no se trataba de cambiar una fecha, sino de una “operación” en la “deriva autoritaria que está demostrando el presidente”.

Por su parte, para el portavoz adjunto de Ciudadanos, Edmundo Bal, los estándares de calidad democrática no se cumplían si los consejos de ministros se pasaban a los martes. Por cierto, qué pensará el señor Bal cuando sepa que, por ejemplo, en Alemania las reuniones del CM se celebran los miércoles.

Ante todas esas reacciones, uno se imaginaba al Tribunal Europeo de Derechos Humanos convocado en sesión de urgencia. Alguien que pare esta deriva totalitaria. Si incluso desde que empezó este gobierno progresista hace ahora más frío que en Moscú…

Ha sido tal la instalación en la hipérbole que hasta su socio ultraderechista Vox se vio superado, limitándose apenas a expresar su “contrariedad” por tal cambio. Lástima que tanta preocupación democrática por el día de reunión de los miembros de un Gobierno no se deje expresar de igual modo en PP y Ciudadanos a la hora de ser socios de un partido político cuya aportación a la democracia española apenas es comparable con la contribución a la arquitectura de su secretaria general en Madrid.

Pero volvamos al tema que nos ocupa, porque tiene su relevancia política esa desproporción entre un simple cambio de fecha y la cascada de epítetos y acusaciones que ha suscitado en las derechas.

Para empezar, las reuniones del CM en martes no es algo nuevo en España. De hecho, tal como se recoge en el libro 1812-1992. El arte de gobernar. Historia del Consejo de Ministros y de la Presidencia del Gobierno, editado por Javier García Fernández, las primeras reuniones del CM, allá por tiempos de Fernando VII, se celebraban precisamente los martes, cita luego ampliada a dos días por semana: martes y sábado. Obviamente, si Fernando VII fue un rey absolutista no fue precisamente por la tiranía reunir a su CM ese día.

El origen de las reuniones del CM los viernes procedería de tiempos de la dictadura franquista. Ante la naturaleza decorativa por entonces de las Cortes, acercar la reunión al fin de semana era todo ventajas de cara a facilitarle al dictador sus quehaceres de cacería y otras ociosidades varias. Mientras, aquellos CM no menos ornamentales solo servían en realidad para descargar sobre aquellos el posible desgaste en el uso y abuso del poder por el jefe del Estado.

Con la vuelta a la democracia, las reuniones del CM se mantuvieron en viernes por inercia, hasta 1982, con el gobierno socialista presidido por Felipe González. Este cambió el día de celebración a los martes por simple pragmatismo, con el fin de poder planificar la semana en sus primeros días, por lo que las reuniones ordinarias serían en martes o miércoles. Y no supuso mayor problema ni menoscabo democrático para las Cortes, aunque temo que estemos quizá a un par de libros de que Pío Moa afirme que el golpe de Estado de Tejero no fue sino para salvar a la democracia española ante tan totalitario cambio de día que ya se barruntaba él.

En enero de 1986 se vuelven a pasar las reuniones del CM a los viernes. Pero el motivo de este nuevo cambio era, como explicaba la periodista Lorena Baeza en el programa de TV El Objetivo, porque en 1986 España se incorporaba a la Comunidad Económica Europea y las reuniones del CM se solapaban con las de allí. Pasados ahora 34 años, las circunstancias son ya bien distintas y el cambio a los martes no presenta tanto problema.

Si en 1982, con una democracia más frágil, no hubo problema, ¿ahora sí? Pues tampoco. El cambio de día no supone ninguna alteración importante de la actividad parlamentaria ni de su labor de control al Gobierno. Vamos a explicarlo de la manera más sencilla posible. Veamos.

El control al gobierno se realiza mediante preguntas orales en Pleno, previamente registradas por los grupos parlamentarios, y que se plantean los martes por la tarde en el Senado y los miércoles por la mañana en el caso del Congreso. El plazo de registro de esas preguntas hasta ahora ha de hacerse antes del jueves a las 12 horas. Es decir, que ya cuando las reuniones eran los viernes las preguntas debían registrarse antes del CM.

De todas formas, existe la posibilidad de modificar las preguntas ya registradas en dos casos: el primero, por razones de actualidad, hasta el lunes a las 12 horas. Y el segundo (que es la situación que nos ocupa), motivado por acuerdos del CM, hasta el viernes a las 20 horas. Es cierto que, al pasarlo a los martes, el margen temporal para cambiar preguntas vinculadas al CM se estrecha, particularmente en el Senado. Pero para ver hasta qué punto esto supone un problema, veamos qué ha sucedido hasta ahora. Pues bien, desde la moción de censura a Mariano Rajoy en junio de 2018, solo se presentaron dos preguntas por este motivo y ninguna de ellas fue planteada por PP o Ciudadanos. Más aún, en los últimos 15 años el total de preguntas modificadas ha sido de 8. Es decir, aproximadamente el 0,16% de todas las preguntas en esos tres lustros. Sin duda el cambio será dramático.

El Grupo Parlamentario Popular ha solicitado cambios en la actividad de control al gobierno en Congreso y Senado. Pero con su propuesta tampoco se soluciona nada. Más bien al revés. Así, por ejemplo, pasar los “plenos legislativos” del Senado a los miércoles por la mañana dejaría sin tiempo para las numerosas leyes que son tramitadas por dicha Cámara y remitidas al Congreso, lo que supondría retrasar al menos una semana la aprobación de esos textos procedentes del Senado. De igual modo, pasar a los jueves las iniciativas que se celebran hasta ahora en los Plenos de los martes, impide que puedan reunirse ese día las Comisiones parlamentarias, que ven mermados así sus espacios disponibles en el calendario. En definitiva, la propuesta del PP complica aún más el problema que pretende resolver.

En realidad, tal problema nunca ha existido, como hemos podido ver. La cuestión de fondo no es ni el CM ni la pretendida preocupación por el control parlamentario. No en vano, quienes ahora se rasgan las vestiduras ante la supuesta “degradación” parlamentaria, eran quienes permitieron que en 2017, el entonces presidente Rajoy, se saltara casi la mitad de las sesiones de control al Senado ese año. Un hábito que continuó en 2018 hasta la propia sesión de moción de censura, en la que todo un presidente del gobierno fue sustituido en su escaño del Congreso por un bolso.

En definitiva, no se trata de una sana discrepancia como oposición, sino hacer que cualquier cuestión menor parezca una amenaza a las libertades fundamentales. Una estrategia caótica, en la medida en que supone improvisar un apocalipsis a cada tema grande o pequeño que surja, pero una estrategia premeditada de bronca permanente para dar una sensación gobierno caótico y en esa “deriva autoritaria”.

No se cuestiona el día de CM, sino la legitimidad misma de un Gobierno elegido en las urnas. Como tampoco se trataba de cuestionar el nombramiento de la Fiscal General del Estado, sino cuestionar la independencia judicial (por más que la Fiscalía no pertenezca a Justicia) bloqueando la renovación del Consejo General del Poder Judicial, órgano precisamente encargado de preservar la independencia judicial. Ni se planteaba una inexistente demanda social de veto parental de contenidos educativos a sus hijos e hijas, sino cuestionar a la educación pública.

Vox es una escisión del PP, pero es el partido de Casado quien se mantiene dentro del marco discursivo ultramontano de Vox. El PP hace oposición al propio PP. Mientras, la mayoría de los votantes de Ciudadanos ya dejó de serlo. El problema de todo esto no es que pueda desgastar más o menos al gobierno o la oposición, sino que cuestiona los consensos sociales que permitieron fraguar el mismo sistema democrático que PP y Ciudadanos aseguran proteger.