Las negociaciones parecen haber dado frutos. La dureza de los llamados países frugales –en realidad, austericidas– ha sido un escollo enorme para llegar a acuerdos mucho antes, cuando el sentido común aconsejaba no dilatar los resultados. La tensión ha sido muy elevada. Pero al final la salvación conjunta se ha priorizado. La Unión Europea no puede sostenerse sobre principios de desagregación geográfica –norte/sur–, ni a partir de preceptos ideológicos inamovibles y muy controvertidos –austeridad/expansión del gasto–. Y ambos factores no se pueden invocar cuando quienes lo hacen –Holanda, Bélgica, Luxemburgo– incurren en dumpings fiscales. Y obtienen más recursos a costa de esas asimetrías, que perjudican, entre otros, al sur. A quienes tanto denostan y critican. La perspectiva de estos países se enmarcaba en toda una liturgia de tópicos, amarada por la manida fábula de la cigarra y la hormiga: ruidosas y despilfarradoras cigarras mediterráneas frente a conspicuas y laboriosas hormigas bálticas. Sin embargo, las cifras matizan esa visión tan superficial e interesada.

Por ejemplo, y según datos de la OCDE, en la Unión Europea Luxemburgo e Irlanda presentan cifras de productividad laboral muy elevadas, a distancia de las de España. Es cierto. Y ambas naciones, junto a Holanda y Bélgica, especialmente, han invocado precisamente la tesis simplista de la hormiga y la cigarra. Pero tales números no se entienden sin conocer las realidades de esos países. En concreto, Luxemburgo, enclavado entre Francia, Alemania y Bélgica, presenta una productividad laboral notablemente superior al resto debido, en gran medida, a la cantidad de trabajadores transfronterizos —alrededor de 175.000— que no forman parte de la población de Luxemburgo, pero que contribuyen a su economía nacional. En el caso de Irlanda, su dato positivo en productividad laboral se explica por la inversión extranjera, que persigue sobre todo la elusión de impuestos. Las bajas tasas fiscales para sociedades foráneas —un 12,5%— atraen muchas empresas que se benefician de esa política fiscal. Así, se engorda el PIB y, como derivada, se incrementa la productividad de los trabajadores. Según datos de la OIT, la productividad laboral de España supera la de Gran Bretaña, Portugal y los países más recientemente integrados en la Unión Europea –naciones de la Europa del Este, sobre todo–, y se encuentra sólo un peldaño por debajo de la productividad de Alemania (véase: https://elordenmundial.com/mapas/productividad-paises-union-europea/).

Cigarras y hormigas…ma non troppo. De hecho, el sur ha contado con el apoyo del eje franco-alemán en estas negociaciones, un eje que seguro se ha sentido incómodo ante determinadas afirmaciones de algunos representantes de los pequeños países del norte. Al lado de los protagonistas de fábulas, se ha comentado también, de forma reiterada, la división de papeles: policías malos y policías buenos; Holanda los primeros, Alemania los segundos. Sea como fuere, las negociaciones se han podido cerrar gracias a lo profusión de datos expuestos por esas cigarras pretendidamente ociosas. Las hormigas, por su parte, han escuchado que se conocen sus juegos malabares con la fiscalidad: más modestia, pues, con esa también pretendida imbatible laboriosidad. Así, España va a percibir un monto cercano a los 140 mil millones de euros, de los que poco más de 72 mil millones son transferencias ejecutables entre 2020 y 2026. La cifra es de impresión, máxime si se contrasta con los ya conocidos fondos de cohesión, que implicaron en su momento 7.800 millones de euros en cinco años. Casi diez veces más, ahora. Una particularidad específica explica la generación de esta ingente cantidad de recursos: es un endeudamiento de la Comisión Europea, y no de préstamos. De alguna forma, estamos ante una “mutualización” de la deuda comunitaria que, mutatis mutandis, nos acerca a la filosofía de los coronabonos, tal y como se denominaron en su momento. Una herejía más para el calvinismo económico.

Tras estos resultados, se abre una nueva fase: canalizar los recursos hacia proyectos que infieran cambios en los modelos productivos y que, junto a esfuerzos en los capítulos de formación y capacitación del capital humano, abran nuevas posibilidades a los mercados de trabajo. La confirmación de todo esto rubrica: que la Unión Europea ha aprendido de la Gran Recesión; que obstinarse en monsergas calvinistas y luteranas no lleva más que al desastre económico (como pasó en 2008 y siguientes); que alemanes y franceses han tomado también la lección, ya que su fortaleza reside en no debilitar las periferias. Y que, una vez más, la inversión pública va a ser un motor esencial. Todo bien conocido en otros momentos, pero que con demasiada frecuencia se olvida incurriéndose en los mismos errores que portan al precipicio. Errores de algunas hormigas que, con más modestia de la que exhiben, deberían contenerse ante las trayectorias de determinadas cigarras.