El próximo 6 de agosto se cumplen 10 años de la muerte de Tony Judt: historiador, investigador, profesor en varias universidades, estudioso y analista de la Europa de finales del siglo XX y principios del XXI y, en particular, de la globalización, la socialdemocracia y la izquierda en general.

La mención de Tony Judt resulta oportuna cuando todavía algunos países están sufriendo las graves consecuencias de la COVID-19, otros tienen nuevos contagios y la gran mayoría sufren sus terribles efectos económicos y sociales en un mundo globalizado que, según la OIT, ha destruido 365 millones de empleos. No debemos olvidar que Tony fue un firme defensor de lo público, de las ideas socialdemócratas y, en definitiva, de la redistribución de la riqueza. Por lo tanto, sus reflexiones son de rabiosa actualidad en un contexto económico y social donde aumentan las desigualdades e, incluso, las empresas recaban ayudas y un mayor gasto público de los gobiernos- si es necesario con aportación de capital- para mantener los empleos y garantizar la supervivencia de las empresas. No es extraño que desde posiciones progresistas se exijan condiciones y reglas que pongan fin a los excesos del capitalismo en términos económicos, sociales y medioambientales y se apliquen  alternativas de marcado carácter socialdemócrata.

No es la primera vez que esto ocurre en nuestra historia reciente. Por eso se puede afirmar que el capitalismo, sin reglas ni límites, volverá a caer otra vez víctima de sus propios excesos y nuevamente se dirigirá hacia el Estado para que éste resuelva sus problemas. Efectivamente, si no hacemos otra cosa que recoger los añicos esparcidos por el suelo- y seguimos sin hacer nada como hasta ahora para frenar la explotación del hombre por el hombre-, cabe esperar en los próximos años convulsiones aún mayores de las que estamos sufriendo en estos momentos.

Tony fue también un gran defensor de Europa, lo que reafirma el protagonismo que debe tener el conjunto de la UE sobre los países por separado en la salida de la crisis. El debate abierto sobre la cuantía, el reparto  y las condiciones para acceder a las ayudas de la UE ha sido muy duro. También lo será la aplicación de lo acordado, lo que exigirá un mínimo consenso entre los partidos políticos, los gobiernos autonómicos y los interlocutores sociales en nuestro país. Por eso, en estas circunstancias  resulta muy relevante el último Acuerdo Social entre los interlocutores sociales y, sobre todo, lo serán las conclusiones a que puedan llegar los partidos políticos en el Parlamento.

En este contexto político, las recientes elecciones de Galicia y el País Vasco han constatado la desmovilización de la izquierda estatal (BNG y Bildu alcanzan resultados que mejoran sus propias expectativas), la alta abstención y el estancamiento electoral del PSOE (no  ha rentabilizado su participación en el Gobierno Vasco- presidido por el PNV-, lo que puede explicar que se alcen algunas voces disonantes defendiendo el apoyo crítico, pero desde la oposición). Las derechas han fracasado estrepitosamente en el País Vasco-, al margen de que Núñez Feijóo  (PP) alcance nuevamente la mayoría absoluta en su feudo tradicional de Galicia-, lo que, junto a su escasa presencia en Cataluña, no augura que mejoren sus expectativas electorales en el conjunto del Estado. Razones suficientes para concluir que los resultados analizados de manera escueta no serán un obstáculo para que el Gobierno acabe la legislatura, a pesar de la debacle electoral de UP reconocida incluso por Pablo Iglesias (“anuncio de autocrítica”) y de acuerdo con la última Encuesta del CIS.

Por eso, resulta incomprensible que aún subsistan intentos de desestabilización, al amparo de la crisis abierta por la Pandemia y la presencia de UP en el Gobierno (los llamados “comunistas” por las fuerzas más reaccionarias), sobre todo cuando no hay alternativas, como no sea un gobierno de concentración (gobierno de gran coalición entre el PSOE y PP como defienden algunos). Por el contario, es muy relevante y esperanzador el avance de la izquierda (muy dividida) en las recientes elecciones municipales de Francia y, sobre todo, de los Verdes, lo que reafirma la apuesta del electorado francés por superar los destrozos causados por la COVID-19 y, como consecuencia, por  una salida progresista de la crisis basada en un crecimiento económico sostenible, el empleo, las políticas sociales y el cambio climático.

Los retos más importantes que tenemos en nuestro país son conocidos: desempleo, precariedad de nuestro mercado de trabajo, garantizar la actual protección social, fortalecer los servicios públicos (sobre todo garantizar la salud de las personas y una educación pública de calidad) y, desde luego, aumentar los ingresos fiscales. El primer escollo del Gobierno serán los PGE-2021 y después frenar la ofensiva de los poderes fácticos y sus reiterados intentos de mantener la reforma laboral del PP en torno a los próximos convenios colectivos (devaluación salarial, descuelgues, despido más barato, primar el convenio de empresa sobre el sectorial…), prorrogar lo más posible los ERTES, consolidar las ayudas y subvenciones a las empresas y autónomos, reducir el gasto social (sobre todo las pensiones) y bajar las cotizaciones de la SS y los impuestos.

Los argumentos de las empresas siguen siendo los mismos: no es el momento de retirar las ayudas a las empresas en dificultades y de atenazarlas con nuevas obligaciones fiscales, lo que explica que exijan paralizar los programas electorales del PSOE y de UP y, por lo tanto, aplazar las profundas reformas que este país necesita. Lo que no dicen las empresas es como se pagan las cuantiosas ayudas que reciben. Su contradicción es flagrante: solicitan ayudas y niegan al Estado la posibilidad de que recaude más luchando contra el fraude fiscal y aumentando los impuestos sobre los beneficios empresariales, el patrimonio  y los ingresos más altos. Como se puede comprobar, las empresas nunca ven el momento oportuno para que los trabajadores recuperen lo perdido en etapas de crisis, incluso con beneficios en alza.

En todo caso, la salida de la crisis exige abordar prioritariamente, desde el Gobierno, el desempleo (sobre todo el juvenil) y la precariedad de nuestro mercado de trabajo, a partir del Acuerdo Social acordado recientemente por el empleo y la derogación de las últimas reformas laborales. De la misma manera hay que apostar a medio y largo plazo por el cambio de nuestro modelo productivo basado en la investigación, la innovación y el diseño, así como en la digitalización, la cualificación profesional, la organización del trabajo y el incremento del valor añadido. Un modelo productivo que combata el trabajo invisible y sumergido, la subcontratación abusiva y sin control, los falsos autónomos y la utilización fraudulenta de la relación mercantil en menoscabo de la relación laboral (plataformas digitales). En definitiva, nuestro país debe abandonar la práctica del dumping social para ser más competitivo en un marco globalizado: bajos salarios, baja protección social y un alto índice de desempleo y de precariedad. Además de apostar por la diversificación (España no puede depender sólo del turismo, la agricultura, la construcción y los servicios) y por el aumento del tamaño de nuestras pequeñas y medianas empresas (superar la actual atomización empresarial).

En relación con la protección social, el Gobierno debe situarse a la cabeza de la lucha contra la pobreza (de acuerdo con el Informe del Relator de la ONU y con una realidad tangible: en los últimos meses se han multiplicado las “colas del hambre” y, según Oxfam Intermón, el número de pobres a raíz de la Pandemia se podría incrementar en más de 700.000 personas). Por eso es irrenunciable la exigencia de los sindicatos: el mantener el poder adquisitivo de las pensiones, fortalecer la cobertura de desempleo, recuperar la ayuda de las personas dependiente y consolidar el IMV.

En cuanto a los servicios públicos, la Pandemia ha demostrado las carencias de nuestros servicios públicos y del sistema sanitario en particular. Las políticas de austeridad han causado estragos en las infraestructuras sanitarias y  los profesionales de la salud han carecido de la necesaria protección contra el virus, además de soportar largas jornadas de trabajo con salarios muy bajos, lo  que causa una auténtica vergüenza comparativa. Otro asunto capital en estos momentos es poner remedio a la falta de instrumentos adecuados, sobre todo, en el sector financiero, para responder a la crisis. Por eso, se debe abrir un debate a fondo que  garantice una mayor presencia del Estado en dicho sector- a partir del ICO, de Bankia y de las experiencias positivas de la banca pública europea-, que le dote de una mayor capacidad de intervención en la canalización de créditos a empresas y familias,  entre otras medidas.

Finalmente, el Gobierno debe abordar seriamente el déficit que tiene España con la UE en cuanto a ingresos fiscales. Desde diversos ámbitos, los expertos vienen denunciando esta situación, lo que nos obliga a ser muy beligerantes en la UE y en nuestro país en materia fiscal. Los sindicatos también lo defienden, a partir de un hecho muy poco discutible: España debe equipararse a la media europea en ingresos fiscales si quiere mantener nuestro Estado de Bienestar y apostar por mejorarlo en el futuro. En este sentido, antes de plantear la necesaria subida de impuestos a los que más tienen hay que racionalizar el gasto, perseguir el fraude y la economía sumergida y revisar a fondo las desgravaciones fiscales. Al margen de abordar en profundidad en la UE la elusión y la evasión fiscal y trabajar por alcanzar un Sistema Fiscal armonizado en este ámbito. El propósito es ambicioso e inaplazable: dotar a España de una `política que garantice la suficiencia, la progresividad y la equidad fiscal.

Como pronosticaba Tony Judt, la historia reciente recoge las preocupaciones e inquietudes de muchos ciudadanos… Pero también la búsqueda de fuertes convicciones, ilusiones y utopías, con avances y retrocesos en el camino. Y, en todo caso, con la certeza y el convencimiento de que en el futuro las ideas socialdemócratas nos depararán nuevos logros que hoy nos parecen lejanos.