Durante mis primeras experiencias con la medicina hospitalaria tuve ocasión de ejercer en un servicio de pacientes crónicos de edad avanzada, la mayoría de ellos abandonados por sus familias. Fue en el  hospital-hospicio de La Grave, en la ciudad francesa de Toulouse. Actualmente, por fortuna, ya no existen centros sanitarios como aquel, hoy recordado.

El lugar tenía dos amplísimos y vetustos dormitorios con una veintena de camas, separadas por su correspondiente mesilla de noche, alineadas en dos filas. En ellos, la mayor parte del día unos viejos y viejas descansaban, dormitaban, chillaban, reían o se morían. El profesor médico titular les pasaba visita dos veces a la semana y se ocupaba de las patologías corrientes, las crónicas que padecían ya estaban diagnosticadas y quedaban sin recurso terapéutico. Yo era un joven estudiante de medicina a cuyos ojos se exponía una amplia gama de las diagnosis y de la evolución clásica de muchas enfermedades por entonces frecuentes. De aquella experiencia se mantienen imborrables dos personas en mi memoria, lamentablemente, tengo que confesar, por su aspecto chistoso. Los futuros doctores solíamos aplacar el aburrimiento durante el servicio rutinario conversando y bromeando con aquellos pacientes.

Uno era conductor de tren. Su enfermedad se manifestó el día en el que se saltó una estación principal a gran velocidad, porque había olvidado detenerse. Evidentemente, tal ocurrencia no podía quedar sin explicación. Un médico de los ferrocarriles franceses le diagnosticó una parálisis general, lo cual no significaba que el paciente estuviera paralítico, en absoluto, sino que tenía una demencia de origen sifilítico.

La otra persona era una muy digna viejecita quien, sentada todo el día en su cama, nos pedía que nos acercáramos para hacernos un regalo. Su ritual consistía en arrancar de unos cuadernos, que le procuraban las enfermeras, una hoja en la que escribía una suma con varios ceros, luego la firmaba y nos la entregaba con una sonrisa: “te doy este cheque, vete al banco a cobrarlo”, sentenciaba. También ella padecía una sífilis en su fase terciaria, por haberse contagiado en su lozanía ejerciendo su oficio, el más viejo del mundo.

Si hoy me adentro entre estos lejanos recuerdos es porque he visto en la televisión un caso que podría asociarse con estos diagnósticos. Seguramente hoy sería improbable, diríase que hasta imposible… Aunque nunca se sabe, recuérdese que hubo un Presidente de la III República francesa que en un viaje oficial se cayó de un tren nocturno en marcha, al confundir la portezuela del baño con la de acceso al vagón y se presentó en camisón de noche en la casita del guardia  de un cruce de ferrocarril.

Yo estaba contemplando a un personaje que emitía una retahíla de insensateces, de absurdos, de palabras ilógicas no exentas de comicidad. Las pronunciaba un botarate grandullón de cara rojiza ataviado con una peluca rubia. Escuchándole me hacía volver a mis décadas estudiantiles, al tiempo que me preguntaba: ¿le habrán hecho una serología de Bordet Waserman para detectarle la referida enfermedad venérea? Ciertamente mi pensamiento traducía una deformación profesional, una reacción anacrónica, pues ya no se realizan estos exámenes biológicos a nadie, ni en particular a los políticos: la penicilina logró erradicar hace más de setenta años esa enfermedad sexual.

Aun así, aquella escena me causó un escalofrío. El displicente gesticulador que encarnaba el ridículo era la persona más poderosa del mundo, quien podría provocar una locura atómica, “atomizarnos” a todos, si se me permite el término. Sin duda era esto un temor infundado, lo que realmente resultaba terrorífico era que setenta millones de electores le habían votado para ser presidente, el mismo número que seguía bailando al compás de sus elucubraciones. Poco antes me llegó la noticia que, también en España, muchos millones de ciudadanos —entre los votantes de la ultraderecha VOX y el setenta por ciento de los del PP—, estaban dispuestos a aupar a la presidencia del gobierno a otro energúmeno de similar retórica a la de su modelo americano. No me extraña que yo comenzara a dudar de las virtudes de la democracia, mientras recordaba la conocida reflexión de que para ser feliz seamos ignorantes.

Que haya conocido a quien desde sus camas del infortunio se saltaba una estación de ferrocarril o a la entrañable viejecita cuya generosidad repartía cheques para su cobro con angélica gracia, ahora me impulsaba a juzgar erróneamente, sin duda, a quien acababa de perder la elección a la presidencia de Estados Unidos y se resistía a abandonar el despacho oval, como a quien miraba con nostalgia hacia el balcón del Palacio Real en Madrid.