Una masiva protesta contra el vigente modelo turístico en Canarias ha puesto sobre el tapete, una vez más, las contradicciones de esta pauta de crecimiento. La situación del archipiélago atlántico compite en dificultades –y también en beneficios– con la que podemos detectar en Balears. Estamos ante escenarios de saturación turístico en coyunturas determinadas, que se van extendiendo en el tiempo rompiendo las estacionalidades de antaño. En estos contextos, uno de los debates en Canarias radica en la imposición de una “ecotasa” al estilo de la vigente en Balears o en Catalunya. Y la reticencia de los hoteleros a la implantación de esa figura impositiva. Un déjà vu para los baleares, que escuchamos todo tipo de cataclismos apocalípticos si se ponía en funcionamiento la medida, a principios del siglo XXI, cuando se aprobó por un gobierno progresista, siendo derogada después por uno conservador y repuesta por otro progresista: en vivo, hasta ahora. Y sin la más mínima consecuencia anunciada por los profetas del desastre. La realidad: más turistas que nunca, más pernoctaciones que nunca, más gasto turístico, más beneficios. Sencillamente: porque no es una ecotasa.

Las actividades turísticas maduras entraron, sin embargo, en rendimientos decrecientes: la expansión física por encima de la intensidad, de la calidad. Con la urgencia por repensar otro modelo de crecimiento: un mantra que algunos venimos repitiendo desde hace años, no solo a nivel divulgativo, sino con publicaciones científicas. Una idea que presupone la noción de trabajar con planificación estratégica, tal y como se sugirió en el trabajo del CES sobre el Horizonte 2030, con participación de más de 40 científicos y científicas de la UIB y de la Fundación Ramon Folch. El texto, en un cajón de algún despacho.

¿Hay alternativas? Las hay, sin caer en utopías. Existen ya actividades “cuaternarias” (investigación, desarrollo, innovación) y “quinarias” (servicios sin ánimo de lucro: sanidad, educación) que están funcionando de manera solvente, cuya contribución a los PIB regionales se deberían concretar. Crecer en esos nichos económicos debería hacer decrecer aquellos desempeños que están aportando más factores negativos que positivos a la sociedad. Escasez de vivienda, encarecimiento inmobiliario, salarios más ajustados, sensaciones –y, en muchos casos, realidades tangibles– de saturación, problemas de movilidad, alud demográfico, impactos ecológicos observados en el paisaje y en el estrés hídrico, etc.

¿Quiere decir esto que se renunciaría al turismo? No. El turismo puede y debe seguir siendo un tractor económico: aquí hay know how, experiencia, conocimiento, ventaja competitiva. Pero su sobredimensionamiento constituye un eje central de reflexión y de actuación en la política económica, en colaboración público-privada y con liderazgo público, siguiendo así los casos, por ejemplo, que se han vivido en regiones europeas –el modelo italiano es elocuente al respecto– en procesos de desindustrialización. Turismo no son solo turistas. Hay más elementos a explorar, si queremos, efectivamente, no morir de un éxito que siempre es socialmente parcial.