“Lo que no va en lágrimas, va en suspiros”.

En los últimos meses se ha producido el desangre público de una organización política centenaria en España y esencial para el funcionamiento democrático del país. Las causas y las consecuencias han dado lugar multitud de hipótesis y posibilidades, al gusto de cada cual. Sin lugar a dudas se seguirá escribiendo de ello, esperemos que con rigor. Ahora bien, en este momento confluyen una serie de circunstancias que exigen una cierta claridad de ideas, análisis de entorno certero y sobre actuación coherente y decidida para construir algo diferente.

La apuesta mayoritaria en la ruleta era al número según el cual el PSOE desaparecía; sin embargo, esta tempestad al clarear ha supuesto que, después de mucho tiempo, ha pasado a recuperar un protagonismo en la vida pública española que hace mucho que no tenía. La victoria en las primarias ha venido a ser una especie de “el regreso del Conde de Montecristo”. Ahora se está esperando lo que haga con el capital de apoyos conseguidos, tanto de afiliados, como de aquellos que no siéndolo, desde las redes e incluso en los actos, han demostrado sentirse implicados en el proceso. El tema está en convertir este viento salido de una traumática crisis en energía positiva de futuro.

Diversos estudiosos de la ciencia política han teorizado sobre el comportamiento cíclico de la política a semejanza de la economía. En el ciclo político, como en el económico, se producen “fluctuaciones recurrentes” en la actividad de la sociedad, no respondiendo a parámetros de respuesta institucional (no son los gobiernos los que las activan), sino situaciones no periódicas del entorno social (no hay relación con las elecciones) derivadas de circunstancias diversas que llevan a los ciudadanos a un mayor grado de movilización y por ende de interés por la política.

El desaparecido sociólogo francés Michel Crozier en su libro “No se cambia una sociedad por decreto” ya planteó la dificultad de una sociedad para cambiar, aunque las modificaciones normativas lo propicien. La dirección que los ciudadanos toman depende de ellos y los sistemas institucionales, al estar basados en la jerarquía y en la autoridad, son inoperantes para cambiar y dinamizar una sociedad en un determinado sentido.

Dicho esto, sería una pena que la movilización conseguida, a través de la creación de plataformas, grupos y demás estructuras informales de apoyo a los candidatos, ahora se pierdan en la nada o peor se conviertan en células sectarias para el enfrentamiento interno. Grave desperdicio. Estos grupos informales han sido instrumentos eficaces para la consecución de avales y la movilización para el voto. Lo importante de ellos es que han puesto en marcha un motor que no tenía combustible hace tiempo y se ve que funciona.

El impulso para el cambio siempre viene de las personas, de sus capacidades y sobre todo sus convicciones. Los dirigentes, desde su posición, pueden matar o diluir esta fuerza por miedo o incapacidad, por el contrario, si son inteligentes, lo pueden propiciar y enriquecer.

Los centros de organización institucional, las famosas y denostadas agrupaciones, tienen sin duda un valor histórico de agregación de la afiliación en un entorno cercano (el domicilio); pero no es el lugar, ni el ambiente, donde “los de fuera” pueden encontrar la ubicación para hablar de Política, de políticas y de lo que está pasando y, sobre todo, de lo que se puede hacer para cambiar las cosas.

Los grupos creados han recuperado algo importante: el sentido del valor de la actuación por uno mismo, del trabajo en grupo, el objetivo compartido y la capacidad de discusión y proposición política. Se han sentido “élite” en el mejor sentido del término, con capacidad transformadora de las situaciones no deseadas.

Clubes cívicos donde no se delibere de poder, no se pida ni exija pedigrí, ni sea necesario llevar a la prima o a la tía para que te apoye, porque la cuestión sea encontrar complementarios para aquello que se comparte. Votar no es el objetivo, es escribir una narración participada de la sociedad que se persigue y trabajar para conseguirlo.

No se puede desaprovechar la oportunidad de que el ciclo político está en la cresta. Hay que recuperar una izquierda organizada y con proyecto. Lo que fue afán discursivo en las plazas tras el 15-M, es recuperar un tiempo político que se dejó pasar. Lo otro será el “gatopardismo” del que a veces se acusa a la izquierda española.

La política requiere ahora de fuerte cura democrática y participativa, que arrumbe actitudes del pasado y que propicie un cambio cultural que es mucho más que salvar de su “fin” a un partido político, es regenerar la vida pública. Esto será hablando, debatiendo y denunciando lo que sucede en la sanidad, educación, servicios, seguridad, universidad, en ese largo etcétera temático que componen nuestra vida en comunidad. Los que han participado en este proceso de activación de la política deben continuar una labor que aún esta inacabada. Los que han liderado el proceso, tienen que ser generosos para ser conscientes que son sujetos, como los demás, del proceso de cambio, no objeto del mismo.