Los cambios tan vertiginosos que se están produciendo nos sitúan ante una nueva era, que debemos gobernar para no caer en una especie de oeste tecnológico donde gane el más fuerte. Para ello, es preciso que pasemos de la lógica incertidumbre, ante la velocidad, profundidad e impacto de los cambios, a realizar un trabajo conjunto donde decidamos entre todos en qué modelo de sociedad queremos vivir, con qué objetivos, y qué medios utilizamos para hacerlo realidad.

La tecnología será el medio, pero nos corresponde establecer el marco de valores éticos y morales en los que se desarrollará esta sociedad que ya es presente. No hacerlo, agudizará la desigualdad y el conflicto.

Un elemento fundamental que las tecnologías están cambiando, y lo hará aún más en los próximos años, es la movilidad en las ciudades. La digitalización es una oportunidad para hacer más eficaz y eficiente el transporte de personas y mercancías. Es una oportunidad para reducir drásticamente la contaminación, los accidentes, y mejorar la salud de la población en las ciudades.

Pero la digitalización debe ser gobernada para evitar situaciones como las que se están viviendo en el sector del taxi, con nuevos actores que entran a competir bajo el paraguas de una supuesta economía colaborativa. Cuando su objetivo es conseguir hacer un nuevo monopolio, mediante musculo financiero, precarias condiciones laborales y competencia desleal no amparada por la ley.

Cualquier observador ha podido ver como Uber, que se define como un mero intermediario entre usuarios y conductores, ha recibido todo un varapalo de la UE. Concretamente, el pasado once de mayo, el Abogado General del TJUE, Maciej Szpunar, señaló en sus conclusiones que el servicio que realiza Uber no puede ser considerado como un mero intermediario entre usuarios y conductores, ni como un “servicio de la sociedad de la información”, ni como un “servicio de vehículo compartido” ya que los conductores reciben una remuneración por los servicios prestados que sobrepasan los gastos ocasionados.

Para el Abogado General, la plataforma de Uber debe ser calificada como “servicio en el ámbito de transporte”, por lo que deben cumplir con las condiciones exigidas a los transportistas.

A pesar de lo anterior, recientemente hemos vivido en toda España una nueva y masiva huelga del sector del taxi ante el avance de estas plataformas. Los taxistas, quieren que las administraciones defiendan el servicio público del taxi, acaben con la competencia desleal, se cumpla la ley, se den soluciones ante la concesión indiscriminada de autorizaciones de transporte de vehículos de alquiler con conductor, se eliminen las ventajas fiscales para los VTC, con el IVA reducido del 10 por ciento, una identificación homogénea de los VTC y que se prohíba la especulación con la compraventa de estos permisos.

Todas ellas, reivindicaciones que hay que aceptar. Pero que no pueden hacer perder la perspectiva a los taxistas, a la sociedad y a las instituciones, de la necesidad de llevar a cabo un plan de reconversión del sector de la movilidad. Con diálogo, pero sin dilaciones, hay que ver que soluciones de futuro se dan a un sector que en muy poco tiempo va a cambiar totalmente.

Hasta hace poco, el coche fantástico era una serie de ficción. Hoy, las grandes compañías tecnológicas y automovilistas, junto a nuevos actores, están ensayando con automóviles sin conductor.

El Consejo de la Agenda Global del Foro Económico Mundial sobre el Futuro del Software y la Sociedad, realizó una encuesta entre ochocientos ejecutivos con el fin de saber cuándo preveían que estas tecnologías innovadoras pasarían a ser de dominio público en un grado significativo. En el caso de los vehículos sin conductor, se estableció como punto de inflexión que los automóviles sin conductor equivaldrán al 10 por ciento de todos los vehículos en las carreteras de Estados Unidos. Pues bien, un 79 por ciento de los encuestados esperan que este punto de inflexión se haya producido en el año 2025.

Como impactos positivos, señalaban la mejora de la seguridad, más tiempo para centrarse en el trabajo o consumir contenidos de los medios de comunicación, efectos en el medio ambiente, menos estrés y rabia al volante, mejora de la movilidad para los ancianos y discapacitados, y la adopción de vehículos eléctricos.

Como impactos negativos, se establecían la pérdida de empleo (taxistas y camioneros, industria del automóvil), alteración de los seguros y la asistencia en carretera (pagar más por conducir uno mismo), disminución de los ingresos por infracciones de tráfico, menos vehículos en propiedad, estructuras jurídicas para conducir, cabildeo contra la automatización (personas a quienes no se les permite conducir en las autopistas), pirateo/ciberataques.

Sea como fuere, unos años arriba, unos años abajo, el cambio ya está aquí. Otro ejemplo, en 2012, Nevada se convirtió en el primer estado de Estados Unidos en aprobar una ley que permite los vehículos sin conductor (autónomos). Por ese motivo, es preciso estar preparados para minimizar los efectos negativos y maximizar los positivos. ¿Cómo? Haciendo los deberes ya.