El lunes 4 de mayo de 2020 quedará grabado para siempre en nuestra memoria. Comenzaba en España la fase 0 de la desescalada y se autorizó la salida desde las 6:00 hasta las 10:00 y desde las 20:00 hasta las 23:00 para pasear o hacer deporte. Lo sustancial no era únicamente salir al exterior, ya que estaba permitido para hacer la compra y alguna otra actividad estrictamente necesaria, sino la idea de la salida cotidiana, de recuperar la normalidad, el ensueño de la calle con gente ociosa e itinerante. A las 20:00 en punto, abrimos la puerta de la calle custodiados por la mascarilla. Se apreciaba una multitud silenciosa, un número considerable de personas que habíamos invadido la vía, muchas por primera vez después de semanas de confinamiento. Transitábamos inquietos, mirando hacia adelante y de soslayo a los otros viandantes. La ciudad resultaba extraña, la gente parecía extraña, la vida se desviaba de lo existente. No militaba lo habitual, se había evaporado la cordura.  Me vino a la mente el relato de una novela de Petros Markaris: Hasta aquí hemos llegado, en la cual narraba la existencia de una urbe (Atenas), que se transforma en un escenario de pesadumbre y penuria (en plena crisis). Inerme, afligida, solitaria, sin coches; se podía observar la aprensión en la cara de la gente.

Las ciudades españolas también mostraban una escena casi apocalíptica e inverosímil. Las mascarillas cubriendo las expresiones y la impavidez generalizada no hacían fácil hacer un diagnóstico de las emociones sentidas pero, si cada viandante hubiera tenido una pantalla de registros emocionales, ¿qué hubieran mostrado? ¿Miedo, incertidumbre, asombro, esperanza, afecto, pena?

Los notorios efectos emocionales de los acontecimientos de los últimos meses en la población permiten reflexionar sobre la ciencia de las emociones y la forma en que estas pueden afectar a la calidad de vida y el bienestar, sugiriendo el riesgo que corremos al situarlas en las postrimerías de las posibles secuelas derivadas.

A la vista de los datos del siguiente mes de junio del Estudio 3285 sobre El estado emocional de los españoles del Centro de Investigaciones Sociológicas, la pandemia tuvo un gran impacto sobre las emociones de la población española. En esta encuesta había algunos datos que mostraban cómo la preocupación por las consecuencias emocionales de la Covid-19, se ve solapada por los efectos en la salud física – o en la propia supervivencia- y por los efectos económicos. Cuando se preguntaba sobre los efectos que más preocupaban de la situación generada por la pandemia (pregunta 2), en primer lugar destacaron la salud física (36,4%), en segundo lugar la economía y el empleo (31%) y en último lugar la salud emocional (7,3%). Cinco meses más tarde, otro Estudio del CIS (3285) –Efectos y consecuencias del coronavirus (I)- muestra un incremento de 10,2%  de la población que estaban  preocupados por los efectos emocionales (17,5%).

Por otro lado, que los ciudadanos se preocupen en primer lugar por  la salud no es de extrañar   con una cifra de 41.253 muertos por coronavirus en España (Ministerio de Sanidad, 17/11/20202). En cuanto a la economía, que se sitúe en segundo lugar, no debe extrañarnos con una contracción del PIB del 18,5% (INE, 2T 2020) una caída del 21,2% del consumo de los hogares (INE, 2T 2020),  casi un millón de empleos destruidos y 3,4 millones de personas afectadas por un ERTE  (Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 2020).

Que los ciudadanos perciban su importancia con mayor o menor intensidad no es óbice para que en otras respuestas se haga evidente la importancia de las cuestiones emocionales.

Por ejemplo, desde que se declaró el estado de alarma, según este estudio de Octubre, las tres situaciones que más preocupan a las personas encuestadas son, en primer lugar, contemplar las calles y comercios vacíos (83,2%), en segundo lugar, la suspensión de contactos y relaciones cara a cara con sus familiares, amigos/as y vecinos/as (78,4%) y, en tercer lugar, inquietud y temor ante el futuro (78,2%). Estas tres respuestas nos ofrecen una interesante información de las principales preocupaciones de los españoles por encima de la de haber perdido su empleo o el de algún familiar (37,8%). Ello nos indica el gran impacto emocional que tiene en la población las situaciones generadas por esta extraña y nueva situación, en la cual las calles están desiertas, pierden el contacto con sus seres queridos y ven como su vida cambia de la noche a la mañana por sucesos incontrolables contra los que no pueden lidiar.

Aunque en mayo únicamente el 7,3% de la población española destacaba como principal preocupación la salud emocional, el 41% se sintió en la última semana deprimido, el 78,9% se sintió estresado y  un 78,8% preocupado (resultado de la suma de los que lo experimentaron todo el tiempo, buena parte el tiempo o en algún momento). Ello explica en parte los resultados de la siguiente encuesta de octubre, en la que un 17,5% ha manifestado como primera preocupación su salud emocional.

El estudio sobre la forma en que las emociones arbitran el bienestar de la población no es nuevo. Nos encontramos ante un tema apasionante por cuanto no hay aún consenso en la neurología cognitiva, en la psicología, la filosofía y menos aún en las ciencias sociales sobre sus efectos y  su dinámica.

Se han dado numerosas explicaciones desde la teoría clásica, por ejemplo aquellas inspiradas en Spinoza (1632-1677), que abordaba la naturaleza de los sentimientos y las emociones para entender el anclaje entre el cuerpo y la mente. Afirmaba que aquellas que no deseamos se pueden neutralizar con la razón o con otras emociones que sean generadas racionalmente; en definitiva, hablaba de la gestión y la posibilidad de que el ser humano controle las emociones, así como de los diferentes efectos en unos y otros, otorgándoles un efecto poderoso en el bienestar humano. En definitiva, según la teoría clásica, podríamos decir que  los acontecimientos ocurridos en la pandemia propician emociones “universales” (que existen en todos los seres humanos), y que estos hechos provocan reacciones emocionales que se desencadenan debido a la activación por sucesos trágicos o estresantes.

Esta reacción causa-efecto que nos parece tan lógica está en pleno cuestionamiento y los últimos descubrimientos anuncian un cambio de paradigma, como la aportación de Lisa Feldman Barret con su teoría de la emoción construida (La vida secreta del cerebro, Paidós, 2018) que contradice los anteriores planteamientos que explicaban que estas eran reacciones frente al mundo, a los sucesos o a los estímulos, como por ejemplo la teoría del neurocientífico Antonio Damasio que se inspira en Spinoza (En Busca de Spinoza: neurobiología de la emoción y los sentimientos, Editorial Crítica, 2005).

Según Feldman, el ser humano construye las emociones apoyándose en sus experiencias y al significado que le otorga a la realidad.  Es decir, las emociones no son universales y que en realidad las creamos nosotros, surgiendo de una combinación de las condiciones físicas, el cerebro y el contexto social y cultural.

Según la teoría de la emoción construida, los seres humanos interpretarían los hechos ocurridos por la pandemia según sus experiencias y las creencias e interpretaciones del mundo. Quiere esto decir que existen mecanismos culturales y sociales suficientes para poder reflexionar acerca de la forma en que la población está interpretando los sucesos y estos están afectando a sus emociones de una forma u otra.

El contexto social en el cual se produce la pandemia, los elementos normativos comunes o generalizables a una comunidad cultural, rubrican las posibles emociones derivadas de los acontecimientos vividos, como observar las calles solitarias e inertes, o recibir variados y contradictorios mensajes en la Red. La pertenencia a círculos culturales y sociales comunes posibilita la comprensión de las reacciones emocionales y por ende, sus efectos, que en este caso, me temo, no van a ser los deseables; aunque también existen emociones compensatorias (como a continuación explicaré).

Remontándonos a Spinoza  y lo que de su teoría podamos rescatar, podemos entender que las emociones negativas pueden contrarrestarse con otras positivas a través del razonamiento lógico. Esto es lo que hemos podido observar con la emergencia de emociones de empatía, solidaridad y afecto comunitario cuando cada tarde, a pesar de la angustia y preocupaciones generadas por la situación de incertidumbre, salíamos a aplaudir a los balcones, haciendo aflorar las emociones positivas como contraste a las negativas. O la cantidad de chistes y bromas que de forma intensa circularon los primeros días de pandemia a través de las redes sociales.

A pesar de la falta de consenso existen razonamientos paralelos entre las diferentes teorías para explicar las emociones. El más importante es la forma en la que los sucesos estresantes que se prolongan en el tiempo afectan nuestras emociones. La neurología demuestra que los desequilibrios emocionales pueden afectar a nuestra salud mental y a nuestro sistema inmunológico. La explicación se apoya en el “presupuesto” corporal (la energía que necesitamos para atender las necesidades físicas y emocionales de nuestro día a día).

En una situación inquietante el cerebro puede calcular mal y activar equivocadamente los circuitos de supervivencia (cuando paseamos  por un callejón oscuro, por ejemplo). Ello desequilibra nuestro “presupuesto” corporal, pero los daños son imperceptibles. Lo preocupante es cuando una situación inquietante que nos mantiene en un estado de alerta o preocupación se prolonga en el tiempo.  Ocurre entonces que quedamos en estado de desequilibrio crónico, que puede afectar a nuestro sistema inmunológico y también a nuestro equilibrio emocional.

Vivir una pandemia no es cualquier cosa, supone estar en alerta continua para no ser contagiados por el virus y para que nuestros familiares no se contagien; estar alerta para conocer cómo las medidas han ido afectando a nuestra vida cotidiana, la pérdida del trabajo, la quiebra del negocio, la muerte y la enfermedad en el ambiente, la crispación política, la incertidumbre de cómo vamos a salir de esta situación, si serán efectivas las vacunas, cuantos más morirán… Seríamos muy ingenuos si pensáramos que todo esto no va a tener consecuencias serias en un primer momento en nuestro equilibrio emocional y, más allá, en nuestra salud mental. Mucho más en unos momentos en los que la población que, antes incluso de esta crisis sanitaria, caminaba ya hacia una inevitable morbilidad mental en los próximos años, según advertencias de la OMS.

El 11 de octubre de 2019 publiqué en Sistema Digital el artículo: “Emociones colectivas en el panorama político español”. Realizaba una reflexión sobre la crispación social colectiva debido a los últimos acontecimientos, así como las emociones colectivas que fluían en el ambiente. Nadie hubiera podido predecir entonces la situación que nos esperaba unos meses más tarde cuando recibíamos la noticia de una España amenazada por una pandemia mundial, un sistema sanitario colapsado y un estado de alarma. Las emociones colectivas se han puesto a prueba. El presente constituye un momento histórico para observar y analizar cómo el ser humano recibe las adversidades. Posiblemente, pocas veces en la historia de la humanidad la incertidumbre ha sido tan grande y pocas veces hemos estado tan sobreinformados. Nunca desconocimos tanto sabiendo tanto. Los años 2020 y 2021 serán históricos, y campos primordiales de observación para los científicos sociales.