La parte de los ángeles es un término poético que sirve para identificar esa pequeña porción de licor que se pierde por evaporación en el proceso de destilación del whisky de malta. Ken Loach ha utilizado la frase para titular su última película, una comedia social que recupera las esencias del cine de Loach.

La trama transcurre en uno de los barrios marginales de Glasgow y cuenta la historia de un grupo de chavales que viven al límite. Se han librado por los pelos de ir a la cárcel por la acumulación de delitos menores y tienen una última oportunidad haciendo trabajos sociales comunitarios. El protagonista, encarnado por Paul Brannigan (que antes de hacer este film no era actor, sino asistente social voluntario encargado de la rehabilitación de drogadictos) es un muchacho llamado Robbie marcado por la cicatriz que lleva en el rostro desde niño. Una marca que le cierra puertas y que es el testigo imborrable de un pasado de violencia que lastra su vida. Gracias al asistente social que los conduce en los trabajos comunitarios Robbie descubre que tiene una nariz privilegiada para descifrar los secretos que esconde el whisky de malta y decide dar un auténtico golpe de guante blanco con su pandilla.

El grupo conseguirá hacer desaparecer una porción de un fantástico whisky que va a ser subastado por una fortuna sin que se note. Escamotean la parte de los ángeles, pero la de verdad, la que pertenece a los desheredados, en este caso una cuadrilla de muchachos que ve en este “golpe” al lujo estúpido su oportunidad para salir del agujero.

La película es Ken Loach en estado puro: actores totalmente desconocidos que están tanto y tan bien en su papel que parece que los están filmando en su vida real; autenticidad a espuertas; un movimiento de cámara a la altura de los ojos del espectadores, que te introduce en el ambiente como si el espectador mismo formara parte del episodio narrado, y todo ello cocinado con mimo con el trasfondo de denuncia social permanente en las películas de Loach.

En este caso, Loach decidió hacer la película en un momento en el que en paro juvenil en Gran Bretaña es muy elevado y existe, igual que en España, un gran número de jóvenes que ni tiene la suficiente formación académica ni tampoco formación para el empleo, convirtiéndose en una generación perdida y sin salidas.

Creo que el título metafórico de esta película, además de hacer la referencia que apunté con anterioridad, simboliza, de una forma más profunda, esa parte de los jóvenes que se “evaporan” en el proceso de socialización, sin que las sociedades avanzadas sean capaces de construir un mundo inclusivo que les recupere. En un proceso químico como es la elaboración del whisky es inevitable que se pierda una parte del caldo, pero es dramático que parezca inevitable que en un proceso social tenga que haber una parte de los jóvenes que se “evapore”, por así decirlo, y su único destino sea la marginalidad. ¿Este tributo social es inevitable, o se puede construir una sociedad en la que quepamos todos?

La parte de los ángeles es una buena película bien realizada, con un ritmo que pega al espectador a la pantalla, pero sobre todo es una película hecha con sensibilidad, ternura, realismo y sentido del humor, un sentido del humor en ocasiones tan agrio que hace que las lágrimas humedezcan los párpados de los espectadores casi sin darse cuenta.