En determinados momentos de la historia aparecen líderes populistas y se producen acontecimientos que cuesta encajar en las apreciaciones y esquemas interpretativos que tenemos sobre ciertos países, o sobre determinados puestos institucionales.

Uno de esos casos impactantes fue el que tuvo lugar en Alemania con el Partido Nacional Socialista y el papel de su carismático líder Adolf Hitler. Un líder con ademanes, comportamientos y discursos tan singulares como llamativos. Algunos decían que solo era un payaso y que no había que dar mayor importancia a sus bravuconadas y a sus numeritos propagandísticos, al tiempo que motaban a las SA como una pandilla de matones que no representaban el sentir del común de los líderes y votantes del Partido Nacional Socialista.

Aún en aquel contexto, Alemania continuaba siendo uno de los países más destacados y envidiados de Europa; era el país de los grandes músicos; de los filósofos más eminentes; de los grandes científicos; y de las Universidades punteras, a las que acudían los estudiantes destacados de otros países que querían ampliar estudios.

Pero, al final, lo que algunos temían acabó ocurriendo y bien pronto se comprobó que no eran solo payasadas y comportamientos propios de matones en contextos sociales convulsos marcados por las incertidumbres económicas y sociales. Y lo que empezó ocurriendo en Italia y Alemania acabó extendiéndose a otros países europeos, con los resultados trágicos y destructivos que todos conocemos.

Aquellos acontecimientos y los desenlaces correspondientes demostraron palpablemente que las naciones aparentemente más avanzadas no están vacunadas contra los peligros de la demagogia, la barbarie y el cuestionamiento de los valores democráticos.

Lo ocurrido últimamente en los EEUU, y el carácter destructivo de otro payaso demagogo y simplista, es un nuevo ejemplo de cómo puede deteriorarse una situación que hasta hace bien poco había sido tenida por envidiable entre el común de los mortales. La irrupción en escena de personajes de tal laya tiene efectos que pueden llegar a ser demoledores. Sobre todo, si los protolíderes, que se comportan como auténticos “machos alfa”, logran que sus planteamientos y engaños penetren en la sociedad y la contagien como otra especie de virus singularmente dañino, conformando escenarios societarios que se asemejan a los de una auténtica pesadilla.

El problema es que este tipo de personajes puedan llegar a recibir el respaldo de millones de electores que probablemente ven en sus liderazgos y en sus ensoñaciones simplistas una especie de clavo ardiendo al que aferrarse en períodos de incertidumbres y de dificultades; hasta el punto de acabar deslizándose por pendientes sumamente peligrosas.

En situaciones tan tensionadas se hacen presentes, hoy como antaño, grupos de matones que intentan amedrentar a los ciudadanos y a los líderes políticos de signo diferente al suyo. En el caso de EEUU, estos grupos se han movilizado en forma de escuadras armadas y militarizadas que, junto a otros matones, han intentado coaccionar, amedrentar e, incluso, interrumpir por la fuerza escrutinios que tenían lugar en colegios electorales que hasta ahora habían sido considerados como auténticos templos de la democracia, que todo el mundo respetaba.

Aunque aún no sabemos cómo terminará esta pesadilla, y cuáles serán los movimientos que todavía intentará Trump, algunos no desechan, incluso, intentos de perpetrar una especie de Golpe de Estado Judicial, presionando al Tribunal Supremo para que impugne la legalidad democrática y la expresión de la libre voluntad de los electores manifestada claramente en las urnas, so pretexto de supuestas irregularidades en la emisión de algunos votos.

Acabe como acabe la pesadilla, no hay que perder de vista que ha tenido lugar una movilización de setenta y un millones de electores norteamericanos a favor de Donald Trump. Lo que supone que en muchas sociedades avanzadas una parte apreciable de la población puede acabar siendo insensible a eso que algunos han llamado la “banalidad del mal”. Es decir, en determinados lugares estamos moviéndonos en el filo de la navaja, mientras los huevos de las serpientes antidemocráticas no han dejado de anidar.

En pleno siglo XXI, no somos conscientes de lo cerca que se ha estado de dar un respaldo electoral mayoritario al matonismo demagógico de Trump. Por lo que no queda más remedio que volver la vista nuevamente, no solo hacia el espíritu de los padres de la Constitución norteamericana y a los grandes teóricos y líderes políticos que han vivido en el seno de la democracia norteamericana y de otras similares, sino también a todos los analistas, filósofos, sociólogos y politólogos, que, una vez derrotados los facismos por la fuerza de las armas en la Segunda Guerra Mundial, clamaron desde sus aulas, sus publicaciones y sus libros recordando que por mucho que el fascismo hubiera sido vencido en los campos de batalla, los riesgos de involución autoritaria y antidemocrática continuaban anidando en los sustratos profundos de la razón humana y en múltiples recovecos de nuestras sociedades. Por lo que no era –es– imposible su reactivación en contextos de crisis, incertidumbres y conflictos dislocados.

Solo el desarrollo de la educación y el fomento de los valores de la libertad, de la dignidad humana y de la democracia, y la garantía de una correcta funcionalidad de las instituciones públicas podrá prevenirnos de los riesgos del autoritarismo y de la involución humana. Lo que exige, entre otras cosas, la profundización y el enriquecimiento continuo de los valores y criterios de la democracia, como barrera que evite que la humanidad vuelva a enfangarse en los lodos del odio, del matonismo, de las prácticas despóticas y cainitas y, en definitiva, de la antidemocrática dialéctica política “amigos-enemigos”.

De ahí la importancia de mantener y levantar cortafuegos y contrapesos políticos y sociales para preservar la correcta funcionalidad de las sociedades democráticas; especialmente con seguridades en la independencia y libertad de los medios de comunicación social, y con garantías de que no se produzca una instrumentalización política sesgada de las instituciones judiciales, y que se mantenga su independencia y el respeto al principio de legalidad.

Algo que los autócratas y demagogos populistas nunca han respetado, ni respetarán, como demuestran comportamientos de personajes como Trump, que ponen en evidencia, una vez más, que la senda de la democracia no está completamente garantizada y que su continuidad y estabilidad requiere del concurso activo y permanente de todos los ciudadanos libres y orgullosos de su democracia. Como aquellos que en EEUU han celebrado en las plazas y en las calles el triunfo de la razón y la primacía de las urnas sobre los impulsos primarios del populismo.

En las elecciones norteamericanas del 3 de noviembre de 2020 es importante destacar cuáles han sido los sectores que en mayor grado apoyaron el movimiento electoral orientado a “parar a Trump”: las mujeres, los jóvenes, los sectores ilustrados de las clases medias urbanas, las minorías étnicas y raciales, así como buena parte del mundo de la cultura, el pensamiento y la comunicación social. En esos sectores de población es, precisamente, en los que están encontrando sus fortalezas los partidos políticos y los movimientos que luchan en las sociedades maduras de nuestros días para evitar caer en la regresión histórica respecto a los avances genuinos de la civilización y el progreso. Tanto en tiempos de mayor estabilidad, como, especialmente, en períodos de crisis, incertidumbres y turbaciones.