Joe Biden disfruta de sus primeros días como vencedor de las elecciones, desde su casa-refugio en Wilmington, Delaware. Le llega muy mitigado el ruido del presidente caído, que agita su arma preferida (las mentiras: fraude o robo electoral) y rumia una venganza inútil y egotista. El vencedor se solaza con las celebraciones comprensibles de seguidores o de los neutrales que prefieren una vuelta a la antigua normalidad política. Tiempo habrá de analizar equipo, programas y estrategias del presidente electo. Hagamos hoy vista de pájaro.

UN MENSAJE CONCILIADOR

Reagan se ganó el apelativo de restaurador (de una América destrozada por el Watergate, las humillaciones exteriores y la quiebra de la confianza en sí misma, según el relato oficial). Clinton pretendió continuar con la herencia quebrada de Kennedy, mediante la mística de la renovación generacional, pero su legado quedó empañado por la misma adicción poco juiciosa que JFK tenía por el sexo. Obama fabricó la ensoñación de una transformación un tanto ambigua, apoyado, sin pretenderlo, en su condición racial afroamericana y en una biografía inspiradora. Ninguno de ellos restauró, renovó o transformó América.

Biden quiere erigirse en el “sanador” de la nación. Un designio que suena más modesto que los de sus antecesores citados. Pero resulta más urgente, más necesario, si cabe. En su empeño (en el teatro de la política poco importa si real o figurado), lo ayudan gran parte de la clase política, la élite burocrática y los medios. Era de esperar, si tenemos en cuenta que esos tres grandes actores han sido corresponsables del trumpismo. Los políticos, porque facilitaron su crecimiento, por complicidad u omisión; la tecnocracia administrativa, porque despreció con obscenidad al pueblo que debía servir; y los medios, por su voracidad de lo novedoso, de lo atractivo, de lo escandaloso. Sin reparar en las consecuencias.

En Biden, esa coalición ha encontrado el remedio perfecto, una especie de anti-Trump. No por su radicalismo izquierdoso, sino por todo lo contrario. Por su moderación. Por su previsibilidad. Por su consumado gusto por las frases acogedoras. Por su empeño en no hacer enemigos. Por su aversión al conflicto explícito.

El “sanador” quiere unir de nuevo a América, contar con todos, escuchar a todos, no insultar a nadie, dejar que los que saben lo aconsejen, rescatar a los oráculos de las elegantes residencias donde esperan su regreso y aplanar las trincheras que separan a los dos partidos en el Capitolio. En su mensaje del momento (desde su nominación, de hecho), hay una evocación como de posguerra, escenario que todo político que se precie aprovecha para capitalizar las angustias de la población. Y, sin embargo, ahora es difícil ocultar un cierto aroma de solemnidad forzada, de artificiosidad, de oportunismo.

Que no se entienda mal. El alivio de la derrota de Trump es comprensible y sincero, en (casi) todo el mundo. Una vuelta a los buenos modales no vendrá mal. Decir la verdad de vez en cuando no debe ser censurable. Hacer caso a los científicos en tiempo de pandemia es de puro sentido común. Tratar a los aliados con respeto es de buena educación y bastante útil. Y poner cara agria a dictadores y malos sacramentados es una exigencia de la corrección política.

UNA TRAYECTORIA CONVENCIONAL

La sanación de un cuerpo profundamente enfermo como la sociedad americana no es cuestión de discursos, ni siquiera de buenas intenciones, ni se resuelve “reparando” el tejido. Biden no es un recién llegado, contrariamente a Reagan; ni siquiera puede aportar la frescura de quien no está demasiado maleado (como Clinton u Obama, en su día). Es un insider. Uno de los responsables de algunos de los males que propiciaron la irrupción resistible de Donald Trump. Biden combatió estos cuatro últimos años al advenedizo incendiario, claro está, pero no se le ha escuchado llegar hasta el fondo en el análisis de las razones de la desgracia.

De Biden se destaca estos días su capacidad para llegar a acuerdos across the aisle (los dos lados del pasillo); es decir, de forjar acuerdos entre republicanos y demócratas. Lo que en Europa se ha venido en llamar consenso centrista. Pero en Estados Unidos esa fórmula no vincula a la derecha y la izquierda moderadas, sino a facciones de la derecha y, si acaso, del centro. Por mucho que se haya agudizado la división tribal en los últimos cuarenta años, ambos partidos han gobernado con parámetros similares. La desigualdad social ha aumentado tanto con republicanos como con demócratas al timón.

Ese consenso interpartidario ha sido parte del problema, en lugar de constituir un factor válido para la solución. El empeño por el pacto ha frustrado a quienes en el partido demócrata defendían siquiera tímidas reformas sociales cuando se alcanzaba la Casa Blanca, para mitigar los retrocesos sufridos durante precedentes administraciones republicanas. Este fenómeno es demasiado reciente para fingir desmemoria: los republicanos no pactan cuando gobiernan y obstruyen todo lo que pueden cuando lo hacen los demócratas. ¿Quién no recuerda las estrategias de confrontación sin complejos de Newt Gingrich? No eran diferentes a las actuales de Mitch McDonnell. Los demócratas fueron más complacientes con Reagan o los Bush, y sólo se echaron al monte con Trump, porque al personaje le importaba un comino los consensos y nunca reclamó esfuerzo o negociación para lograr alguno.

La carrera política de Biden es reconocible por la élite burocrática, el orbe académico que toca o se beneficia del poder y los medios que reproducen e interpretan las sutilezas y recovecos del sistema. El septuagenario presidente puede hacer un buen trabajo para reducir la tensión entre dos de las tres Américas, haciéndolas creer que todos cuentan, que sus votos importan, que comprende y atiende sus agobios y preocupaciones. A la tercera América, marginada, olvidada y hasta ignorada no llegarán las curas del presidente electo. No es profecía, sino proyección razonable de medio siglo de trayectoria política.

UNA SANACIÓN FORMAL

Para acercar a esas dos Américas que “se odian” (como reza el mantra mediático), Biden hará lo que esté en su mano, aunque los republicanos no se lo pondrán fácil, como señala Thomas Carothers, el experto en gobernanza de la Fundación Carnegie (1). El veneno del trumpismo ha deshabilitado/desactivado a la élite del GOP. La jerarquía del Partido Demócrata cerrará filas con Biden, entre otras cosas porque su era se presiente corta (un solo mandato): por edad y por salud. Pero es de temer que lo haga a costa del ala izquierda, que tanto ha hecho para ganar estas elecciones, como señala la editora del semanario progresista THE NATION (2). Sus principales líderes han sido reelegidos en la Cámara de Representantes y los más cercanos a movimientos sociales de protesta, como Black Lives Matters, han salido bien parados. La base demócrata respalda una mayor audacia, de una vez por todas.

Sin embargo, lo más probable es que ese ala izquierda vea pronto confirmados sus temores: la movilización para echar al “monstruo”, si acaso, merecerá un breve reconocimiento, y ya. Una de las cabezas visibles de ese sector renovador, Alexandria Ocasio-Cortez, lo ha expresado muy bien en una entrevista con el NYT:  si el partido vuelve a ignorar la base, incubará la tragedia (3).  Lo hará, no por incompetencia o torpeza, sino porque no está diseñado para otra cosa que asegurar la pervivencia de la “normalidad”. Para un vuelo corto.

 

NOTAS

(1) “Postelection forecast: more polarization ahead”. THOMAS CAROTHERS. CARNEGIE, 9 de noviembre.

(2) “Progressives are an asset for the Democratic Party. It should treat them that way”. KATRINA VAN DER HEUVEL. THE WASHINGTON POST, 10 de noviembre.

(3) “Alexandria Ocasio-Cortez on Biden’s win, House losses and what’s next for the Left”. THE NEW YORK TIMES, 7 de noviembre.