Cuando recordamos con amargura los 40 años del intento de golpe de estado, aquel 23 de febrero que pudo ser fatídico y que, afortunadamente, la joven democracia española pudo frenar, convivimos con ciertas contradicciones, algunas de ellas fruto del desconocimiento o del olvido.

Lo primero que observamos es la brecha generacional que la historia ya ha provocado. Sencillamente es algo tan fácil como que hay que tener más de 50 años para recordar aquel hecho. Los menores de 50 años eran niños en una minoría o la inmensa mayoría ni siquiera habían nacido. El golpe de Estado, Tejero, los tanques en la calle, los diputados y diputadas cuyas vidas estaban en peligro, el papel de los medios de comunicación, la posición del entonces rey Juan Carlos, todo eso queda en un rincón de la historia española. Y para mucha gente está tan lejos como la guerra civil o la dictadura de Franco.

Quizás por eso, en cierta manera, se frivolizan aquellos días con ingenuidad. Es cuestión de desconocimiento y de no haberlo sufrido de cerca.

Eso no significa que no haya cosas a mejorar, que sea necesario seguir ahondando en leyes sobre los derechos en toda su extensión, que haya que mejorar la democracia con mejor información y menos griterío, que la desigualdad social sea el mayor de los problemas, que exista violencia de género, que haya que juzgar la corrupción política y social, que los partidos políticos deban siempre renovar sus estructuras para no anquilosarse, y muchas cosas más. Como diría Don Antonio, “se hace camino al andar”.

Sin embargo, lo preocupante es la débil memoria, el olvido o la ignorancia. Han pasado 40 años de lo que pudo haber sido dramático para España: el intento de retroceder, aniquilar la democracia y sus derechos, volver a una dictadura, amordazar a su ciudadanía. Habrá a quien 40 años le parezcan muchos, a la Historia le parecen un soplo.

Por eso me resultan preocupantes los dos fenómenos, ambas caras de una misma moneda, que supone el auge de la ultraderecha y las manifestaciones por la libertad de expresión.

En la ultraderecha veo jóvenes con la mano alzada, hablando de “enemigos”, racistas, xenófobos, homófobos, misóginos, pero sobre todo, incultos. Porque no me puedo creer que de verdad se crean lo que defienden, cuando ni siquiera saben lo que es el fascismo.

Por otra parte, las calles se llenan de llamados antifascistas en defensa de una libertad de expresión que el Estado les reprime. Paradójico resulta que esa represión les permita llenar las calles noche tras noche, ante la mirada atónita de miles de ciudadanos, permitiendo que el grupo de  vándalos se diviertan rompiendo negocios, robando cosas, quemando contenedores, generando daños materiales y sociales cuantiosos, y creando un ambiente de violencia social. Y, sinceramente, creo que la mayoría no sabe tampoco cuánto han sufrido los verdaderos antifascistas (nuestros abuelos muertos, desaparecidos, exiliados, en campos de concentración) para conseguir un país donde uno se pueda manifestar en la calle de la forma que se está haciendo hoy. Y todo ello en nombre de un tipejo que se permite, no solo insultar (que eso está a la orden del día en este país, en el que se insulta con plena facilidad a cualquier político o personaje público, en el que las redes sociales están llenas de insultos y descalificaciones), sino amenazar, recurrir a la exaltación del terrorismo y señalar en la diana a personas con nombres y apellidos para ver si alguien se atreve a asesinarlos. En serio, ¿eso es libertad de expresión?

Hay algo que parece que no hemos aprendido. Cuanta más democracia existe, más autocensura se debe producir. No censura, sino autocensura. Porque si de verdad nos creemos que “el otro” tiene tanto valor y dignidad como uno mismo debemos respetarlo. Por tanto, no estaría permitido el deseo en voz alta de su muerte. Ser libre significa ser responsable. Es un principio ético.

Por otra parte, lo esencial de la democracia no está tan solo en defender a capa y espada lo que uno piensa, “caiga quien caiga”, sino en ser capaz de escuchar a los demás y procurar que sus ideas estén también sobre la mesa del diálogo. Y eso, cada vez parece más difícil de conseguir en una España polarizada, confrontada, donde uno solo defiende a los suyos e intenta, a toda costa, machacar a los otros.

Como atenuante, que no es menor, se dice que los jóvenes están padeciendo una crisis tras otra, que su futuro es incierto, que la inseguridad crece, que al sistema capitalista solo le faltaba sumarle los problemas graves del medioambiente y la pandemia que ahonda en la psicología social.

España, como el conjunto del mundo (que no es excusa sino la referencia estructural de la situación socio-económica), está ahogada en una desigualdad creciente, producto del capitalismo del siglo XXI. Ese sí es un verdadero problema.

Seguramente, encontramos en la mayoría de los manifestantes, que son pacíficos, esas causas y esas rabias agazapadas en su interior, y la “libertad de expresión” sea una válvula de escape aglutinadora y congregadora; una bandera sugerente y cargada de razones idealistas e históricas. Pero claramente distorsionada para el caso del rapero.

Sin embargo, los violentos, que se infiltran y ocultan entre ellos, no parecen tener ninguna de las razones mencionadas, más parece que el caso del rapero sea la excusa para divertirse con enfrentamientos contra la policía y algaradas violentas que no puedan ser justificadas bajo ninguna circunstancia.