Un mundo sin Occidente. Es el título de la edición de este año de la Conferencia de Múnich sobre seguridad internacional, el llamado Davos de la política exterior, lugar de reflexión y codificación de los mensajes sobre el estado del mundo. El invitado estelar ha sido el presidente francés, Emmanuel Macron, siempre dispuesto a acaparar titulares y celoso de atraer la atención con sus audaces opiniones y propuestas.

El momento era especialmente propicio (en realidad, siempre suele serlo), con los dos colosos planetarios atrapados en situaciones sensibles. En Estados Unidos, comienza una larga, bronca e incierta campaña electoral, sin una contestación clara de lado demócrata y un incumbent (o presidente en ejercicio) embravecido por la impunidad de sus turbios manejos políticos y el ánimo de revancha contra quienes se permiten cuestionarlo. En China, una epidemia de oscuro origen y dimensiones inquietantes amenaza con dificultar aún más un crecimiento económico que ya se venía resintiendo de la disputa comercial con los norteamericanos y de las propias debilidades estructurales del sistema.

Macron habló en Múnich en nombre de Francia, claro, pero también pretendió hacerlo, con el respeto que correspondía, en nombre de Europa. O, si se quiere, pensando en Europa, en la consolidación y avance de su proyecto de integración. A él le correspondió, en esta ocasión, marcar las diferencias con Estados Unidos con respecto al auge de China (1).

A Macron le rodea desde hace tiempo cierto aire de soledad. De incomprensión. O de molestia. No es un outsider, naturalmente. Es el presidente de Francia, el segundo país de Europa, en términos económicos. Los presidentes franceses de la Quinta República gustan de ejercer como depositarios de la esencia del proyecto europeo, como Carlomagnos modernos. Macron luce esa herencia con entusiasmo y dedicación, con el atropello de su juventud y la intensidad de su ambición.

En Múnich, el líder galo ha vuelto a predicar la necesidad de que Europa se ponga a la altura del desafío que afronta. Ha pedido a sus líderes, pero en especial a los alemanes, que demuestren ambición para relanzar “la aventura europea”. “No estoy frustrado sino impaciente”, dijo en la capital bávara (2). A Macron le gusta demostrar que él está unos pasos o unos metros, o quizás unos kilómetros por delante de otros líderes coetáneos, y eso a veces irrita. No se ha olvidado todavía su etiqueta de “muerte cerebral” con que diagnosticó a la OTAN el otoño pasado, con más acierto que oportunidad.

Macron tiene razón en mucho de lo que dice, pero genera desconfianza sobre sus intenciones. Como les pasaba a casi todos sus antecesores, proyectan fuera de Francia una ambición que se les complica en casa. El cuadragenario líder francés quiere que Europa no se jubile, que no se resigne a la irrelevancia. Que no sucumba por dejación ante ese nuevo mundo bipolar (G-2) que se dibuja entre Estados Unidos y China. No cuestiona el vínculo transatlántico, pero insiste en la necesidad de una alianza más europea, menos dependiente de Washington. Con mérito, porque Estados Unidos da señales constantes e inequívocas de que Europa ya no es su prioridad internacional. Y no solo por la desgracia de Trump. Ese debilitamiento del vínculo ya fue visible con Obama, con Bush Jr. e incluso con Clinton. No es una cuestión de liderazgo, sino de equilibrios inestables en un mundo en transformación.

En ese propósito de autonomía europea, Macron pretende contar con dos apoyos imprescindibles: Alemania y Rusia, las dos potencias continentales de los últimos dos siglos. Apoyos asimétricos, bien sûr.

Alemania es el socio preferente, axioma de la reconciliación tras las dos guerras del siglo XX y el estado de beligerancia permanente de la centuria anterior. El eje franco-alemán ha sido un factor incuestionable de la construcción europea en las últimas seis décadas. Ha resistido todos los incidentes de la guerra y la posguerra fría, del nonnato nuevo orden de los noventa y de la actual crisis del orden liberal. Oficialmente, esa relación no se cuestiona. Pero no es un secreto para nadie que el eje está en sus horas más bajas. En un reciente y espléndido trabajo, el corresponsal de LE MONDE en Berlín y su principal editorialista para temas internacionales han contado los entresijos del enfriamiento franco-alemán (3).

Macron y Merkel (M & M) no mezclan bien. Les separa la brecha generacional (42/65 años), el estilo (audacia vs. prudencia), sus reflejos políticos (ambición vs. cautela), y el timing de sus carreras (cúspide y declive). También sus referencias de origen (globalización y guerra fría) y sus designios de futuro (proyecto, para uno; legado, para otra). Comparten una cierta idea (amplia) de Europa, pero difieren del papel de los apoyos y de los colaboradores/rivales.

Macron quiere una Europa autónoma, amiga, pero no dependiente de Estados Unidos. Una combinación de De Gaulle y Lafayette. Merkel entiende los fundamentos del discurso de su amigo francés, ha admitido públicamente que Europa debe velar por su futuro más sola que antes, pero cree que el desapego norteamericano es remediable. La protección nuclear tiene mucho que ver con este desafine de percepciones. Por eso Macron ha ofrecido poner el arsenal atómico francés en la balanza de un debate general sobre la defensa europea.

Merkel se ha inhibido, pero no el Jefe del Estado, el casi decorativo Steinmeier, que acogió la oferta con calidez, junto con otra voces políticas (4).  La Canciller está de retirada y hasta sus fieles defensores empiezan a pensar que quizás no debería prolongar su despedida, para facilitar su sucesión tras el fiasco de Turingia y la eliminación de su elegida (5).

El otro colaborador necesario de la estrategia de Macron es Rusia, un tradicional aliado de Francia antes de los soviets. Hay una línea de continuidad en las relaciones París-Moscú, con los avatares históricos correspondientes. La Rusia postsoviética es mucho más conflictiva para Europa de lo que fue la URSS. Las reglas del juego están ahora menos claras. Pero en la ambigüedad surgen las oportunidades. Macron quiere recuperar a Rusia para Europa, por un conjunto de razones, y no es el menor el desafío de China (6). El presidente francés quiere evitar que Moscú sea el socio menor pero necesario de Pekín. Macron cree que Putin juega la carta preferente de Asia (versión propia del obamiano pivot to Asia) más por necesidad que por vocación, por necesidades tácticas y no tanto por designios estratégicos.

Merkel tiene una visión más pragmática o recelosa del Kremlin, como sufridora que fue del orden soviético en media Europa. Alemania hace negocios, incluso de primer orden, con Rusia (el gasoducto), pero desconfía de sus propósitos. Confianzas, las justas.

Macron ha tomado las riendas diplomáticas del conflicto de Ucrania, ha promocionado las reuniones formato Normandía, ha propiciado aproximaciones, con Merkel a su lado, pero con menos entusiasmo, sabedor de que sin resolver esa espina no habrá conciliación entre Rusia y Europa. Por lo demás, Macron no es ingenuo, y sabe que hay un Mordor por debajo de la piel de Putin, un espíritu de kagebista que obliga a extremar las precauciones.

En la ambición de Macron hay un aire de teatralidad que conecta con sus aficiones privadas. En su corte hay intrigantes que no comparten sus designios (un sector de la casta diplomática refractaria a los cambios), una clase política dominada por el reflejo de subsistir más que de innovar, una mayoría social que reclama otras prioridades. Macron está solo.

 

NOTAS

(1) “Les dessacords américano-européens évidents à Munich”. COURRIER INTERNATIONAL, 16 de febrero; “Americans urges Europe to join forces against China. But Europeans want to steak out an independent position between the two superpowers·. THE ECONOMIST, 16 de febrero.

(2) “Macron exhorte a les allemands à être ‘plus ambitieux pour relancer ‘l’aventure europénne’”. LE MONDE, 15 de febrero.

(3) “Entre Paris y Berlin, une entente sous tensions”. THOMAS WIEDER y SILVYE KAUFFMANN. LE MONDE, 13 de febrero.

(4) “L’Allemagn doit cesser de tergiverser sur la defense européenne”. MICHAEL THUMANN, DIE ZEIT, 14 de febrero.

(5) “Es geht um Deutschlands stabilität”, ECKART LOHSE. FRANKFURTER ALLGEMEINE ZEITUNG, 13 de febrero (Traducido por COURRIER INTERNATIONAL como “Et si Angela Merkel demmissionait?” ).

(6) “La champagne russe d’Emmanuel Macron”. PIOTR SMOLAR. LE MONDE, 14 de febrero.