Las elecciones del 21 de diciembre se aproximan en trascendencia a las del 14 de abril de 1931 y a las del 15 de junio de 1977. Habrá quien considere que decir esto es una exageración pero a poco que se piense, quizá no sea desmesurado equiparar la elección catalana a las dos más decisivas del siglo XX, aunque sólo afecten a una Comunidad Autónoma.

Sobre la base de los escaños obtenidos, las elecciones del 21 de febrero pueden dar el triunfo a los partidos secesionistas o a los partidos que se mueven en el ámbito constitucional. No hay terceras vías.

Si los partidos y candidaturas declaradamente independentistas (Junts per Catalunya, Esquerra y las CUP) obtienen más escaños, la confrontación con el Estado democrático se repetirá. No obstante el tema será muy diferente según qué candidatura gane en escaños, pues si el vencedor fuera Junts per Catalunya, los otros dos partidos, Esquerra y las CUP, aceptarían el liderazgo de Puigdemont y tratarían de elegirle Presidente de la Comunidad Autónoma. Pero si el partido independentista con más escaños fuera Esquerra emergería un conflicto con Puigdemont, pues probablemente el exPresidente intentaría invocar su legitimidad anterior para que Esquerra se sometiera.

Más allá de las personas, una mayoría de escaños independentistas nos situaría otra vez ante un nuevo intento de golpe de Estado. Cambiaría la estrategia, pero los independentistas no pararían y habría que mantener la tensión represiva desde el minuto cero, porque los secesionistas no creen que hayan perdido la guerra sino sólo una batalla.

Por el contrario, si ganara alguno de los partidos identificados con la Constitución (PP, PSC o Ciudadanos) y los otros dos tuvieran que darle el apoyo para elegir al Presidente de la Generalidad y formar Gobierno, las dificultades serían también muy elevadas, pues el PSC insiste en no apoyar a Arrimadas y el PP, por su parte, va a ser necesario para apoyar a un Gobierno a pesar de sus pocos escaños.

Entre esos dos bloques circula Catalunya En Comú–Podem. A mí no me cabe duda de que se trata de un partido independentista, pero vergonzante, que no se atreve a declarar sus verdaderos objetivos, que son que se produzca un cataclismo socio-político en Cataluña y en el resto de España, para acabar con el “régimen” del 78. Pero se sitúan en un aparente término medio. El riesgo es que quieren tender una trampa al PSC, se han inventado la teoría de la transversalidad y le ofrecen apoyo para formar Gobierno con Esquerra presididos por Iceta. Sería el final del PSC, pero el cortoplacismo es una enfermedad cuyos virus han penetrado en todos los partidos.

Habrá quien quiera engañarse y creer que todavía caben soluciones equidistantes, pero la realidad es la que es: o se forma un Gobierno independentista que reiniciará la vía a la República en el minuto cero, o se forma un Gobierno apoyado por los partidos no independentistas que empiece el trabajo de desmontar las estructuras independentistas y combata la ideología secesionista, que ha calado en las clases medias urbanas y en las clases populares rurales. Porque, vuelvo a decirlo, en Cataluña no hay vías intermedias, transversalidades ni equidistancias.