Las elecciones al Parlamento Vasco celebradas el 21 de abril han sido, ante todo, unas elecciones previsibles y carentes de todo dramatismo. Pero ello no resta interés a sus resultados y al modo en que se ha desarrollado la campaña electoral.

Antes de analizar los resultados conviene avanzar una reflexión sobre el cambio de candidato del PNV. Es sabido que el Lehendakari Íñigo Urkullu deseaba seguir presentándose a las elecciones como candidato de su partido a la Presidencia del Gobierno autonómico. Sin embargo, para su disgusto, su partido decidió sustituirlo por el joven Imanol Pradales. Una decisión de este tipo nos muestra la solidez del PNV como partido, sin ningún caudillismo, lo que es una rareza en España. No hay en España otro partido que se imponga, nada menos, a su Presidente del Gobierno. La dirección del PNV, el EBB, habrá acertado o se habrá equivocado sustituyendo a un Presidente del Gobierno sólido (aunque poco carismático), por un candidato de otra generación con el doble fin de atraer el voto juvenil y de presentar un candidato de la misma generación que el de EH Bildu. En todo caso, la decisión muestra la naturaleza del PNV, un partido donde el poder no está personalizado, sino que se ejerce de manera colectiva por una oligarquía interna. El País Vasco es el único lugar de España donde el Presidente del Gobierno no controla a su partido y es controlado por éste. Es así desde la legalización del PNV en 1977 y lo que explica la escisión de Carlos Garaicoechea de 1986, cuando su posición de Lehendakari no le sirvió para imponer a su partido su visión de la Ley de Territorios Históricos.

Tras esta primera reflexión inicial la siguiente es la volatilidad de la política vasca. El PNV en las elecciones de 2001 alcanzó el 49’7% de los votos y ahora sólo ha llegado al 35’2%. El Partido Socialista de Euskadi-EE logró el 25% de los votos en 2009 y hasta el Partido Popular alcanzó el 23´1% en 2001. El comportamiento electoral del País Vasco ha variado mucho y los partidos que han quedado en segundo plano (PSOE-EE y PP) no deberían darse por vencidos.

En segundo lugar, sin contradecir a lo primero, hay que señalar la solidez del nacionalismo en el País Vasco. Toda la prensa habla del Parlamento elegido como el más abertzale de la historia con 54 Diputados del PNV y de EH Bildu frente a 21 Diputados socialistas, populares, de Sumar y de Vox. Es decir, más de dos tercios de los elegidos son nacionalistas y si lo medimos en porcentaje de votos resulta que ambos partidos nacionalistas han recibido el 67% de los votos. Esta primera constatación nos indica dos cosas. Por un lado, como ocurre en Cataluña, un elevado porcentaje de ciudadanos vota opciones nacionalistas. Esa hegemonía nacionalista, guste o no, está asentada y no se debe demonizar como hacen las derechas. Ello explica, a nivel del Estado, la creciente ingobernabilidad de España porque los Diputados nacionalistas en el Congreso o no apoyan al Gobierno de la Nación o, cuando lo apoyan, lo hacen a un precio muy caro que es obligado pagar, aunque no guste. Esta realidad estasiológica siempre ha estado presente en la política española desde 1977, pero ahora está mucho más consolidada y augura muchas probabilidades de ingobernabilidad en España por mucho tiempo. Pero, como apuntábamos más arriba, la hegemonía nacionalista no se debe dar por definitiva y los partidos estatales deberían acomodar sus estrategias para debilitar la ideología nacionalista que impuso la burguesía y que compraron, no sin ingenuidad, algunas izquierdas.

La tercera reflexión es que, como escribió Luis R. Aizpeolea en El País, el electorado vasco ha percibido que EH Bildu no ha madurado lo suficiente para gobernar. Ya no es el error que cometió su candidato Pello Otxandiano a propósito de ETA. Es que todavía tiene que hacer un mayor esfuerzo para distanciarse del pasado etarra. Es previsible que lo haga, porque su política de distanciarse del viejo MVLN ha sido muy rentable (seis Diputados más), pero la inclinación del electorado joven hacia EH Bildu también nos enseña que es un electorado que tampoco se identifica con el modo de lucha de ETA (de la que probablemente ignoran casi todo). EH Bildu dará probablemente ese paso, acentuará aún más su programa social/nacionalista, pero paradójicamente su memoria histórica no atrae votantes jóvenes.

La cuarta reflexión es la relativa madurez de unos partidos nacionalistas que han aprendido la lección de Cataluña y han pasado a ofrecer al electorado cuestiones que afectan a su vida y no cuestiones identitarias. Ahí reside, probablemente, unos de los éxitos de EH Bildu y quizá estén ahí también los motivos del descenso del PNV, que muestra más carencias como partido que ha gobernado y no ha resuelto problemas graves de sanidad o de vivienda. Por eso el PSE-EE está en buena posición para presionar al PNV en el futuro Gobierno de coalición para seguir una política más social.

La quinta reflexión es la conveniencia del PSE-EE de redefinir su estrategia para salir en el futuro de la tercera posición. Quizá sea necesario un reforzamiento orgánico y un esfuerzo mayor de conexión con los electores jóvenes, pero el PSE–EE no debe dar por buena la tercera posición y fijar ya su estrategia para dentro de cuatro años.

En cualquier caso, como resumen, los resultados de las elecciones vascas comportan un reforzamiento de la gobernabilidad en el Estado. Por una parte, el PNV no puede “pedir la luna” por apoyar al Gobierno del Presidente Sánchez, pero, por otra parte, si no varía su línea estratégica, EH Bildu quizá se contente con seguir siendo factor de gobernabilidad en el Estado (como lo fue CiU) y no se distancie de los apoyos que está dando a ese Gobierno.