El PSOE ha dado una nueva oportunidad a Pedro Sánchez.

Al igual que a Felipe González al que, después de dos derrotas electorales en 1977 y 1979, le hizo nuevamente Secretario General, la militancia de su partido ha vuelto a elegir a Pedro Sánchez como su líder para intentar superar los dos malos resultados en las elecciones de 2015 y 2016.

En primer lugar hay que valorar el trabajo de Pedro Sánchez, y de su equipo, en las elecciones primarias. En el caso de Felipe González, cuando fue renovado en el cargo después de las dos derrotas electorales, el PSOE estaba ya compactado después de la convulsión del XXVIII Congreso y, además, eran las dos primeras elecciones que se celebraban cuando las derrotas no lo parecían tanto. Por otra parte, no había primarias ni, sobre todo, campaña para primarias. Ahora, después del episodio rupturista del Comité Federal del 1 de octubre, las ha habido y, en ese proceso, Pedro Sánchez ha sabido llegar a mas militantes que sus competidores, apelando a los sentimientos más sensibles de sus compañeros de partido: la confrontación con la derecha y la participación directa de los militantes en la toma de las decisiones más importantes que deba adoptar su partido. Cuánto más ha tratado de matizar, o de rehuir, su principal adversaria esos dos debates, más ha reforzado la posición de Pedro Sánchez en ambas cuestiones que, desde el principio, han sido santo y seña de su discurso.

Y la militancia ha elegido: a un parado frente a una presidenta de comunidad autónoma. A un damnificado por el «aparato» frente a una especialista en esa materia. A un personaje muy criticado por la mayoría de los grupos mediáticos frente a una mujer mejor tratada por los mismos. A un líder abandonado por la mayoría, casi la totalidad, de los barones del partido frente a unos adversarios apoyados por esos barones además de por casi todos los líderes históricos. A un perdedor frente a una autoproclamada vencedora. Quizás, a uno de los suyos porque, de alguna forma, les ha infundido más esperanza que los otros dos candidatos.

Ahora le queda al PSOE una tarea complicada para antes y para después del congreso a celebrar en junio. Lo más inmediato debe ser resetear los modos entre la militancia que lleva varios meses en sus respectivas barricadas. Sería aconsejable no solo una declaración solemne de que «la guerra ha terminado» sino algunos gestos muy significativos de que el próximo congreso no va a tener el formato del penúltimo Comité Federal.

Después, y pase lo que pase en ese congreso, ha de trasladarse a la opinión pública que el partido funciona como tal en todo el país. No es suficiente declarar que no va a haber represalias para los líderes regionales que no han apoyado al nuevo secretario general, sino que debe de visualizarse una sintonía suficiente entre esos líderes y la ejecutiva federal. Se juega el PSOE en este capítulo las partes, los gobiernos regionales que preside, y el todo, la posibilidad de remontar posiciones en las próximas elecciones generales.

Hay una asignatura pendiente que consiste en restablecer la disciplina de voto entre los cargos electos socialistas. La indisciplina de los ocho diputados en la investidura de Mariano Rajoy, todos ellos seguidores de Pedro Sánchez en las primarias, no es el mejor ejemplo para predicar esa necesaria disciplina. Aunque sí lo es la dimisión del propio Pedro Sánchez ante esa misma tesitura.

Luego vendrá el hacer olvidar a los electores de los próximos comicios todo lo que se han dicho unos y otros en las primarias. Deberán hacer olvidar tantas descalificaciones, sospechas, insultos y «memes» como se han dirigido en este proceso. Si no lo hicieran, habrían suministrado gratuitamente a sus adversarios políticos una munición política preciosa.

Y, todo ello, para volver a los momentos anteriores al Comité Federal del 1 de octubre de 2016. Todo lo demás, las soluciones que se espera de la socialdemocracia o las coordenadas del partido del PSOE XXI todavía quedan inéditos y pendientes de su aprobación por el próximo congreso del PSOE.

Hay un problema adicional para llevar a cabo ese proceso y es que el calendario lo va a manejar el actual Presidente de Gobierno con su capacidad de adelantar las elecciones y acortar, con ello, el proceso de recuperación del PSOE. Y eso puede pasar situando al grupo socialista en el Congreso ante la situación de graduar su presión sobre el Gobierno para evitar, o forzar, ese adelanto electoral. Precisamente, la prueba del «no es no».

Hay que esperar que el resultado de todo ello no se escriba en griego, italiano, francés o inglés.