Tomemos perspectiva. El estado moderno fue la respuesta a la necesidad de las nuevas élites económicas emergentes de un marco previsible de regulación del negocio, al mismo tiempo que el aparato administrativo y las fórmulas más o menos democráticas facilitaban una vía legítima de acceso, a la participación primero y al control después, del poder (Weber y Marx). En el frente de conflicto ideológico, las libertades y la noción de democracia fueron los valores enarbolados frente a las legitimaciones del poder tradicional. Con el paso del tiempo, la estrategia de la burguesía desbordó lo censitario y, poco a poco, se extendió como un derecho político al resto de la sociedad. Un proceso triunfante que, por un tiempo limitado y en Estados muy concretos, pareció alcanzar la culminación lógica del capitalismo: una sociedad de consumo en la que la mayoría se sienten burgueses porque todos quieren querer lo que creen que pueden tener, mientras cedían el poder a una élite política, en general estrechamente ligada a las élites económicas, a las que dejan hacer mientras el show must go on. Punto final a las ideologías y a la historia (Bell, Fukuyama).

Pero puedes parar la historia y encerrarla entre las dos tapas duras de un libro, pero no detener el tiempo y el cambio social. El Estado y su esqueleto burocrático es un armazón que se puede colorear de democracia o dictadura. Si miras el cuadro con la suficiente distancia, la historia del siglo XX en occidente se pintó a rayas según quienes y donde ganaban las guerras. Un código de barras ideológico marcando el precio de las libertades. En algunos lugares, como España, se pagaban muy caras hasta, que al parecer las ofrecieron en leasing.

Y colorín colorado hasta la globalización de las mercancías, la información, el dinero y las enfermedades revolucionaron el statu quo.  Las tecnologías volvían a marcar el ritmo (como ya pasó en el siglo XIX) y detrás, lengua fuera, los demás, sufriendo las viejas mañas de parte de las élites políticas sometidas al empoderamiento brutal del conglomerado de intereses económico-mediáticos-financieros, ahora internacionales, cuyos intereses han cambiado. El siglo XXI comenzó con mal pie globalizado y, después, todo ha sido un traspiés. Sin embargo, no toca perder de vista el hilo del proceso.

Que se escribieran titulares afirmando que la Unión Europea era un sistema fallido, que los Estados Unidos son un Estado fallido, que España es un Estado fallido, que Rusia y contornos son Estados fallidos…  Siendo Estado fallido un concepto fallido, puede sin embargo acertar en identificarnos las intenciones. Si el Estado es fallido, también lo es la democracia y, repentinamente, Occidente y África son lo mismo que igual. Puede haber Estados sin democracia, pero es difícil pensar una democracia que sobreviva a un Estado débil en este mundo tensionado. ¿Qué significa Estados Unidos primero, más que la fuerza del endogrupo puesta a centrifugar? ¿Qué es, en lo local, las falsas dicotomías entre españoles y catalanes o vascos? ¿flamencos y valones? ¿corsos y franceses? ¿ingleses y escoceses o galeses…?

Los nuevos poderes económicos emergentes internacionales parecen inclinarse por el modelo de Estado más frecuente en África. Sociedades etnificadas enfrentadas con un odio irracional, en un marco de Estado débil, incapaz de imponer una legitimación dominante. La democracia parece que ahora, en el siglo XXI, se ha convertido en un estorbo innecesario para los que están convencidos de que la soberanía popular es una aberración. ¿Cómo puede alguien imaginar que les parezca justo un igual peso e importancia en el voto y opinión de un empadronado en Núñez de Balboa al de uno de Lavapiés? Comprenden la utilidad de un Estado y unas elites políticas que les sirven y sirvan, pero que ahora se ha convertido en un obstáculo a sus intereses.

Si tomar el Estado arropados en las ideas de la democracia fue el objetivo de los poderes económicos del siglo XIX y XX, da la impresión de que ahora se trata de desandar el camino y domar la democracia arropados en el debilitamiento del Estado y de la política. ¿Puede Trump ganar sin contar votos? Solamente el hecho de que los poderes que le arropan lo crean así ya es una señal. El Estado legitimado democráticamente está en asedio. Al fin y al cabo, en el liberalismo la apología de la democracia solo oculta la mano invisible que acuna al poder. Cosa de magos y fotógrafos: mira el pajarito. Y millones de ciudadanos lo miran mientras sucede la magia que termina con la frase de sorpresa: la soberanía popular ¿Cómo ha desaparecido? Si estaba ahí la última vez que mire… Y otra vez con el “anda jaleo, jaleo”.

 

Fotografía: Carmen Barrios