En las investigaciones del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) se puede constatar una tendencia social que ha aparecido recurrentemente durante las dos últimas décadas; tendencia hacia una mayor participación de las mujeres en la vida pública, así como su progresivo empoderamiento, materializado en la mayor la asunción de puestos de trabajo de alta responsabilidad. En buena lógica, ello se debe a su incorporación paritaria en el sistema educativo y a sus buenos resultados (las tasas de graduación en todos los niveles educativos son superiores a las de los varones), que se ha traducido, a su vez, en que la tasa de actividad femenina haya pasado, en los últimos años, de un 46,31% en 2005, a un 52,93% en 2011 (aún seis puntos por debajo de la UE-27).

Muchas mujeres en nuestro país han ido tomado las riendas de sus vidas y haciéndose cada vez más autónomas e independientes. Sin embargo, persisten valores tradicionales, que conllevan una segmentación de los roles masculinos y femeninos en el ámbito familiar y en la vida pública. Según la Encuesta de Empleo del Tiempo 2009-2010 del INE, presentada el pasado 14 de julio, en su conjunto las mujeres dedican cada día dos horas y cuarto más que los varones a las tareas domésticas, a pesar de que en siete años se han recortado las diferencias en 41 minutos. La corresponsabilización es mayor cuando los hombres tienen jornadas más cortas, trabajan en el sector público, disponen de niveles educativos altos, tienen pocos hijos, y sus mujeres cuentan con una alta cualificación, trabajan y perciben ingresos elevados.

Podría pensarse que este modelo más igualitario de relaciones entre géneros está impuesto, en mayor grado, entre las nuevas generaciones de españoles, socializadas desde su nacimiento en valores de igualdad. Sin embargo, un reciente informe de la Federación de Mujeres Progresistas, hecho público el 25 de noviembre, en el que se recogen los datos de un total de 1.396 cuestionarios realizados entre los años 2009 y 2010 en institutos de secundaria en Madrid y Burgos, pone de manifestó que entre los jóvenes se reproducen bastantes ideas machistas respecto a lo que debe ser o no ser una relación amorosa, o a la asunción de roles dentro de la pareja. Así, el 80% de los entrevistados consideran que las chicas han de complacer a sus novios y más del 40% plantea que es función de los chicos protegerlas, en un contexto de fortalecimiento del “amor romántico”.

Estos datos reflejan que entre los más jóvenes persisten los estereotipos tradicionales de género. En particular, las cualidades que más se valoran de las chicas son la ternura (51%) y la comprensión (36,1%) y de. los chicos la valentía (32,55%) y la agresividad (51,35%) (aspecto especialmente preocupante). En esta línea, los jóvenes encuestados consideran que hay profesiones típicas de mujeres y de varones, y estiman, por ejemplo, que ellas son más adecuadas para ser peluqueras, maestras o enfermeras, mientras que ellos lo son para la conducción de camiones y la arquitectura.

Habría que hacer, pues, un ejercicio de autocrítica y reflexionar sobre las opiniones de estos jóvenes que, nacidos en la última década del siglo XX, reproducen valores propios de otros momentos históricos. ¿Qué interpretación cabe hacer, teniendo en cuenta que detrás de la posición simbólica de las mujeres versus varones en una determinada sociedad y tiempo existen factores económicos, culturales e ideológicos? Sin duda, que todavía queda mucho por hacer respecto a la igualdad entre géneros, y que los jóvenes reproducen muchos de los roles que asumen sus padres en el ámbito familiar. Incluso es posible que en tiempos de crisis y de falta de horizontes para las nuevas generaciones (46,5% de paro juvenil) resurja la agresividad como valor en alza, en el entorno de una sociedad percibida como darwinista y fuertemente competitiva. Una sociedad que algunos jóvenes ven como una “gran jungla”, donde aflora la dimensión más primaria de lucha por la “supervivencia” y de protección hacia los reputados más débiles, en este caso las mujeres. Mujeres que para los varones, además de ser también competidoras, se piensa que deberían asumir funciones expresivas, de apoyo emocional y de cierta sumisión a la figura sobredimensionada del varón defensor. A partir de algunos de estos datos, podría pensarse que poco ha cambiado nuestra sociedad o que podemos estar asistiendo a un proceso de involución cultural, ante el que sería preciso reaccionar y articular cuantas medidas sean necesarias para que el Artículo 14 de la Constitución española, que proclama el derecho a la igualdad y a la no discriminación por razón de sexo, se sustancie sin impedimentos, ni rémoras.