De mi militancia política y de mi pasada implicación en cargos públicos me llevo muchísimas cosas buenas, muchas experiencias, mucho aprendizaje, mucho debate, también muchos sinsabores (pero los menos). Me llevo mucho. Pero sobre todo, la enorme suerte de haber conocido a personas que, de otra forma, no hubiera tenido ocasión de conocer y de hablar con ellas, de entablar relación e incluso amistad.

Son personas inteligentes y comprometidas que se han convertido en parte de mi patrimonio personal, que me han ayudado a configurar mi pensamiento, y que hoy son parte de mi memoria y aprendizaje.

Todos los años lamentamos alguna pérdida que nos afecta. Cuando vuelvo la vista atrás recuerdo figuras como Carmen Chacón. Manuel Marín o Alfredo Pérez Rubalcaba.  Este año 2020 han fallecido dos hombres que fueron muy significativos en mis inicios políticos: Fernando Morán (que falleció en febrero) e Ignacio Sotelo (recientemente fallecido).

Ya comenté en un artículo en esta revista la significación que Fernando Morán tuvo para mí: tengo algunas novelas suyas dedicadas, asistió a la lectura de mi tesis doctoral, fuimos ambos candidatos municipales en 1999, y siempre tenía tiempo para tomar un café cuando yo iba por Madrid. Como ya comenté, he tenido la enorme suerte de conocerlo pero también puedo decir que fue mi amigo.

Ignacio Sotelo era sorprendente. Como un huracán. Envolvente y pasional. Le gustaba el debate y la polémica. Estar escuchándole era un aprendizaje continuo.

A ambos los conocí por mi afiliación al PSOE y a Izquierda Socialista. Eran unos personajes peculiares, que no tenían miedo de significarse en familias o corrientes del partido, si se sentían cómodos entre las personas que apreciaban. Por eso, pertenecían a todos y a nadie en particular.

Mi querido amigo Antonio García Santesmases, que los conoció bien a ambos, ha sabido hacerles unas semblanzas extraordinarias. Como bien dice, Ignacio era brillante, audaz, valiente y tenía ciertas cuestiones muy claras: como la alianza entre partido y sindicato, un proyecto diferenciado del PSOE frente a otras fuerzas de izquierda o la importancia de la memoria histórica.

Recordaba Antonio en un artículo que de Ignacio fue la afirmación “somos socialistas antes que marxistas” que fue la frase elegida por Felipe González en el 28 congreso, en un momento donde la mayoría de delegados querían ser marxistas y que Felipe fuera el secretario general al mismo tiempo. Y, aunque ayer no se viera igual, hay que reconocer que aquel paso fue decisivo para la modernización y posterior victoria del PSOE en 1982. Ignacio se incorporó como Secretario de Cultura de la Ejecutiva de Felipe González en 1979.

Pero a Fernando y a Ignacio les unía esa rebeldía intelectual que les hacía estar siempre un paso más allá del conformismo, a moverse inquietos en una organización política a la que eran tremendamente leales, pero que su propia personalidad les hacía ser permanentemente críticos, como lo eran también con ellos mismos.

Gracias a los compañeros de Izquierda Socialista que me dieron oportunidades en cargos orgánicos, gracias a los compañeros socialistas que me eligieron en distintos puestos de responsabilidad, y gracias, especialmente, a Antonio que me llevó a determinados debates “como un orgulloso hermano mayor”, he tenido la suerte de conocer de primera mano a dos personas con un profundo bagaje intelectual, apasionados por la política y la vida, inquietos culturalmente, y también amigos.

Hoy, que estamos sufriendo la pérdida de familiares y amigos a los que apenas podemos despedir por causa del coronavirus, creo que podemos entender como sociedad, mucho mejor, la necesidad de no perder el recuerdo ni las enseñanzas de los que nos tanto nos ayudaron, a veces siendo conscientes de ello, a veces sencillamente porque fueron como una luz en el camino.