LA REIVINDICACIÓN DEL ‘INDIO’: Así se autocalificaba Evo Morales en una entrevista con este comentarista, realizada para el programa EN PORTADA, de Televisión Española, en 2005, cuando todavía no era ni siquiera candidato. Era entonces parlamentario y líder del MAS (Movimiento al Socialismo), un bloque político articulado en torno a la convergencia de organizaciones populares de base. Sólo le acreditaba su experiencia movilizadora como líder sindical de los pequeños productores de coca. Para sus enemigos, era un peligro, un «tapado de Chávez», un «agente de las FARC», un peligro para la convivencia nacional, una vergüenza mundial teñida de coca. “Etiquetas, descalificaciones para que no gobierne el indio», respondía Evo Morales.

El «indio» consiguió armar una candidatura, pergeñar un programa y construir una mayoría social. Ganó las elecciones. Y gobernó. La élite social y política nunca aceptó de buen grado que un hombre como Evo Morales ocupara el Palacio Quemado. Ese lugar, sede de la presidencia boliviana, estaba reservada al criollo. Oligarca o intelectual, pero criollo. Es decir, a la minoría. Más que el palacio, los ‘quemados’ eran sus inquilinos: de los 83 presidentes anteriores a Morales, 36 duraron menos de un año, la mayoría depuestos por un golpe militar.

Los «indios» eran considerados incapaces. Literalmente. Hasta la revolución «nacionalista» de 1952, liderada en por Víctor Paz Estensoro (otro criollo), a los indios ni siquiera se les permitía entrar en el centro de La Paz, «porque estaban sucios», como recuerdan a los periodistas extranjeros que se interesan por la historia boliviana.

Hoy en día, Evo Morales ha conseguido encarnar la dignidad triunfante de esa mayoría indígena. Sin violencia, sin dictadura. La clave de este éxito reside en su habilidad para no dejarse atrapar en un discurso redentor. Contrariamente a Chávez, ha sido pragmático sin apartarse de sus objetivos de redistribución de recursos. Algunos datos son ilustrativos. El PIB se ha triplicado en estos años hasta alcanzar los 30.000 millones de dólares en 2013, según el poco sospechoso Banco Mundial. En similar proporción ha aumentado la renta per cápita (de 1.000 a 2.800 dólares) El crecimiento económico ha mantenido una media del 5% anual (el 6,8% el año pasado). La discutida nacionalización parcial del sector energético ha proporcionado al Estado el 80 por ciento de esos recursos naturales, frente al 20 por ciento en las etapas anteriores, lo que, en términos absolutos ha supuesto quintuplicar los ingresos por exportaciones (de dos mil a diez millones de dólares). Las reservas del país alcanzan los 15.000 millones de dólares, una cifra sin precedentes.

Con este considerable capital (económico y político), Evo Morales y su dupla asistente (el vicepresidente García Linares y el pragmático Ministro de Economía, Luis Alberto Arce), han sabido diseñar un ambicioso programa de redistribución, que presenta datos incontestables. Bolivia disfruta hoy de pleno empleo y los salarios más bajos se han elevado notablemente (un 20% sólo en el último año. La pobreza se ha reducido como en ningún otro país de la región latinoamericana: de un 60% a un 45% (datos de 2011); en el caso de la ‘pobreza extrema’, el descenso ha sido del 37 al 18,7 por ciento. El gasto público se ha triplicado para sostener unos programas sociales de amplio alcance, que han beneficiado a una tercera parte de la población. La UNESCO acredita que Bolivia ha superado el analfabetismo.

RETOS PENDIENTES

Los críticos -rivales políticos, empresa privada, medios dominados por capital extranjero- sostienen que este balance innegablemente positivo se ha debido en gran parte a una coyuntura económica favorable, impulsada por la demanda de materias primas, y también a las inversiones realizadas en los noventa, que arrojaron frutos en estos últimos años y, por tanto, no puede atribuirse a un mérito del actual presidente. Además, advierten de los problemas estructurales que Morales no ha resuelto y podrían provocar tensiones muy lesivas en poco tiempo (la llamada «trampa del crecimiento»).

Los escépticos con el ‘modelo comunitarista’ actual señalan que Bolivia sólo dispone de diez años de reservas energéticas y el Estado apenas invierte 400 millones de dólares en la exploración de nuevos yacimientos. Necesita, por tanto, capital extranjero para financiar nuevas exploraciones y el discurso antiimperialista de Evo Morales no pone fácil su obtención.

También denuncian los críticos instintos autoritarios del presidente. O su pretendido proyecto de perpetuarse en el poder, si la mayoría parlamentaria le permite cambiar la Constitución. De hecho, una interpretación polémica de las leyes le ha permitido acceder a este mandato por haber adelantado las elecciones en 2009.

Otro reproche habitual en los primeros años del Gobierno del ex-sindicalista cocalero era el peso de este producto en la economía nacional, debido a la defensa cultural y emocional que Evo exhibía sin rubor. Cuando el ex-sindicalista expulsó a las agencias norteamericanas del país, se pronosticó un incremento incontrolado de la producción de la hoja mágica. En cambio, la producción de coca se ha reducido en Bolivia en los dos últimos años, según la ONU, debido a los «esfuerzos del Gobierno por erradicar y racionalizar» el tamaño de las explotaciones, aunque también ha influido el agotamiento de la fertilidad de las tierras.

Aparte de las críticas de sectores conservadores o liberales, también se han producido tensiones en los movimientos populares. Las más ruidosas han sido las protestas sociales por el aumento del precio de los combustibles (2010) o por el impacto ecológico de nuevos proyectos industriales. Ante estos desafíos provenientes de su base social, Morales ha actuado con firmeza, pero también con flexibilidad, lo que ha desmentido algunos pronósticos de falta de estatura política.

En definitiva, Morales ha conjurado los augurios y ha conseguido imponerse ahora en todos los departamentos del este del país (excepto Beni), en esa zona denominada la «media luna» boliviana, que se resistió a su ascenso hace ocho años. De ahí que, para celebrar su triunfo este 12 de octubre (fecha emblemática para un combatiente anticolonialista), Evo proclamara que en Bolivia «hay luna llena».