Hay que empezar a frenar la locura en la que se está convirtiendo esta España nuestra.

Se convierte en un atentado político regalar un libro cuyo título es provocador (así lo es Albert Plá), pero que habla de la vida de un cantante. Se convierte en una amenaza llevar una prenda amarilla porque no se sabe bien si, subliminalmente, se está defendiendo el independentismo. Llevar una bandera de España a un partido de futbol es “algo político”. Y los ciudadanos calientan sus ánimos: unos colgando lazos amarillos y otros quitándolos.

¿Hasta dónde hemos llegado?

Cualquier acción se convierte en sospechosa. Hay que justificar y dar razones de lo mucho que se ama España o de cuán independentista eres. Nos estamos moviendo, como bien ha dicho Manuel Jabois, entre la ignorancia y el patriotismo desbocado. Nada se mueve en parámetros normales. Las relaciones con Cataluña se han convertido en un campo minado, lleno de patriotas, da igual de qué nación, dispuestos a juzgar cual Inquisición política y moral, llenos de recelos y sospechas, pero sin ninguna actitud hacia la racionalidad, el entendimiento, la comprensión y tender puentes.

Por supuesto, nada ayuda la actitud de los políticos del PP y Ciudadanos por un lado, agitando banderas españolas y tachando de antipatriotas a todo aquel que mira con estupor cómo se han enturbiado de forma tan estúpida unas relaciones humanas y sociales. Y, por otra parte, siguen incendiando los ánimos un independentismo absurdo que está abocando a Catalunya a convertirse en un territorio “peligroso” y de difícil convivencia. Mucho nos pensamos ir de turismo o de negocios a esa Comunidad que antes era líder y vanguardia.

Para no meterse en líos, hay que levantar las manos en señal de rendición y disculparse alegando que “no hacemos política”. Porque la derecha ha conseguido convertir lo “político” en un acto negativo, sucio, deshonesto, …

¿Por qué ya no se puede hacer política sin que uno sea descalificado? Seguramente porque así es más fácil controlar a la ciudadanía, convertirla en masa, eliminar su criterio y su conciencia crítica, deseducarla, desanimarla, desmovilizarla, desapegarla de la vida política y de los problemas comunes, y, sobre todo, dirigirla hacia donde resulte más manipulable.

Y así estamos convirtiendo este país nuestro en un lugar que se mueve entre la ignorancia de no saber ni siquiera de qué hablamos ni qué defendemos, y la falta de voluntad de solucionar nuestros problemas de forma pacífica y racional.

Decía Tierno Galván, en recuerdo de su centenario, “Es difícil ser bueno y fuerte a la vez. Y, por lo común, cuanto más fuerte se es menos razón se tiene«. Pues efectivamente, vamos a ver quién acumula más testosterona en este conflicto entre “patriotas”. Así nunca se ha solucionado nada, la fuerza no es buena consejera, pero es capaz de destrozarlo todo.

La ignorancia ha conseguido enturbiar el magnífico Día del Libro.