Los españoles tenemos mala suerte. Nos han tocado unas derechas que no nos merecemos. Trataré, en los párrafos que siguen, de argumentar esta afirmación.

Históricamente hablando, los partidos conservadores o de derechas han representado a las clases más pudientes, y los partidos de izquierdas, a las clases más populares. Así ha sido desde la revolución francesa, que es también la que introdujo la terminología izquierda-derecha, atendiendo al lugar de la Asamblea donde se sentaban los respectivos diputados. En estricta lógica, uno puede esperar que cada partido defienda aquellos postulados que más benefician a su clase. En términos modernos, es esperable pues que los partidos de derechas quieran tener bajos impuestos y, como consecuencia, servicios públicos más limitados y peor financiados. También, que apuesten más por la enseñanza y la sanidad privadas, porque cada cual se haga su plan privado de pensiones y porque las pensiones públicas sean pequeñas y tengan un carácter asistencial. En definitiva, por un Estado disminuido a la mínima expresión y que deje la máxima libertad a los individuos. En las relaciones laborales, sería lógico que apostaran por la máxima desregulación, por liquidar los convenios provinciales y sectoriales y por mantener un salario mínimo exiguo.

La democracia sería el campo de juego donde esta visión de derechas de la sociedad se confrontaría con la visión de izquierdas, que pretendería justamente lo contrario. Sin embargo, hay una serie de aspectos sociales que no tienen en principio que ver con los intereses de las respectivas clases y que deberían ser transversales a la confrontación izquierda-derecha. De hecho, en algunos países lo son, y no suelen generar controversia al haber grandes consensos en torno a ellos. En nuestro país, en cambio, son causa de confrontaciones a veces más virulentas que las ocasionadas por los aspectos propiamente de clase. Me detendré en algunos de ellos, excluyendo provisionalmente de las derechas a Ciudadanos, por tratarse de un partido que está actualmente en refundación y no sabemos todavía si seguirá con sus dirigentes actuales, que le han conducido casi a la extinción, o si cambiará su rumbo hacia un partido distinguible de las otras dos derechas.

El primer aspecto es la religión. En países como Francia o Suecia, la religión es una creencia privada de los individuos y el Estado es neutral con respecto a todas ellas. Ni las financia, ni las persigue. En España, nuestras derechas defienden que la religión católica (por supuesto, ninguna otra) sea de obligada oferta en la escuela pública, esté dentro del horario escolar y su evaluación cuente en el expediente académico. También, que el Estado financie de diversas formas a esta religión: exención del IBI, profesores a cargo del Estado, recursos vía impuestos, etc. Además, han sido portavoces de la moral católica en materias como el aborto, el divorcio, la homosexualidad, y la eutanasia. Se han opuesto con todas sus fuerzas a cualquiera de los avances sociales habidos en estas materias, si bien después no se han atrevido a derogarlos cuando han gobernado.

El segundo aspecto es la ciencia. Las derechas del Reino Unido, Alemania, Estados Unidos, Japón y, en general, los países desarrollados, siempre han tenido muy claro que la inversión en ciencia es fuente de bienestar y también de liderazgo a largo plazo. Tanto en tiempos de paz, y mucho más en tiempos de guerra, han apostado por una inversión en I+D cuantiosa y sostenida en el tiempo. Nuestras derechas, en cambio, (y hasta hace no mucho, también las izquierdas) han sido absolutamente miopes en este asunto. En tiempos de Aznar, apenas superábamos el 0,6% del PIB en inversión, y cuando llegó la crisis en 2008, Rajoy disminuyó los presupuestos en I+D muy por debajo de los recortes que sufrieron el resto de las administraciones.

El último y más reciente aspecto es la lucha para afrontar la emergencia climática. Las derechas españolas (en este caso, también la estadounidense) se han apuntado al negacionismo. Desde el primo Catedrático en Físicas de Rajoy (aquel que afirmaba que, si no era posible saber la meteorología del día siguiente, mucho menos se sabría la de al cabo de muchos años), hasta la señora Ayuso en Madrid negando que la contaminación mata, o el señor Almeida oponiéndose a la zona Madrid Central de bajas emisiones, numerosos líderes del Partido Popular han expresado abundantes dudas sobre la certeza, que es científica, de que el exceso de COen la atmósfera está cambiando el clima del planeta. En consecuencia, se oponen a las políticas dirigidas a combatir dicho cambio. Nuestros conservadores se separan así de otros conservadores europeos que, como la señora Von der Leyen, Presidenta de la Comisión Europea, están totalmente comprometidos con la lucha contra la emergencia climática.

Puestos a romper los consensos básicos, nuestras derechas también rompen los mínimos consensos que hacen posible la convivencia en democracia. Cuando pierden las elecciones, como es el caso actualmente, se comportan como adolescentes enrabietados y adoptan unas formas impropias de partidos que se dicen democráticos. Utilizan el insulto y la mentira para descalificar al adversario, no tienen empacho en hacer oposición con asuntos de estado como la política exterior, el terrorismo, o el desafío de los independentistas catalanes. Y se niegan a renovar los órganos que requieren mayorías cualificadas como es el caso del Consejo del Poder Judicial o del gobierno de RTVE.

El panorama es, pues, desolador. Nuestras derechas son miopes en materia de ciencia, ignorantes en desafíos como el climático, atrasadas en temas de moral, y escasamente respetuosas con las reglas democráticas. Y para su vergüenza, no se trata de un problema de sus votantes, sino fundamentalmente de sus dirigentes políticos. A diferencia de otras sociedades como la húngara o la polaca, la española es una sociedad avanzada en temas de moral, tolerante con los que piensan distinto y bastante bien informada en temas como la emergencia climática o la importancia de la inversión en ciencia.

Las razones de estas carencias son complejas y seguramente tienen que ver con nuestra historia pasada, con la secuencia de dictaduras y pronunciamientos de los siglos XIX y XX, con las guerras civiles de esos dos siglos y con el atraso científico de toda nuestra edad moderna. Pero nos hallamos ya en el siglo XXI y llevamos más de cuarenta años de democracia. Tal vez sería el momento de que nuestras derechas se pusieran al día y empezaran a parecerse más a otras derechas europeas más evolucionadas y, sobre todo, empezaran a parecerse mucho más al país que dicen querer gobernar.