Empezamos el 2018 con la misma sensación social y política con la que terminamos el pasado año.

Los problemas siguen siendo los mismos: la desigualdad social en España es una constante que parece haber venido para quedarse, puesto que no existen recetas por parte del gobierno de Rajoy para acatarla; sencillamente, el gobierno del PP sigue mostrando euforia ante una recuperación económica que no llega a los castigados por la crisis.

Asimismo, se ha repetido, casi de forma unánime (salvo el País Vasco), los discursos reivindicativos por parte de los presidentes autonómicos ante una financiación que disgusta a todos. Unos más y otros menos, pero el indicador político señala que estamos ante un modelo que necesita revisarse de nuevo.

El empleo de los jóvenes sigue siendo precario y mal pagado, sin posibilidades de un proyecto de vida, y con el desánimo a cuestas pensando más en emigrar que en echar raíces en España.

La ciencia ya no está ni siquiera estancada, sino en presupuestos tan mínimos que resultan irrisorios. A estas alturas del gobierno de Rajoy ya queda claro que la ciencia no es una prioridad, no es una salida a la crisis actual, no existe en los presupuestos del Estado.

La violencia de género sigue machacando de forma brutal y dramática los cimientos de la sociedad española. ¿Leyes, presupuestos, educación, cultura? Socialmente, la ciudadanía española ha cambiado sustancialmente ante las agresiones y asesinatos de violencia de género, pero aún así, se suceden de forma desesperante.

Y Cataluña sigue estando ahí. Se ha convertido en la pesadilla de todos los españoles, catalanes o no, quieran serlo o no.

No hay motivos para la alegría ni la satisfacción por parte de ningún partido (ni siquiera el ganador Ciudadanos) ante los resultados de las elecciones del 21 de diciembre, porque no se ha dado ningún paso hacia adelante, no se vislumbra solución política en marcha.

Solo sabemos que Cataluña está dividida al 50%. Ya no hay voto oculto ni mayorías silenciosas. Todo el mundo ha salido a votar. Y la votación ha reflejado exactamente lo mismo que en las anteriores elecciones.

Las lecturas de buscar unos puntos más o menos, o un descenso de algunos votos de un bloque frente al otro, caen en el ridículo.

Lo cierto es que ninguno de los dos votos puede gobernar con claridad. Los constitucionalistas no pueden hacerlo porque no tienen escaños suficientes pese a tener unos votos más.

Los independentistas sí pueden gobernar aunque no tengan la mayoría social a su favor, pero cuentan con la justicia en su contra, con un presidente fuera de España, con un vicepresidente todavía en la cárcel, y sin tener la legitimidad ni política ni moral para imponer el camino unilateral. Es cierto que su debilidad es mayor: la división de los partidos y la caída electoral de la CUP indican que, aún para los independentistas, todo no vale.

Las declaraciones de Rajoy no han sido nada alentadoras. Parece seguir sin ver cuál es el problema. Y si no lo ve, no hay posibilidad de solución política.

Sigue actuando como hace con todo: mirar hacia otro lado y esperar a que escampe. Pero la situación catalana no es como “unos hilillos de plastilina”, como hubiera dicho Rajoy en otra ocasión, esperando a que el problema se disolviera con el tiempo, con la ayuda de los voluntarios, con la concienciación social, con las movilizaciones ciudadanas, mientras él se fumaba un puro.

Seguir haciendo lo mismo que hasta ahora ya se ha demostrado que no conduce a apaciguar el problema y buscar una solución política.

No hacer nada, como le gustaría a Rajoy, tampoco sirve en esta ocasión, porque otros sí que siguen haciendo y agitando banderas y nacionalismos.

La sociedad catalana sigue polarizada, dividida, y más debilitada, porque esta ruptura social y política está haciendo mella en una Comunidad que ha sido esencial en el conjunto de España, con una capital Barcelona, que ha sido, para muchos españoles, un gran orgullo y hoy la vemos naufragar.