Para los independentistas, el referéndum pactado es el plan subsidiario de la Declaración Unilateral de Independencia. Desde que gobernaba Artur Mas los independentistas han oscilado entre la Declaración Unilateral de Independencia y el referéndum pactado, según hubiera más prisas, más presiones de las CUP o se viera más débil al Estado (véase Javier García Fernández: “El renacer del referéndum”, El País, 27 de mayo de 2016). En todo caso, ese referéndum pactado es una de las vías que los secesionistas aspiran a recorrer para llegar a la independencia, la vía subsidiaria.

Según informó La Vanguardia el 7 de noviembre pasado, ciento setenta personalidades catalanas de la política, del sindicalismo y de la cultura han formado un manifiesto pidiendo que los programas electorales de los partidos catalanes contengan la petición de un referéndum (adicionalmente, piden la libertad de los golpistas encarcelados y el final de la aplicación del artículo 155 de la Constitución). En el manifiesto predominan antiguos socialistas y antiguos comunistas que, en el fondo, ya no pueden disimular su independentismo aunque tampoco faltan independentistas declarados. No hemos logrado encontrar el texto completo del manifiesto pero en la web de La Vanguardia sí aparece la relación de los firmantes.  El perfil de los firmantes es muy homogéneo, a saber, sesentayochistas nostálgicos que, tras una vida profesional que no ha hecho ascos al establishment (con constantes colaboraciones a los Gobiernos socialistas de Barcelona y de Madrid y también, en algunos casos, a los Gobiernos de CiU) descubren, en la jubilación o en su proximidad, que la soñada revolución que movía sus pasos cuando tenían veinte años puede al fin advenir. Y la tierra (al menos la catalana) será un paraíso sin clases enfrentadas, con perros atados con fuet marca Terradellas o con salchichón de Vic, y donde no habrá ya clases dominantes ni explotación del hombre por el hombre. Entre los firmantes del manifiesto encontramos los que esperan ver la revolución a la vejez viruelas, los que actúan directamente conforme a los intereses de la oligarquía catalana y un tertium genus que combina ambas cualidades. Dejo al lector el divertido trabajo de leer la lista de los abajo firmantes y clasificarlos en una de las tres categorías (además, hay una variante no catalana de la especie a extinguir de los revolucionarios talludos que se ha abrazado a Podemos para participar en la revolución en la que soñaron a los veinte años pero de eso hablaremos otro día).

En realidad, aunque no quieran verlo, es el manifiesto de las clases dominantes catalanas, de la oligarquía que ha permitido que Jordi Pujol se hiciera con un patrimonio en Andorra (como la mayoría de las clases medias catalanas, muy solidarias con el Estado). En realidad, los firmantes son los amanuenses de las cien familias… pero con una falsa imagen de izquierdas. Y hago este duro reproche, porque es difícil pensar que a los abajo firmantes les preocupe la calidad de la democracia en Cataluña país pues han tenido ocasiones para lanzar manifiestos. Podrían haber redactado un manifiesto para protestar por el rodillo parlamentario de los días 7 y 8 de septiembre. Podrían haber protestado por el referéndum del 1 de octubre, por no ser pactado. También `podían haber lanzado un manifiesto contra la decisión de dar por validos los resultados del 1 de octubre, plagados de trampas e irregularidades. Podrían, en fin, haber lanzado un manifiesto contra la declaración unilateral de independencia que vulnera todo el ordenamiento del Estado democrático. Siempre han callado, con un regocijado silencio y cuando fracasa la independencia unilateral y los delincuentes que la han proclamado están en prisión o se han figado se acuerdan del referéndum pactado. Muy sospechoso para que podamos tomarlos en serio.

Porque insistir en el referéndum “pactado” es y ha sido siempre la vía amable del independentismo, la vía que invoca un procedimiento democrático que no han practicado desde 2012. Dos razones, una táctica y otra estratégica, se pueden desplegar para rechazar con rotundidad un referéndum pactado sobre la independencia de Cataluña. En primer lugar, en Cataluña no se puede hacer un referéndum porque casi cuarenta años de Gobiernos de CiU y de la fracción más nacionalista del PSC (como se ve en tanto firmante que ha dirigido Consejerías y ha ostentado altos cargos con Maragall y Montilla) ha penetrado hasta la médula en lo que algunos de estos firmantes, de jóvenes, habrían llamado “aparatos ideológicos del Estado” (ex Althusser), de modo que el independentismo ha creado una falsa conciencia que predomina en la enseñanza, en los medios de comunicación y también, siguiendo la expresión marxista, en los aparatos represivos del Estado (Mozos de Escuadra y Policía municipal). Cataluña, aun después de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, no es un país donde el ciudadano pueda decidir con libertad, pues la opinión pública está conformada por los poderosos instrumentos independentistas. Habrá de pasar mucho tiempo para arrinconar la hegemonía independentista que no es mayoritaria pero lo parece.

En segundo lugar, ya desde una perspectiva estratégica, hay que señalar que admitir un referéndum sobre la independencia de Cataluña comporta atribuir a una parte reducida de los españoles la decisión sobre el destino de toda España, porque España sin Cataluña ya no sería España. El referéndum, cuando afecta a la esencia del Estado, es un instrumento poco democrático que sustituye al Poder Constituyente por una decisión basta, que se impone por azar.

Por mucho que los secuaces de las cien familias sigan cantando milongas referendarias, no convencerán a las clases mayoritarias, las que siempre se han alejado de unas elecciones con las que no se identificaban.