El primer ministro israelí desoja la margarita de la anexión de la ribera occidental del Jordán, una de las decisiones más arriesgadas de su dilatada carrera política. Desde primeros de mes se espera esta medida, que podría encender de nuevo los territorios palestinos, provocar una discordia diplomática y alterar en cierto modo los acuerdos regionales vigentes.

Netanyahu sólo necesita la luz verde de la Administración norteamericana, cómplice más que nunca de las ambiciones territoriales de la derecha israelí. Con el Plan Kushner, la administración Trump dejó por escrito y en detalle su alineamiento completo con las tesis de los sectores más radicales del sionismo conservador. El proyecto del yernísimo avala la apropiación de parte los territorios conquistados en 1967 y respalda la conculcación de la legalidad internacional. El valle occidental del Jordán constituye un 30% de Cisjordania (West Bank, en el lenguaje internacional) y su franja más fértil y útil. En esta porción de tierra están enclavadas 130 colonias judías, ilegales por encontrarse en territorio ocupado.

La anexión figura en el acuerdo de gobierno suscrito por el Likud, el partido que lidera Netanyahu, y la coalición Kajol Lavan, pilotada por exgenerales, que pretendía ser una alternativa centrista. Después de tres elecciones sin que ambas formaciones consiguieran mayoría para gobernar, las dos fuerzas se vieron abocadas a una gran coalición. El acuerdo recuperó una fórmula clásica de la política israelí: la alternancia del puesto de primer ministro entre los líderes de ambos bloques. Netanyahu, líder del partido con más escaños, dirigirá el gobierno dos años y luego le sucederá Benny Gantz. Este exgeneral, de ideología indefinida, más pragmático que militante, no es un fanático de la anexión, pero tampoco se opone. Le preocupa, como a muchos conciudadanos, las consecuencias de todo tipo que ese paso pueda representar para Israel, naturalmente. Los derechos o la suerte de los palestinos le traen sin cuidado. O no más que a Netanyahu.

IRRITACIÓN JORDANA, RECHAZO EUROPEO

La anexión está cargada de riesgos. Jordania ha lanzado veladas advertencias en las ultimas semanas (y meses), sin descartar la ruptura de los acuerdos de paz con Israel, suscritos en 1994, cuando reinaba Hussein, padre del monarca actual. El rey Abdallah ha manifestado claramente su preocupación. En Washington se atiende siempre al soberano hachemí, uno de los aliados árabes más apreciados. Incluso la actual administración, irrespetuosa con las alianzas tradicionales de Estados Unidos, valora especialmente la amistad jordana, que se considera clave para canalizar o al menos embridar el creciente descontento palestino.

Las petromonarquías, que han abonado la vanidad de Trump para asegurarse la política de “máxima presión” contra Irán, recelan. El propio Netanyahu ha cultivado una diplomacia discreta con las familias reales del Golfo, esgrimiendo la hostilidad compartida hacia el régimen de los ayatollahs. La anexión del valle del Jordán condenaría una auténtica solución de paz, pondría el último clavo en el ataúd donde se pudren los acuerdos de Oslo y haría imposible un estado palestino viable. No es que los saudíes y sus pares del Golfo tengan especial aprecio por los palestinos, pero su imagen entre las masas árabes se resentiría más.

La Unión Europea se ha sumado al rechazo e incluso ha dejado entender que podría considerar sanciones contra Israel. Pero en Bruselas y en las capitales europeas se trata este asunto como suma cautela. No se puede avalar la anexión, pero habría problemas para una posición común. Israel suele atizar la mala conciencia europea por el Holocausto y trabaja con empeño para diluir la presión diplomática y económica europea. Con el envenenamiento de las relaciones trasatlánticas, lo tiene más fácil que nunca.

Los analistas y componentes del entramado diplomático, académico y mediático de los Estados Unidos alineados con más de medio siglo de política norteamericana en la región, tanto con administraciones republicanas como demócratas, se muestran claramente en contra de la anexión, también en este caso no por simpatía con los derechos palestinos, sino por el riesgo que supone para la seguridad de Israel y para la estabilidad de un sistema regional de alianzas ya sometido a fuerte tensión por las guerras locales que siguieron a la primavera árabe. Una figura tan poco sospechosa como Robert Satloff, director del Instituto para el Cercano y Medio Oriente, radicado en Washington, decía recientemente que un sionista convencido como él ni compartía ni entendía la anexión (1).

UNA MEDIDA “INNECESARIA”

Veteranos negociadores del conflicto israelo-palestino abundan en esta opinión y recomiendan que la Administración Trump se desmarque de un proyecto que sólo defiende con pasión el sector más radical de la derecha israelí. Dennis Ross, distinguido diplomático y servidor en los mandatos de Clinton y Obama considera que el astuto primer ministro no está sopesando bien ventajas e inconvenientes, entre ellos lo que haría un presidente americano distinto (2), aunque es más que probable que Biden aceptara el hecho consumado.

David Makovsky ha analizado las distintas opciones que el gobierno israelí puede barajar para hacer efectiva la anexión y en todas ellas descubre inconvenientes e incógnitas de importancia que desaconsejan la medida (3).Aaron David Miller, otro sherpa ilustre de viejas batallas, cree que para Netanyahu la anexión no es una opción estratégica, sino una baza política oportunista que le permite mantener la fidelidad de un electorado radicalizado (4); de ahí que seguramente dilate primero y diluya después la entrada en vigor del plan.

En realidad, y para decirlo crudamente, Israel no necesita la anexión. Ni por seguridad ni por razones económicas. El valle del Jordán se corresponde con la zona C de los acuerdos de Oslo, que se encuentra ya bajo el control de las fuerzas de seguridad israelí. Las colonias que se extienden por la ribera están fuertemente protegidas. De facto, Israel ejerce su soberanía práctica sobre ese territorio. La anexión tiene una carga ideológica o sentimental o incluso simbólica: significaría la integración jurídica de Judea y Samaria (denominación bíblica de parte de estos territorios) en el estado sionista.

Trump, atrapado en el coronavirus y en unas elecciones que se le complican a ojos vistas, ha dejado en manos de su yerno la gestión de este espinoso asunto, con la ayuda del Secretario de Estado, Mike Pompeo, muy cercano a los sectores evangelistas, que son fervientes partidarios de la anexión y de las políticas israelíes más radicales.

Los palestinos, desmovilizados, con un gobierno en crisis y un liderazgo envejecido y dividido tratan de sacar pecho. Fatah y Hamas escenifican ahora una nueva promesa de unidad y reconciliación de dudosa credibilidad, a tenor de las frustrantes experiencias del pasado (5). La población contempla la anexión con escepticismo, ya que muchos creen que su vida no cambiará demasiado, aunque no deja de asustarles el futuro (6). Sin embargo, la ONG Breaking the silence (Romper el silencio) y otros grupos de izquierda alertan sobre la inevitable instauración de un régimen de apartheid, al estilo de la vieja Suráfrica: los casi tres millones de palestinos no gozarán de los mismos derechos de ciudadanía que los israelíes (7). Una tendencia que conecta con los proyectos de convertir Israel en un estado judío.

 

NOTAS

(1) “I’m an ardent Zionist. But Israel’s annexation makes no sense”. ROBERT SATLOFF. THE WASHINGTON POST, 25 de junio.

(2) “Netanyahu sees a historic moment in annexation. But he might not seeing the risks”. DAVID ROSS. THE WASHINGTON POST, 5 de junio.

(3) “Mapping West Bank annexation: territorial and political uncertainties”. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON INSTITUTE, 15 de junio; Annexing West Bank territories was once a taboo for Israel. No longer. DAVID MAKOVSKY. THE WASHINGTON POST, 8 de junio.

(4) “To annex or not to annex: What will Israeli prime minister Benjamin Netanyahu do next?”. AARON DAVID MILLER. BROOKINGS INSTITUTION, 5 de mayo.

(5) “Les projects israéliens d’annexion en Cisjordanie rapprochent le Hamas y le Fatah”. LE MONDE, 5 de julio.

(6) “How palestinians are preparing for annexation”. BEN WHITE. AL JAZEERA, 25 de junio.

(7) “Ce qui signifierait l’annexion par Israël d’une partie de la Cisjordanie”. STEPHANIE KHOURI. L’ORIENT-LE JOUR, 30 de junio.