El 20 de junio, se celebró el Día Mundial del Refugiado. Un día, donde según Naciones Unidas, se pretende, por una parte, que los ciudadanos de todo el mundo piensen en quiénes han tenido que huir de sus casas. Y por otra, se conmemore el valor de quiénes luchan por salir adelante.

Con motivo de este día, a nivel mundial se organizan muchos actos y eventos para dar a conocer y recordar que la humanidad se encuentra ante la mayor tragedia por desplazamiento forzoso de la población desde la II Guerra Mundial. Se dice pronto, pero te sacude el alma pensar que 65,6 millones de personas han tenido que huir. Y que el 51 por ciento de los refugiados son niños.

Tras las cifras, siempre hay personas. Pero la pregunta que me hago cada vez más, es si realmente tenemos, tanto social como individualmente, empatía con tantos millones de seres humanos que sufren y mueren. ¿Nos importa lo que les ocurre algo más de un rato cuando lo vemos por televisión y en internet? ¿Nos preocupamos por saber quieres son? ¿Somos conscientes que todas esas personas necesitan nuestra ayuda? ¿Estamos dispuestos y preparados para auxiliarles de verdad?

Quiero creer que sí, y que cada vez más personas e instituciones se están concienciando para que sus gobiernos cumplan sus compromisos con los refugiados y con esta tragedia. Pero, va todo tan lento, mientras cada tres segundos una nueva persona se ve forzada a abandonar su casa, que para muchos refugiados las soluciones llegarán tarde porque estarán muertos.

El ser social determina la conciencia. De este modo, si buscamos el impacto del Día Mundial del Refugiado en internet, aparecerán aproximadamente 3.110.000 de resultados. Pueden ser muchos, pero si ponemos en el buscador Cristiano Ronaldo, salen aproximadamente 120.000.000 millones de resultados; con Lionel Messi, nos encontramos 31.100.000 millones de resultados; y si escribimos super lujo, hay 9.060.000 millones de resultados.

¿Qué quiere decir esto? Que somos buenos, que somos malos. No lo sé. Pero lo que es evidente, es que cada vez más la dualidad social hace que los ciudadanos vivan en mundos paralelos donde rara vez unos se tocan a los otros.

Los 65,6 millones de refugiados son víctimas de guerras, de persecuciones, de violaciones, de abusos que les llevan a huir sin nada y perdiendo no solo lo material sino en muchas ocasiones a sus familiares e hijos ¿De verdad creemos que esos pesares están tan lejos de nosotros que nunca nos afectarán? ¿Hemos olvidado nuestro siglo XX son dos Guerras Mundiales en Europa?

Estamos en verano y mientras muchos europeos ven en el mar Mediterraneo un lugar idílico de vacaciones, millones de personas a escasos kilómetros, más cerca de lo que nos creemos, ven en cruzar sus aguas su única posibilidad de libertad, paz y bienestar. Un sueño que ha convertido sus aguas en el mayor cementerio de Europa, con más de 5.000 muertos, que se conozcan, durante 2016. Un 25 por ciento más que en 2015, cuando fallecieron intentando cruzarlo 3.771 inmigrantes.

Hay que atender a los seres humanos que son refugiados, porque antes que refugiados son seres humanos. Su número, cada vez mayor, hace urgente un compromiso continuo a nivel individual, institucional, social y empresarial.

Todo ayuda. Como señala Unicef: Con 12€ al mes durante un año, se puede vacunar a 223 niños contra el sarampión, enfermedad mortal en muchos de estos países. Con 20€ al mes durante un año, se puede proporcionar tratamiento a 208 niños con desnutrición aguda grave durante un día. Con 30€ al mes durante un año, se puede suministrar 13 kits de primeros auxilios para atenderles en esta situación de emergencia.

Has respondido ya a la pregunta: Pero, ¿nos importan los refugiados? Pues actúa.