Los dos brutales atentados terroristas habidos en Cataluña el 17 de agosto han conmocionado a todas las personas de bien de España y de todo el mundo civilizado. Unos atentados de tal magnitud producen emociones muy fuertes en la población, que van del estupor al dolor, y de la indignación a los deseos de justicia. Lamentablemente, y aprovechando dicha conmoción, ha habido personas y partidos que han buscado sacar rédito político del dolor para favorecer sus miserables causas. Es la política carroñera, que al igual que ciertos animales, se alimenta de cadáveres. Una forma de hacer política que desgraciadamente ya hemos padecido otras veces, cuando estaba activo el terrorismo de ETA.

Primero fue la CUP, partido aliado de Junts pel Sí en el Gobierno de Cataluña, tratando de vincular el atentado a las políticas seguidas por el PP en la guerra de Irak y en las relaciones de venta de armas a los países árabes. Su portavoz, Anna Gabriel, lo resumió perfectamente en el lema de la manifestación alternativa que convocaron junto con otras plataformas antisistema: “Vuestras políticas, nuestros muertos”. Un demócrata sabe que la matanza indiscriminada y a traición de población civil es simplemente un horrendo crimen sin justificación alguna, y que en circunstancias así, los demócratas deben unirse sin fisuras para cerrar el paso a cualquier tipo de amparo moral a los criminales. El miserable rédito tal vez obtenido por la CUP lo perdemos los demócratas en términos de debilitamiento y lo ganan los terroristas en términos de encontrar justificación a sus acciones.

Después vino el alcalde de Alcorcón del PP, David Pérez, con sus reiteradas afirmaciones de que la alcaldesa de Barcelona Ada Colau había “allanado el camino a los terroristas” al no poner barreras arquitectónicas en los accesos a la Rambla. Para este político, desgastar a un partido adversario es más importante que la unión de los demócratas. Se trata además de una tramposa reflexión a posteriori, enlazando una posible decisión en el pasado con un hecho conocido más tarde. Obviamente, nadie ha pretendido allanar el camino a nadie. Simplemente no era posible disponer barreras en los infinitos lugares en los que un atentado podría tener lugar.

También el señor Puigdemont, Presidente de la Generalitat, se ha apuntado a obtener rédito a costa de debilitar a los demócratas en la lucha contra el terrorismo. Tras unos primeros días de aparentar unidad, no ha podido resistir la tentación y ha roto la misma acusando al Gobierno español de dificultar las tareas de los Mossos d’Esquadra, tanto financieramente como en su acceso a la información. También ha ninguneado el papel del resto de cuerpos de seguridad del Estado y ha pretendido asociar los éxitos de los Mossos a la supuesta madurez de Cataluña como Estado independiente. Es decir, pequeña política en momentos en que era más necesaria que nunca la gran política.

Finalmente, los abucheos al Rey y a Rajoy en la manifestación multitudinaria de Barcelona, las pancartas asociando los atentados con la venta de armas, y la profusión de banderas esteladas situadas exactamente detrás de las autoridades para salir en las televisiones de todo el mundo, evidencian una mezcla de todo lo anterior: dar argumentos a los terrroristas, debilitar el frente democrático y poner los objetivos independentistas por delante del objetivo de la manifestación, que no era otro que condenar el terrorismo, condolerse con las víctimas y homenajear a los servicios policiales y sanitarios. El líder de Podemos, con la equidistancia que le caracteriza para así poder pescar en todos los ríos revueltos, admitió la pertinencia de dichos mensajes señalando que “las relaciones internacionales tienen que ver con las políticas de prevención del terrorismo”.

La profusión de análisis informados de estos días inciden precisamente en lo contrario, es decir en señalar como causa principal del terrorismo yihadista la ideológica. Las políticas de integración pueden ayudar a no crear caldos de cultivo propicios a la radicalización de los jóvenes musulmanes, y por supuesto guerras como la de Irak suministran argumentos a los propagandistas del yihadismo. Pero ninguna de ellas son la causa del mismo. La causa principal es la existencia y la difusión a través de las redes de una interpretación radical e intolerante del Islam, al igual que la Inquisición española fue durante los siglos XVI al XIX una interpretación radical e intolerante del catolicismo. En dicha ideología extrema no se tolera la libertad de cultos, ni la libertad de las mujeres, ni casi ninguna de las libertades de nuestras democracias, y además las transgresiones se pagan con la muerte. Y los que mueren en mayor cantidad son precisamente los musulmanes no radicales. Más aún, dar muerte a los “infieles” es para esta ideología comportarse como buenos musulmanes y hacerse merecedores del paraíso. Por desgracia, esta versión tan simplificada del Islam ha resultado atractiva para los muchos miles de jóvenes europeos que han sido captados por el ISIS. Es esta ideología la que hay que combatir y de la que hay que proteger a los jóvenes, y en ese combate el resto del mundo musulmán tiene también mucho trabajo que hacer.

Todo lo demás es utilizar el terrorismo yihadista para desgastar al contrario, o para arrimar el ascua a la respectiva sardina de cada uno. Puede ser útil en el regate corto al que nos tiene acostumbrados nuestra política nacional de bajos vuelos, donde cualquier cosa se utiliza como arma arrojadiza contra el adversario, pero tiene poco que ver con lo que se espera de una democracia madura y sobre todo no ayuda a combatir un problema que debería ser prioritario para todos y que por desgracia golpeará a nuestras sociedades durante mucho tiempo.