La derecha lleva toda la vida denostando y estigmatizando la política como una actividad perturbadora y sucia. “Haga usted como yo, no se meta en política”, aconsejaba el dictador Franco ante cualquier asomo de conflicto social.

Y, a juzgar por lo que leemos y escuchamos en estos días, parecen haber avanzado bastante en su propósito.

Todos pudimos ver hace unos días en los informativos de televisión como una profesora de la Universidad Complutense, en plena acampada contra la guerra en Gaza, intentaba justificar su presencia renegando de la política. “Que quede muy claro que aquí no hacemos política”, aseguraba con dramatismo. “Solo nos movilizamos en favor de la paz y los derechos humanos”.

Si hubiera tenido que negar una acusación de abuso de menores, quizás se hubiera sentido obligada a poner menos énfasis en su explicación.

Evidentemente, estaba equivocada. Su movilización, legítima y loable, era pura política. El problema reside en las razones que llevaban a esta profesora a negarlo, a casi disculparse y a abominar de sus auténticas motivaciones. ¿Hay algo malo en hacer política contra la guerra, en favor de la paz y los derechos humanos?

Para algunos, sí. La presidenta de la Comunidad de Madrid acababa de declarar en contra de “la politización de los campus”. Y es que a la presidenta regional no le gusta que los profesores y los estudiantes hagan política. Tampoco le gusta que hagan política los profesionales y los pacientes que reivindican una sanidad pública bien dotada. Ni le gusta que hagan política las familias de los usuarios de las residencias de mayores…

La derecha, en general, prefiere que la actividad política se reserve para ellos mismos y solo para ellos mismos, no vaya a ser que se opine de más. Que no hagan política los profesores, ni los estudiantes, ni los sanitarios, ni los pacientes, ni los inquilinos, ni las feministas, ni los ecologistas, ni los gais, ni las lesbianas… Si solo Ayuso y los suyos hacen política, se aseguran de que la política que se hace responde a sus intereses parciales, exclusivos y excluyentes.

Si todos nos dedicamos a hacer política, perderán sus privilegios.

La política es la disciplina que organiza el espacio público compartido. Por tanto, nos concierne a todos. Política se hace siempre, en todos los sitios. Ahora bien, la política puede ser democrática, participada por todos, o puede ser no democrática, reservada a unos pocos. Puede responder al interés general o al interés de unos pocos, los que hacen política…

Hace tiempo que la estrategia de la denostación y la estigmatización de la política está en marcha. Se denigra la actividad en partidos y sindicatos como intrínsecamente corrupta. Se deslegitima a las instituciones democráticas, como el Gobierno, el Congreso, la Fiscalía, el CIS… Se deshumaniza e insulta a los protagonistas de la política…

¿Qué consiguen así? Que las mayorías acaben cansadas, desilusionadas, alejadas de la política y de los políticos. Que las mayorías no hagan política, ni participen políticamente, ni voten siquiera. Que las mayorías se abstengan, para que las minorías hagan política y mantengan sus privilegios.

Defender la paz en Gaza es hacer política. Movilizarse por la sanidad pública es hacer política. Demandar más vivienda social es hacer política. Reclamar igualdad de derechos entre hombres y mujeres es hacer política. Pedir barrios más habitables es hacer política. Exigir un aire limpio es hacer política… Y hay que hacer política cada día, en todos los sitios, en los campus también.

Para que no solo ellos hagan la política.

Cuantos más hagamos política, más posibilidades hay de que la política se haga para los más.