Lo que busca Inés Arrimadas con la integración en las listas del PP es colocar los pocos réditos que le queda después del descalabro de Ciudadanos.

Lo que busca Pablo Casado con la suma de los dos partidos es consolidarse como la única alternativa de la Derecha.

Lo que sucederá con Vox después de esta suma todavía es una incógnita.

Lo que es seguro es que esta suma tiene unas consecuencias que no, necesariamente, son las de multiplicar, sino que podrían restar votos.

De momento, se abre la crisis en Ciudadanos, porque, diga lo que diga Arrimadas (que últimamente utiliza demasiada ironía con los propios), supone finiquitar a Ciudadanos, aquel partido que llegó a ser el primero en Catalunya y que podría haberse convertido, de verdad, en el centro político. Ciudadanos, en perfecta comunión con el PP, ya no es un partido de centro, sino claramente alineado a la derecha. Y mucho más, si como dice el actual candidato del PP, Carlos Iturgaiz, bienvenidos sean los de Vox porque Abascal es un hombre estupendo con el que se lleva muy bien. Vamos, que Arrimadas no solo vende a su partido, sino que le hará tragar con ruedas de molino.

¿Se sentirá cómoda Arrimadas compartiendo criterio con Vox? Ya sabemos que sí. Al menos lo ha demostrado en otras ocasiones.

Hace tiempo que Ciudadanos, un partido joven que ha envejecido a pasos agigantados hasta la extenuación, manifestó sus dos almas: la que impulsó Rivera que acabó fagocitándolo y que Arrimadas continúa, más como una tabla de salvación, que por el bien del propio partido, y los que creyeron de verdad que Ciudadanos podría ser un partido liberal moderno y de centro.

La excusa de los “constitucionalistas” raya ya el ridículo, sobre todo, si sus socios son aquellos que votaron NO a la Constitución de 1978. Hay que recordar que los españoles la ratificaron con un 91,81% de votos a favor, mientras que en las Cortes Generales, los noes fueron seis: uno de Euskadiko Ezkerra y cinco de Alianza Popular (los padres del actual PP).

Mientras esto ocurre en el País Vasco, en la Comunidad Valenciana ya están curando sus heridas, entre otras, la líder del PP valenciano que teme que le ocurra algo similar que al defenestrado Alfonso Alonso.

Y es que no puede decirse que el PP disponga de un reglamento interno muy democrático. El “dedazo” funcionó desde Fraga en los tiempos sucesivos, y bien que lo ha aprendido y ejerce Pablo Casado y su nuevo equipo.

Imagino que Pablo Casado piensa que, con esta alianza, hace desaparecer a uno de los partidos rivales. Y no le falta razón, porque el primer damnificado es claramente Ciudadanos que, si no surge una alternativa clara en el interior del partido que fragmente la actual posición de Arrimadas, puede despedirse ya del panorama electoral. Y eso, cuando en España sigue existiendo votantes y espacio electoral, pero no para el actual Ciudadanos.

Ahora bien, el siguiente paso de Casado debe ser “comerse” a Vox, y de momento, esto no está tan claro, porque Vox anda demasiado suelto ahora mismo, porque ha encontrado un espacio populista y demagógico, porque sus líderes tienen sus propios puestos de poder sin contar con el PP. ¿Para qué volver al PP si ahora pueden decir sus “barbaridades” con un micrófono propio?

Ese va a ser el dilema del PP: ¿se centra y se modera? Para ello necesita figuras como las que actualmente está expulsando de la primera línea. ¿O endurece y extrema sus posiciones? Más bien parece que ha apostado por la línea más dura y cavernícola, si atendemos a lo que representa Cayetana.

De momento, la crisis que se ha abierto en el tripartito de la derecha todavía le queda muchas revueltas por dar. Y lo único que se vislumbra con seguridad es que el discurso se extrema, la oposición se radicaliza, la demagogia se extiende. Es decir, todo lo contrario a lo que se necesita en época de complejidad donde, recordando las palabras de Pablo Simón, “el buen político debe tener tres cualidades: responsabilidad, pasión y mesura”.

No parece que sea este el camino emprendido por la derecha española.