En un artículo reciente, justo antes de que nos alcanzara la crisis del coronavirus, criticaba desde estas páginas la peculiar idiosincrasia de las derechas que la historia nos ha deparado a los españoles. Más concretamente, criticaba a los actuales dirigentes del Partido Popular: les adjudicaba los calificativos de ignorantes en materia de ciencia y cambio climático, de paladines de la estrecha moral católica, y de escasamente respetuosos con las reglas democráticas. Poco imaginaba que una dramática pandemia, como la que sufrimos actualmente, nos iba a proporcionar una inmejorable ocasión para conocer a fondo sus esencias.

En realidad, se trata de un canto coral orquestado desde los cenáculos más recónditos de nuestra oligarquía, en el que se sincronizan las declaraciones de destacados dirigentes del PP con los titulares y artículos de opinión de sus terminales mediáticas. Resulta conmovedor ver, cada mañana, que aparecen exactamente las mismas palabras (por ejemplo, improvisación, incompetencia, negligencia, etc.) en las portadas de algunos periódicos que todos tenemos en mente.

Desde el primer día de la crisis, el señor Casado no ha ahorrado descalificaciones a la acción del Gobierno. Cito literalmente algunas de sus afirmaciones: “el Gobierno llega tarde” (12/03), “medidas insuficientes” (12/03), “se parapeta tras la ciencia” (12/03), “improvisación y falta de diálogo” (30/03), “se pliega a las tesis de Podemos” (2/04), “esto no va bien” (2/04). En esas mismas intervenciones hacía un recuento exhaustivo del número de fallecidos, de las dificultades del personal sanitario y del desastre económico que estaban sufriendo las empresas. No hace falta saber mucha psicología para entender el mensaje que se estaba tratando de transmitir: estamos muy mal y ustedes son los culpables.

Otros dirigentes no le han ido a la zaga: “dejación de funciones”, “incapacidad de gestión”, “de espaldas a la realidad”, “cada sanitario sin un guante y cada enfermero sin mascarillas es un fallo grave y el único responsable es el Presidente” (Teodoro García Egea, 24/03); “han mostrado incapacidad y falta de previsión en la compra de los test rápidos a China” (Cuca Gamarra, 26/03); “[ustedes son] la autoridad incompetente” (Cayetana Álvarez, 26/03); o las acusaciones falsas de la señora Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, afirmando que el Gobierno estaba bloqueando sus compras en el extranjero (19/03), que no le suministraba mascarillas (20/03), o que no autorizaba el uso de sus pantallas protectoras (4/04).

Se trata en realidad de una forma de entender la política: cuando no gobierna el PP, todo lo que haga el Gobierno de sus adversarios es susceptible de acerba crítica. Da igual que se trate de los asesinatos de ETA, de una profunda crisis económica como la de 2008, del desafío independentista, o de algún contencioso de política exterior. El PP nunca se coloca al lado del Gobierno en los temas de Estado. Al contrario, siempre aprovecha el dolor causado por cada uno de estos problemas para endosarle la culpa de los mismos al Gobierno. Se alimenta de explotar el dolor, al igual que algunas aves rapaces se alimentan de la carroña. Que haya votado a favor de convalidar los decretos de emergencia del Gobierno no le redime de este permanente intento de sacar rédito político de las desgracias del país. Votar en contra hubiera sido perjudicial para sus intereses, aunque también más coherente con sus acusaciones de ineptitud y negligencia.

A nadie se le escapa que el coronavirus no venía con un manual de instrucciones debajo del brazo. Acusar de improvisación al Gobierno es casi hacerle un favor, porque precisamente improvisar es lo que hay que hacer cuando uno se enfrenta a algo desconocido. Las medidas que se han ido tomando no tenían garantizadas de antemano su efectividad. Seguramente, en algunas se ha ido tarde y en otras se ha ido por delante. Basta comparar con lo que han ido haciendo los demás países: ninguno ha hecho nada radicalmente distinto, e incluso algunos como el Reino Unido, Estados Unidos o Suecia, están siendo mucho menos restrictivos que España.

Que algunas compras hayan sido fallidas y otras se retrasen es producto de la tremenda dificultad de los mercados actuales. ¿O se puede ser comprensivo con los aviones de la señora Ayuso, que aparecieron nueve días después de lo anunciado, y no serlo con el Gobierno de la nación? Y en cuanto a imprevisión, en enero las CC.AA. eran plenamente soberanas para hacer sus compras de material sanitario y ninguna las hizo. Si se pretendiera ser ecuánimes, o todos han sido poco previsores, o ninguno lo ha sido.

Quizás estemos viviendo la crisis más aguda del mundo desde la Segunda Guerra Mundial. A pesar de nuestros amplios conocimientos científicos, los países avanzamos bastante a ciegas, al desconocer las características de este virus en cuanto a sus modos de propagación, su resistencia a la temperatura, o sus posibles mutaciones. Ningún gobierno es culpable de lo que está pasando, y el nuestro no ha hecho en absoluto dejación de funciones, como afirma el señor Egea. Ha tomado decisiones en todo momento y ha buscado el asesoramiento de los expertos, que es lo más recomendable en un caso así. A pesar de ello, habrá acertado más o menos en las medidas, al igual que les sucede a otros gobiernos. La misión de la oposición debería ser ayudar en la toma de decisiones, aportando visiones complementarias a las del Gobierno y colaborando con él para hacer más precisas y efectivas las medidas. Eso hubiera sido un comportamiento leal, no con el Gobierno, sino con los españoles, que no merecen este espectáculo de crítica continua y desmesurada hecha desde la comodidad del sofá. Hasta ahora, la única medida concreta que ha aportado el PP es que se pongan las banderas a media hasta y se haga un monumento a los fallecidos. Respetable, pero no muy útil en este momento de la crisis. Por su parte, la señora Ayuso ha aportado la brillante iniciativa de pedir donaciones para sufragar la sanidad pública.

Yo no espero que cambien, porque son ya muchos años de verles actuar de esta manera. Es más, aun a riesgo de ser políticamente incorrecto, deseo que no cambien. Deseo que sigan haciendo esa política mezquina y carroñera. Según las encuestas, muchos votantes del Partido Popular no aprueban este comportamiento. Deseo que la cordura de los españoles les haga pagar en las urnas el haberles dado la espalda en una situación tan grave, y que dirigentes de tan poca talla como los actuales sean barridos de la cúpula de ese partido y sustituidos por otros más dignos. En un país democrático, no sobran las derechas ni las izquierdas. Ambas son necesarias, porque ambas responden a intereses y visiones de distintas clases sociales. Lo que sobra es la mezquindad, la mediocridad y el carroñerismo. Se puede hacer política útil sin recurrir permanentemente a las vísceras.

 

Fotografía: Carmen Barrios