La primera lectura que debe hacerse es que la élite del PSOE hace mucho que no conoce a su propia militancia.

La desconexión que el PSOE ha venido manifestando con la ciudadanía y, principalmente, con sus votantes, que iban perdiendo la confianza con el partido socialista y que, además, muchos habían dejado de votarle, no era solamente una desconexión con sus votantes, sino también con su militancia.

La militancia estaba harta, realmente harta. Agotada, no solamente de perder electoralmente, sino de algo más profundo: de perder la ilusión y la confianza en sus propios representantes.

Llámen como quieran al aparato, élite, cúpula, etc, pero la militancia les ha dado una gran lección. La primera, que la pérdida electoral tiene “responsables”, sobre todo, por una forma de actuar y unos modos de hacer, que se alejaban de la comprensión del militante. La segunda, que le han perdido el respeto a los grandes “popes” (sean quienes sean, incluso aunque gobiernen en Comunidades Autónomas, o hayan sido presidentes de Gobierno), y han perdido el respeto porque no les han visto actuar con la sinceridad esperada. La tercera, que los mensajes continuos de “la gran coalición” entre PP-PSOE es dañina e incomprensible para los militantes socialistas, sobre todo, teniendo en cuenta que hablamos de un PP responsable de la corrupción actual y de los mayores recortes sociales que ha vivido la sociedad española.

El voto a Pedro Sánchez no ha sido el voto a un líder, sino el voto favorable a un mensaje “No es No”, a una posición política determinada, a manifestar que se estaba en contra de la abstención al PP, que ya está bien de tanta manipulación comunicativa. Los militantes han creado a su líder en contra de la imposición de la dirección.

El aparato del partido lleva años de “estrategias” pero no de sinceridad. Desde aquella tremenda decisión de cambiar la constitución con el acuerdo del PP, con nocturnidad y alevosía, el PSOE ha ido navegando contra la opinión, el sentimiento y la razón de sus propios votantes y sus propios militantes. Esa fue la primera de una serie de decisiones torcidas y torticeras. Hasta llegar a la abstención del PP sin condiciones, y después de haber generado una ruptura dentro del PSOE, y el espectáculo lamentable de octubre, expulsando al entonces Secretario General, Pedro Sánchez, y preparando el camino para el triunfo de la escogida por los “dioses” del PSOE, Susana Díaz.

Y esa ha sido la gran equivocación: intentar imponer a una candidata que no era, ni mucho menos, la que tenía mejor cualidades para entender al conjunto plural del PSOE. Y se equivocaron también cuando recogieron avales con la presión a militantes que son visibles en la estructura orgánica del partido, pues luego, el voto a Susana ha sido menor que los avales obtenidos.

Pedro Sánchez ha ganado con claridad y contundencia. Contra el aparato, contra los barones regionales, contra las direcciones orgánicas del partido, e incluso, siendo abandonado por parte de los que le acompañaron en la primera Secretaría General. Su triunfo ha sido incontestable.

No se esperaba que se ganara con tanta diferencia de voto, y mucho menos que la perdedora fuera la favorita de la dirección del PSOE, lo que indica que las direcciones regionales deben hacer un ejercicio de humildad.

Tampoco Patxi López ha conseguido el papel que él esperaba, “mediar en el conflicto”. El resultado de Sánchez es tan contundente que no necesita de interlocutores. Con su buen talante y forma de hacer, en su primera intervención, Patxi ha tenido el gesto de señalar que “esta era la noche de Pedro Sánchez”.

Y, reconociendo que la perdedora, Susana, está dolida, no ha sabido encajar fácilmente su derrota, incapaz de nombrar y felicitar a Pedro Sánchez por su propio nombre, y además se ha puesto a disposición del partido, pero no del Secretario General. No hacía falta ser empática, pero sí saber perder, sobre todo, si es verdad que “las armas se guardan”. No ha sido una buena intervención la de Susana ni su huida rápida de Ferraz. Esperemos que sea solo resaca de esta noche, y no signifique que la pelea sigue por bajo.

Pero eso no quita para que Sánchez tenga en cuenta que su primer trabajo es “rescatar” a personas válidas de todos los equipos. El PSOE no puede quedar fracturado. La victoria de Sánchez es enorme, contundente, y le da fuerza suficiente para gestionar el partido con su gente de confianza, pero también le otorga la capacidad de ser generoso, y cicatrizar heridas. Sobre todo, porque el voto que ha recibido tiene mucho mensaje. Y Pedro tiene la gran oportunidad: convertirse en un líder histórico para el PSOE.

Podemos surgió por la ineficacia y desconfianza generada por el PSOE. Pablo Iglesias y su equipo consiguieron un gran éxito en poco tiempo, pero no el suficiente para gobernar ni superar al PSOE, y todo da la impresión de que ha “tocado techo” y se sitúa en un decisivo pero segundo puesto en la izquierda.

El PSOE abre ahora un nuevo camino.

La militancia ha decidido un rumbo diferente al que la estrategia del aparato había determinado. Y si se sabe gestionar bien, con inteligencia, sin revanchas ni zancadillas, puede ser la oportunidad que el PSOE necesita para recuperar la ilusión y la confianza de una ciudadanía que se siente, desde hace mucho, huérfana y sin saber a quién votar.

El primer paso se ha dado: retomar el pulso de la militancia.