La situación económica en España es de gran preocupación. Desde el FMI, la OCDE, FUNCAS y el Banco de España, por citar algunas importantes instituciones económicas, la horquilla del desplome del PIB bascula entre el 8 y el 15%. Cifras tremendas. Frente a esto, los agentes económicos y sociales y las administraciones públicas confían en los fondos europeos, transfusiones de dinero que previsiblemente llegarán, condicionadas a los proyectos a los que se destinen, en el curso de 2021. Es una buena noticia. Estamos hablando, en tal sentido, de formación brutal de capital; es decir, de inversión. Aquí hay una agenda relevante, que debe incardinarse con los grandes ejes estratégicos del Green New Deal, y que ha de contemplar cuáles van a ser, y de qué forma se van a activar, las palancas de la financiación.

Ahora bien, la preocupación más inmediata radica en la coyuntura económica, en el día a día. En el ahora. El gobierno ha desplegado una serie de medidas de calado: la consecución de los ERTE –que están funcionando razonablemente bien–, la promulgación del Ingreso Mínimo Vital –que tiene severos problemas de culminación y que está llegando a un porcentaje reducido de población– y la utilización del ICO como entidad financiera de garantía para proyectos empresariales y autónomos.

Todos estos esfuerzos, que cabe reconocer y aplaudir, realizados además en un momento político alentado por la crispación y la irresponsabilidad de la oposición, se están revelando sin embargo insuficientes. Y todo en el marco de una pandemia que no parece doblegarse; antes al contrario: en algunas comunidades, como en Madrid, el virus se ha traducido en arma letal de un carácter político de gran bajeza moral. En el campo económico, la caída del PIB es profunda, la inflación se encuentra en niveles que ya rozan escenarios deflacionistas –lo que infiere la debilidad de la demanda– y todo este estado de postración se puede revelar mucho más acendrado en el otoño e invierno.

Con toda probabilidad, existen diferentes vías para conseguir esto. Apuntamos aquí tres factores, de actuación en política económica, cuya vinculación con la coyuntura es vital:

  1. La necesidad de pensar seriamente, con voluntad nítida de actuación inmediata, sobre la renta mínima, un instrumento que de forma gradual podría ir relevando los ERTE a medida que estos, esperemos, se vayan desactivando para transformarse en la recuperación de puestos de trabajo.
  2. La condonación parcial y selectiva de la deuda de las pequeñas y medianas empresas, con el fin de capitalizarlas y evitar procesos indeseados de insolvencia si esas empresas tenían –y tienen todavía– claras pulsiones de mercado, que el coronavirus ha laminado.
  3. Reanimar con fuerza la Ley de Dependencia, un instrumento clave para muchos hogares pero que adolece de problemas de gestión, por un lado, y de dificultades presupuestarias, por otro.

Estos tres puntos no cierran la nómina de posibles propuestas, que pueden ampliarse. Pero esos tres factores –que infieren mantener e incrementar el gasto público– tienen la virtualidad que enlazan con dos aspectos determinantes, ambos vinculados no a procesos de formación brutal de capital, sino a combatir las distorsiones que se van generando en esta coyuntura económica: se dirigen al gasto social, que es incentivado, es decir, contribuyen a mejorar la situación de renta de miles de familias; y, por otra parte, ayudan a pequeños y medianos empresarios a encarar sus dificultades financieras con aportaciones de liquidez sin contrapartida alguna. Es factible. Tiene costes económicos. Pero tapona sangrías sociales.

La inversión va a ser esencial para la recuperación de la economía española. Y aquí es básica la complicidad entre las instituciones europeas y los gobiernos de España y de las comunidades autónomas. Hablamos de plazos temporales medios y deberíamos estar a la altura. Pero, al mismo tiempo, los plazos inminentes, inmediatos, exigen celeridad en las respuestas. Aportaciones que sean plausibles, no utópicas, que se centren en los problemas reales de coyuntura de la economía española. Hemos apuntado tres vías; seguro que hay más. Pero sería importante iniciar esta senda a partir de las expuestas, con el ánimo de contribuir a la reconstrucción de una coyuntura difícil, presidida por una incertidumbre que la política económica debe ayudar a superar.