No he pretendido nunca imponer mi criterio. He intentado respetar a quien no piensa como yo. He defendido que la izquierda y la derecha son modelos de pensamiento sobre la sociedad, y ambas posiciones son legítimas en una democracia, porque la pluralidad de opiniones y la diversidad de miradas sobre un problema engrandece las soluciones. Entiendo perfectamente las opiniones e intereses enfrentados, y la necesidad de encontrar puntos en común.

Eso es la democracia. Difícil de entender (aunque cualquier memo da lecciones de demócrata) y mucho más difícil de practicar.

Y lógicamente yo tengo mi posición política, y así la defiendo. Soy socialista.

Una posición razonada y emotiva, estudiada y compartida, sobre todo, defendida desde las herramientas que proporcionan los derechos democráticos

Lo ocurrido en el Ayuntamiento de Madrid usa formas democráticas para atentar y debilitar a la propia democracia.

Eliminar el nombre y las estatuas de las calles y plazas de Madrid de Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero no es un acto inocuo ni banal. Sobre todo porque se produce intencionadamente para modificar la propia historia y mover las líneas rojas de lo que es tolerable, justo y demócrata.

Ambos fueron líderes socialistas. Ministros de la Segunda República. Exiliados por culpa del franquismo.

Eliminar sus nombres en una iniciativa impulsada por Vox significa equiparar a estos hombres con dictadores y fascistas. Significa también rechazar el gobierno democrático de la República. Significa anular la barbarie fascista y lo que supuso el golpe de Estado. Significa pretender blanquear en la historia a un dictador cruel y sangriento como fue Francisco Franco.

Lo hacen quienes aún defienden al dictador, quienes pretenden equiparar sistemas democráticos con regímenes dictatoriales. Quienes pretenden utilizar la democracia para imponer formas y fondos fascistas.

Ese es el mal que estamos viviendo. Desde Trump, pasando por Bielorrusia y Hungría, llegando a Vox.

Lo ocurrido en el Ayuntamiento de Madrid es realmente grave y preocupante.

Cuando aún no hemos podido recuperar a nuestros abuelos, muertos en cunetas, desaparecidos y represaliados, intentan eliminar la memoria histórica de la Segunda República.

Hoy son protagonistas como Indalecio Prieto y Largo Caballero. Mañana serán, como ya está siendo, los migrantes o las feministas. Mañana serán los sindicatos y sus protestas. Mañana podré ser yo que proclamo ser socialista.

Y vergonzosamente el PP, con el Alcalde Almeida a la cabeza, ha llegado a esa bajeza. Que solo podía darse por la ignorancia supina mezclada con la soberbia que acostumbran.

¿Y Ciudadanos? Sin palabras para calificar tal comportamiento.

El debate político y social sigue como si nada pasara. Hasta que algo más pase porque cada vez la línea roja del fascismo se mueve peligrosamente.

Los intelectuales protestan porque la política genera desconfianza y descreimiento. Lo dicen descontentos con razón. Pero la generalización es hoy más injusta que nunca.

¿Es el mismo comportamiento y discurso el del ministro Salvador Illa que la presidenta Díaz Ayuso? ¿Es lo mismo el comportamiento de oposición de Gabilondo, que el de Teodoro García Egea?

¿Es lo mismo los debates parlamentarios de Aitor Esteban, que los de Abascal?

Lo ocurrido en el Ayuntamiento de Madrid no es un acto cualquiera. Es el pulso de quienes están hinchando el odio y el fascismo utilizando los votos democráticos.

La retirada de los nombres corresponde a una estrategia calculada y meditada como estamos viendo.