La palabra que aparece en todos los informes económicos, de coyuntura y de prospectiva, es esta: incertidumbre. Tal es la realidad que afecta profesionalmente a los economistas: la incapacidad para intuir un futuro que, hoy, es muy incierto. Recientemente se ha producido el deceso de Assar Lindbeck, economista sueco de gran influencia en la socialdemocracia y visionario del Estado del Bienestar. Sus palabras son meridianas: «Es posible investigar en economía, pero es más difícil que en ciencias naturales». Trabajar con el comportamiento humano, que implica no sólo condicionantes económicos y sociales, sino también psicológicos, dificulta muchísimo la toma de decisiones, que no está sujeta siempre a automatismos casi matemáticos. Los economistas han aprendido esto, y de hecho se han otorgado Premios Nobel de Economía a profesionales que no son, estrictamente, economistas (Daniel Khaneman, Amos Tversky, psicólogos y estadísticos israelíes; o Angus Deaton, economista británico); o que se han sumergido en la complejidad del cuadro de decisiones personales –y empresariales– al margen de visiones excesivamente cartesianas. La denominada Teoría de las Perspectivas (Prospect Theory), defendida por Khaneman y Tversky, defiende que los individuos toman decisiones, en entornos de incertidumbre, que se apartan de los principios básicos de la probabilidad. Por su parte, Deaton planteó, a través de análisis microeconómico, el gran retroceso del consumo en marcos de crisis permanentes e imprevistas de los ingresos de las rentas familiares. Si a estos condicionantes de carácter general, le añadimos un contexto de pandemia, el grado de incertidumbre se eleva muchísimo y coloca a los científicos sociales, a los políticos, a los think tank en un escenario de gran convulsión e ignorancia.

OCDE, FUNCAS y Banco de España acaban de ofrecer sus previsiones para el cierre de 2020 y un avance para 2021. En general, punto arriba o abajo, las conclusiones son muy parecidas: las economías verán una gran ralentización del crecimiento. En el caso de España, una previsible caída del PIB de entre el 10 y el 12%, y una situación del mercado laboral preocupante: entorno al 20% de paro. La recuperación: incierta; esperable más bien en 2022, con el arribo a indicadores pre-pandemia quizás en 2024. En estos tres informes, la palabra reiterada: incertidumbre, un estado que se acerca a lo que los físicos califican como caos, es decir, que el resultado de un proceso depende de distintas variables (y aquí se mezclan económicas y sanitarias). Y que es imposible predecir con un mínimo de exactitud.

Así pues, debemos movernos a partir de conjeturas y con una enorme humildad en el campo de la economía. La dependencia de la evolución del virus determinará el trayecto económico, y no al revés. Como señalaba hace poco el gran historiador económico Barry Eichengreen, será más sencillo predecir el futuro económico a los epidemiólogos que a los economistas. Toda una lección de modestia y de tener la certeza de eso: de la incertidumbre.