El pasado mes de diciembre la joven socióloga norteamericana Amber Case dictó una conferencia en Madrid en la que sostuvo que en las sociedades tecnológicas avanzadas, a consecuencia de nuestra obligada inmersión en espacios digitales, los seres humanos habíamos perdido los ámbitos personales de reflexión, resultando imprescindible avanzar en la construcción de una  “tecnología calmada” que haga posible que nos reconectemos con nosotros mismos y tomemos conciencia de quiénes somos. Según su opinión estamos haciendo dejación en la tecnología, en particular en las nuevas técnicas de la comunicación y la información de aspectos claves vitales (particularmente Internet y sus utilidades en ordenadores y teléfonos móviles inteligentes), entre ellos la capacidad de memorizar, de recordar, de comunicarnos, de empatizar…, con el riesgo de perder la orientación de nuestro devenir como sujetos sociales.

De hecho tanto los ordenadores, como los teléfonos móviles inteligentes se han convertido en apéndices indispensables cotidianos, no podemos vivir sin ellos, somos dependientes de los servicios que ofrecen, aunque por la cantidad de información que recibimos, si hicieran el experimento de recordar, por ejemplo, todas las páginas web por las que navegan a lo largo del día, posiblemente no les sería posible, ni tampoco lo que han suscitado en sus mentes. Las imágenes han tomado el protagonismo, imágenes que tratan de seducir, aunque el texto escrito que las acompañe sea pobre y sin contenidos de interés. Es el triunfo del poder de la imagen frente a la palabra, contradiciendo reflexiones clásicas que planteaban que el mundo es el mundo que abarcamos con nuestras palabras, a lo que añadir, que ya no sólo, es una miscelánea en donde la imagen ha cobrado un papel sin precedentes en la historia de la humanidad.

En cuanto a los teléfonos inteligentes pocos ciudadanos son los que han esquivado sus atractivos, recientemente conocí a un alto ejecutivo, del que me sorprendió utiliza un teléfono móvil sin Internet y cuando le trasladé mi sorpresa, me respondió que él no quería ser un esclavo de las tecnologías, que el uso que le daba a semejante artefacto era comunicarse al modo tradicional y que no quería más ataduras.

Si analizamos los usos que le damos a los teléfonos inteligentes no hay duda de que ofrecen servicios impensables hasta hace pocos años, servicios de gran utilidad, aunque también nos hace dependientes e incluso puede generarnos ansiedad si por alguna razón no compartimos piel con carcasa el día y la noche. Llegamos incluso a mirar su pequeña pantalla cientos de veces al día y se ha convertido en una especie de amuleto que nos probé de una descomunal información, y hace que estemos comunicados permanentemente con quiénes también se sirven de sus excelencias, se encuentren donde se encuentren en el mundo, siempre y cuando hayan llegado allí los nuevos conquistadores de la posmodernidad, las grandes compañías de telefonía que batallan con armamento pesado para vencer a sus contrincantes por espacios virtuales cada vez más fabulosos.

Pero estos teléfonos asimismo difuminan los tiempos, el día, la noche, las horas de ocio y las de trabajo… Este último tema no es baladí y ha merecido la atención en el país galo, que estrenó hace un año el derecho a desconectar por ley fuera de las horas de trabajo, bajo los argumentos de la libertad del individuo frente al control de la máquina y de la reivindicación de los derechos humanos, violentados por devenir en autómatas del “progreso” (este es un razonamiento propio).

Junto a ello, nos exigen ser creativos, desarrollar capacidades hacia horizontes genuinos, aunque no dispongamos del tiempo para la reflexión personal y el encontrarnos con nosotros mismos. Mientras algunos se crecen en este mundo paralelo, otros, como el alto ejecutivo que les daba a conocer, desconectan intencionadamente.

Pero, ¿realmente estamos conectados o es un espejismo? Nuestro compañero de viaje Internet permite que te integres en una gran comunidad global, a pesar de que en ocasiones te sientas solo y limites los tiempos para navegar en tu interior. Y si además no interesas a nadie, pienso en estos momentos en algunas redes sociales de gran éxito, no eres nadie. Tu vida tiene más sentido cuantos más “Likes” obtengas y si eres de perfil bajo, o te decides por lanzar apuntes excepcionales sobre tu vida o te rindes. Y si te rindes cabe que entrés en pánico por percibir que quedas fuera del sistema.

Si la comunicación es un proceso de transmisión de significados, en donde hay emisores, receptores, mensajes, canales comunicativos y denota ayuda mutua, intercambio e interacción de quiénes pertenecen a la misma comunidad, es una evidencia que es la base de vida social. Es la vía a través de la cual se produce la integración personal (autorrealización) a partir de un ajuste operativo y moral con los demás. Es, en definitiva, una participación común, un intercambio mutuo y el acceso recíproco a sentimientos y pensamientos. Además, la comunicación satisface diversas necesidades sociales y personales, como la expresión de las emociones, la necesidad de contacto, de compañía, de informar, de formular hechos, de crear, de expresar ideas, y de autoafirmación y conciencia de la propia existencia.

Los dos últimos aspectos considero son de importancia y se han visto singularmente involucrados por las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, en un nuevo contexto intangible, regido por pautas y normas de organización diferentes a las de hace varias décadas. Por ello es preciso entender los nuevos códigos comunicativos, códigos que han sido esculpidos en nuestras mentes con esmero con la finalidad de “atraparnos” en una inmensa red de nodos humanos, códigos de los que participan las nuevas generaciones en los países más desarrollados desde que nacen, manejando con sus pequeños deditos y con la máxima precisión todo tipo de artilugios electrónicos y códigos a los que nunca, por el azar de la vida, tendrán acceso millones de personas en el mundo, sean niños, jóvenes, maduros o ancianos.

Volviendo a Amber Case comparto que hay que reivindicar una tecnología amigable, calmada e inclusiva que lejos de hacernos atávicos a sus extraordinarias posibilidades y exigencias, nos ayude a ser más felices y nos integre realmente en una gran comunidad a escala planetaria, en donde todos tengamos capacidad de elección y seamos realmente libres.