¿Se puede escribir sobre algo que no sea Cataluña? ¿Se puede pensar en algo más que no abarque este problema y sus consecuencias?

Todos nos encontramos saturados del nivel informativo, de la presión de seguir minuto a minuto los acontecimientos, de darle vueltas y más vueltas a una situación que nos mueve entre la esperanza (cuando creemos que puede haber una solución negociada) y la más profunda de las desesperanzas (cuando parece que caeremos todos por un precipicio).

Un problema que ha superado las cuestiones políticas, legislativas y racionales, donde la emotividad ha entrado con tanta fuerza que puede arrollarlo todo, hasta al más común de los sentidos, y también, lamentablemente, a “los afectos” como señalaba Pepe Borrell.

¡Cuesta tanto construir una convivencia y es tan fácil destruirla!

Y, cuando las relaciones se destruyen, florecen los reproches, se acumulan los agravios, se superponen los odios viscerales, y de un bando y otro empieza a calar un victimismo que obliga a defendernos con uñas y dientes, como si ya no existiera nada que nos pudiera unir.

Claro que los problemas nos inundan, que no superamos la crisis económica, que perdemos derechos sociales, que la globalización sigue dejando a gente en la cuneta, que el planeta se descose por sus costuras, que la desigualdad resulta un monstruo imparable, que hay amenazas sociales y políticas que se producen delante de nuestros ojos.

Tampoco todo es negativo, sino que acumulamos éxitos científicos, novedades tecnológicas, recuperamos nombres (incluso de mujeres) para nuestro patrimonio futuro, seguimos innovando y creando.

Pero hoy la Historia, con mayúscula, se ha detenido en España.

Mañana ya no será igual que ayer. Nunca lo fue. Pero no sabemos qué incertidumbre nos espera.

La erosión que está sufriendo Cataluña será difícilmente reparable. No solo en lo económico, cuyas pérdidas afectarán a una comunidad que ha sido motor, industria, progreso, creación, burguesía, innovación y vanguardia. Sino también en lo político y en lo social.

A partir de mañana, sea cuál sea el mañana, se abre la necesidad de revisar nuestro modelo territorial, de saber cómo vamos a seguir caminando en un futuro común (¿con Cataluña?), de equilibrar de nuevo las competencias autonómicas (entre Autonomías y con el Estado), de revisar la Constitución, que ha sido la tabla de convivencia pacífica durante estos años democráticos, a la que tanta tranquilidad social le debemos, pero que hoy necesita inflarse en el ánimo de unas generaciones que no conocieron de dónde venimos ni cómo se construyeron los cimientos, y que necesitan sentir como propia su legislación y su marco de convivencia.

A nivel social será también complicado restaurar los “afectos”. Espero que tengamos también nuestra emoción positiva preparada para la empatía, para la comprensión, para afianzar lazos. Lamentablemente, solo nos sale “el genio”, “el sentimiento”, cuando se trata de encender los ánimos y de destruir los puentes.

La historia está llena de conflictos donde la razón, la legislación, la convivencia, y la justicia han sucumbido porque el corazón estaba cegado por pasiones, odios, venganza, recriminaciones, y demás pozos negros que empañan el entendimiento.

La política ha de hacerse cargo, tanto de la razón como de la emoción. Y esa es difícil tarea cuando da la impresión de estar más empeñados en humillar al contrario, en mostrarse vencedor, que en ofrecer una salida.

Se han dicho tantas cosas, se ha escrito tanto, se especula tanto, se proyecta tanto el futuro inmediato de lo que va a hacer cada uno, se estudia tanto el tablero de ajedrez para ver cuál será el siguiente movimiento, que a mí no me queda nada nuevo que aportar.

Solo que me tiemblan las piernas. Que la Historia nos ha caído encima con todo su peso. Y de lo que hoy decidamos con juicio cabal, con razones legislativas, pero también con la voluntad de empatía mutua, construiremos o destruiremos.

España, con Cataluña incluida (mal que les pese a los independentistas), será lo que nosotros mismos hagamos. Ni siquiera lo que queramos.