El ser humano es un ser social por naturaleza. De hecho, cuando en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) se pregunta “con cuánta gente tiene Ud. contacto habitualmente en un día normal incluyendo las personas con las que vive. Nos referimos a las personas con las que tiene un contacto individual cara a cara, es decir, con las que charla o trata diferentes asuntos en persona. Tenga en cuenta sólo a la gente con la que charla personalmente.” Un 56,1 por ciento de los encuestados afirma que tiene contacto habitualmente en un día normal con entre una y diez personas.

Esta realidad, ¿está cambiando como consecuencia de la rápida difusión y utilización de las nuevas tecnologías digitales? La pregunta puede tener una fácil respuesta si simplemente nos detenemos en una parada de autobús o de metro, y vemos a personas que van juntas pero no hablan entre sí porque  cada una va ensimismada utilizando su teléfono móvil. O si observamos, en un restaurante o cafetería, como dos o varios individuos que están en la misma mesa usan cada uno su dispositivo como si estuvieran solos, o hablan por el teléfono permanentemente mientras el acompañante les mira o aprovecha para utilizar a su vez su móvil.

Podemos ir también a los datos del CIS, en España, en lo relacionado con la frecuencia con que se consultan las cuentas de correo electrónico, la mensajería instantánea o cuánto se conectan las personas a las redes sociales. En cuanto a la frecuencia con que se suele consultar la cuenta o cuentas de correo electrónico, un 16 por ciento de la población consulta su cuenta o cuentas de correo electrónico constantemente; un 21,5 por ciento lo hace varias veces al día, y un 27,5 por ciento una vez al día.

Si observamos la frecuencia con que las personas consultan sus mensajes de WhatsApp u otra aplicación de mensajería instantánea, un 42,3 por ciento, continuamente; un 47,4 por ciento, varias veces al día; y un 6,4 por ciento, una vez al día. Todos, principalmente WhatsApp. Y si por último, reparamos en la frecuencia con la que suele conectarse a las redes sociales, un 16,7 por ciento de la población, está conectada continuamente; un 33,1 por ciento, varias veces al día, y un 25,3 por ciento, una vez al día. Todos, masivamente en Facebook.

¿Y si ampliamos el foco? Si queremos conocer qué ocurre un día típico en la vida de internet en el mundo y la intensidad en su utilización, las cifras son de vértigo. Aunque no tenemos que olvidar la persistencia de una brecha digital de acceso y utilización cuya corrección es un derecho y un elemento importante de generación de riqueza y bienestar.

Así, en un día en internet, según el Banco Mundial, se envían 207.000 millones de mensajes de correo electrónico; 8.800 millones de videos vistos en Youtube; 4.200 millones de búsquedas en google; 2.300 millones de GB de tráfico en la Web; 803 millones de tuits; 186 millones de fotos en Instagram; 152 millones de llamadas por Skype; y 36 millones de compras por Amazon.

Todo lo anterior, hace que esté cambiando el modo en que las personas nos relacionamos a una velocidad que está impidiendo, o cuanto menos obstaculizando, el análisis de los efectos no deseados de una exposición tan grande e intensa a internet en todos los ámbitos de nuestra vida personal, familiar y profesional.

Una cosa es evidente, lo único constante en nuestra vida es el cambio. Por ese motivo, es absurdo temerle o resistirse a él. Lo que hay que intentar es gobernarlo. Y en este caso, supone maximizar los beneficios que para las personas y la sociedad tiene esta nueva era de la humanidad; y reducir al mínimo los efectos perniciosos que tiene para las personas, las sociedades y las economías.

De ahí, la importancia de establecer nuevos códigos de conductas, nuevas regulaciones para unas tecnologías desconocidas hasta ahora. Responder a los nuevos interrogantes desde los valores de la Declaración de los Derechos Humanos, será una garantía ante tanta rapidez en los cambios, y tanto terreno desconocido por descubrir.

Y las respuestas hay que darlas ya. Porque cuando se pregunta a las personas si considera que en los últimos años el uso de las nuevas tecnologías (Internet, teléfono móvil), ha tenido consecuencias en las familias. Un 60,4 por ciento de la población considera que la comunicación entre padres e hijos ha disminuido; un 44,1 por ciento que ha aumentado el conflicto familiar; un 43,1 por ciento que han disminuido las relaciones con los abuelos; un 78,9 por ciento que ha disminuido la protección de la intimidad; un 45,5 por ciento que ha disminuido la comunicación en la pareja; un 56,3 por ciento que la influencia de los padres sobre la educación de los hijos es menor; y un 52,6 por ciento opina que ahora se hacen menos cosas juntos.

El hombre es un ser social, y también hoy un ser digital. Internet es crucial en nuestras vidas cotidianas, en nuestra sociedad, en nuestra económica y nuestra seguridad. Gobernemos el cambio, o seremos esclavos de la mera posibilidad de adaptación en el mejor de los casos.