La discusión que algunos están intentando espolear sobre los pronósticos electorales –no solo los del CIS– se ha convertido en un paradigma perfecto de lo que es una discusión con poco sentido científico y con muy escasa utilidad práctica.

Algunos artículos sobre estas cuestiones, aparentemente metodológicas, posiblemente habrán llevado a los que siguen estas cuestiones –posiblemente pocos– a preguntarse por qué algunos están poniendo tanto ardor en cuestiones que en principio debieran ser propias de expertos que se atienen a las reglas del método científico, que se comportan de acuerdo a los modales educados y respetuosos propios de científicos y académicos rigurosos.

La respuesta a esta pregunta es bastante sencilla. En primer lugar, esto es así porque la mayor parte de los que están participando en esta hosca discusión no son científicos, ni académicos. E, incluso, algunos ni siquiera tienen una formación específica como sociólogos, ni como estadísticos. Tal como uno de estos polemistas me confesaba hace poco, algunos son meros aficionados y opinólogos. Es decir, hacen números, leen algunas cosas y, sobre todo, escriben artículos de opinión. Lo cual es algo legítimo y normal. También los hay, lógicamente, que han cursado algún estudio de Sociología –teórica–, aunque posteriormente no hayan tenido experiencias en investigación empírica aplicada. Hasta aquí todo es perfectamente normal, lógico y propio de una sociedad libre, donde todo el mundo tiene derecho a mantener y publicar sus opiniones.

El problema empieza cuando algunos personajes sin formación ni conocimientos acreditados empiezan a pontificar y hablar “ex cátedra” (?), descalificando agriamente a quienes no piensan ni actúan como ellos, o como a ellos les gustaría, o les convendría. Llegando incluso a tergiversar maniqueamente argumentos, opiniones y comportamientos.

A lo cual se une un afán desmesurado por intentar mostrar autoridad en estas cuestiones por parte de empresarios y opinadores cuya formación es la de militares, químicos o ingenieros. Actividades y profesiones muy dignas, pero que si algo similar tuviera lugar en el campo de la medicina –en la que también existen “intrusismos”, a veces con efectos letales– daría lugar inmediatamente a la condena de los Colegios Médicos y de otros sectores sociales.

Pero, en Sociológica esto no ocurre y cualquiera se siente legitimado no solo a opinar sobre lo que desconoce, o lo que no ha aprendido ni asimilado bien, sino también a descalificar inquisitorialmente a quienes no coinciden con sus puntos de vista, o sus intereses. Sean estos políticos o económicos.

Recientemente he vivido en primera persona un ejemplo bastante pintoresco de este afán inquisitorial y distorsionador por parte de dos periodistas –u opinadores– de un importante periódico nacional, que después de someterme durante más de una hora a un tercer grado interrogador-confrontador –que en algunos momentos me recordó mis años de estudiante en la Dirección General de Seguridad–, al final publicaron una entrevista delirante en la que daban más peso a sus propios criterios y descalificaciones publicadas que a mis modestas –y nunca agresivas– opiniones de un Catedrático Emérito de Sociología que se ha dedicado toda su vida a la investigación empírica aplicada. Opiniones que, desde luego, no fueron correctamente recogidas en la susodicha entrevista-debate, o ejercicio de acoso, o como se quiera llamar.

Lo cual me ha llevado a preguntarme, en primer lugar, por qué en la sociedad española no se está apoyando más la defensa profesional del papel de los sociólogos, incluso con la creación de un Cuerpo Nacional de Sociólogos –o un subcuerpo–, que permita contar con profesionales cualificados en esta materia en la Administración Pública y en otros organismos, al igual que ocurre con el cuerpo de Abogados del Estado, Economistas del Estado, Estadísticos, Ingenieros, etc.

Con una iniciativa de este tipo se lograría no solo evitar el alto grado de intrusismo profesional que ahora existe en este campo, sino que también se contribuiría a dar una salida profesional digna y de alto nivel a muchos sociólogos, que en las sociedades de nuestros días tienen la singularidad de haberse especializado en una disciplina sobre la que casi todo el mundo habla y opina, pero sobre la que pocos tienen una formación rigurosa y sistemática. Lo cual no solo podría ser un buen servicio a la sociedad, sino que permitiría ayudar a clarificar y dotar de rigor a algunos debates un tanto salidos de tono.

Precisamente con el ánimo de contribuir a la clarificación y al sosiego de determinados debates es preciso indicar que aquello sobre lo que algunos discuten tan airadamente en estos momentos se conecta básicamente con las dificultades que han surgido en nuestras sociedades para anticipar de manera precisa y rigurosa los comportamientos electorales.

Hasta hace poco tiempo los comportamientos electorales, en sociedades como la española, eran mucho más estables y más predecibles. Es decir, se podía saber con cierta antelación qué pensaban votar buena parte de los ciudadanos. Sin embargo, estas pautas de comportamiento que se habían mantenido prácticamente inalteradas desde el inicio de la Transición Democrática hasta los primeros años de este siglo, se han visto alteradas por tendencias de fragmentación electoral y de volatilidad en los comportamientos electorales. De forma que en nuestros días la mayoría de la población no solo reparte sus votos entre un mayor número de partidos relevantes, sino que también lo hace de manera más incierta y coyuntural. Si nos atenemos a los datos disponibles en estos momentos, casi dos tercios de los electores dicen que no votan siempre por el mismo partido (64,4%), sino que optan por unos o por otros según lo que más les convence en cada momento (41,4%), o suelen votar en general –pero no siempre– por unos u otros (23%). Y además lo hacen de manera más abierta e impredecible, retrasando el momento de tomar la decisión. Muchos de ellos hasta el mismo comienzo de la campaña electoral (14,8%), o incluso la última semana (10,1%) y el mismísimo día de la votación (3,2%) (un 28,1% en su conjunto).

Es evidente que en estas condiciones –que no se dan solamente en España– es cada vez más difícil formular previsiones exactas con cierto tiempo de antelación y en base a métodos científicos rigurosos, ya que lo que es válido, o puede serlo, en un momento determinado, deja de serlo según transcurre el tiempo y se aproxima el día decisivo de la votación.

Tales modificaciones en los comportamientos electorales han dado lugar, lógicamente, a que sean poco válidos muchos de los modelos que anteriormente se utilizaban para intentar predecir el comportamiento de los indecisos y de los que no responden a estas cuestiones en las encuestas. Por eso, buena parte de los pronósticos electorales que suelen hacerse últimamente se desvían significativamente de los resultados electorales finales. Dos de los chascos recientes más relevantes, en este sentido, han sido los de las elecciones suecas, que pronosticaban un fracaso estrepitoso de la socialdemocracia, que nunca se dio, y las de Baviera, donde prácticamente todas las encuestas pre-electorales auguraban un mayor descenso para el partido hasta ahora dominante (CSU), al que se estimaba en torno al 30% de los votos, pero que finalmente obtuvo el 38%. ¡Una desviación apreciable!

Ante esta tesitura, continuar pensando que el pronóstico electoral más atinado, con su correspondiente modelo de proyección, es el que toma en consideración el recuerdo de voto de los encuestados, da lugar a equivocaciones también notables, ya que dicho modelo inercial de proyección (que pretende desvelar e interpretar lo que piensan los indecisos, e incluso reinterpretar lo que manifiestan algunos votantes) no tiene suficientemente en cuenta ni las nuevas situaciones, ni los cambios que se producen en el electorado. Amén de otras cuestiones discutibles.

Esta sencilla razón es la que explica, por ejemplo, que en el CIS actualmente hayamos renunciado a hacer proyecciones no contrastadas de datos, que podrían inducir a errores, o causar sensaciones de manipulación entre la opinión pública. Por lo que sencillamente nos limitamos a recoger exactamente lo que los españoles dicen que piensan votar, y el partido por el que sienten más simpatías. Con esta manera de proceder nos atenemos finalmente a lo que los españoles dicen, y no a lo que algunos sostienen, a veces a través de cálculos opacos, sobre lo que en el fondo realmente piensan, aunque no lo digan.

Los datos del CIS, pues, son simple y sencillamente los datos que refleja la opinión mostrada por los encuestados. De forma que calificar a esta información fidedigna como un “nuevo modelo de proyección” de voto revela tanta ignorancia como afán de tergiversación de la realidad.

Además, en la medida que el CIS publica en su web toda la información obtenida en sus encuestas, permite que cualquiera pueda realizar las proyecciones y simulaciones de voto que desee efectuar. Eso sí, eso no son ya los datos oficiales del CIS, que la opinión pública tiene derecho a conocer directa y fielmente, sino unas proyecciones teóricas más o menos verosímiles, de las que únicamente serán responsables los que las haya realizado.

El hecho de que algunas de las afirmaciones que se están realizando al calor de este debate se sostengan de manera tan hosca y exaltada –incluso agresiva– solo evidencia algo que ya es sabido desde hace tiempo. Es decir, que “la ignorancia se tiende a reforzar –y ocultar– con la exaltación y el extremismo”, de forma que cuanto más ignora alguien determinadas cuestiones, más exaltado y extremista suele ser en su defensa. Casi, casi, como si en ello les fuera la vida, la honra, o el pecunio; que de todo hay en la viña del Señor.