Hace varias semanas el Instituto Nacional de Estadística hizo públicos los datos de la Encuesta Continua de Hogares relativos al año 2017, en donde destaca que la soledad está instalada en los hogares españoles, materializándose en el 10,2% de la población y el 25,4% del total de hogares. Lo anterior se concreta en 4,68 millones de personas que viven solas (un 1,1% por encima del año 2016), de las cuales 1,96 millones tienen más de 65 años, tratándose en su mayor parte de mujeres (1,41 millones) (una cifra 2,5 veces superior a la de los varones que viven solos). Una realidad que se acrecienta a partir de los 85 años, de hecho el 41,3% de las mujeres viven solas, a diferencia del 21,9% de los hombres. En concreto los que tienen mayor tendencia a vivir en soledad son los hombres solteros y las mujeres viudas, no en vano 6 de cada 10 hogares unipersonales formados por hombres están habitados por solteros (58,3%); y 5 de cada 10, en el caso de las mujeres, por viudas (47,5%). Lo anterior contrasta con el 5,7% de los hogares que tienen cinco o más personas, resultando los más prevalentes los integrados por dos habitantes (30,4% del total, que aglutinan a 5,5 millones de personas). Por último, es sintomático que haya cuatro millones de parejas sin hijos, que 2,96 vivan con un hijo, que 2,78 tengan dos y que las que cuentan con tres o más hijos  bajen hasta los 608.200. (http://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=Estadistica_C&cid=1254736176952&menu=resultados&idp=1254735572981)

Se trata, por tanto, de un fenómeno que obedece fundamentalmente al envejecimiento de la población (aunque como veremos no sólo), en un país en donde la esperanza media de vida es de las más altas del mundo (83,38 años), si bien se observan tendencias hacia una mayor individualización familiar a consecuencia de la disminución del tamaño medio de los hogares en las últimas décadas. Los datos no dejan lugar a dudas, si en 1961 el tamaño medio de los hogares era de 4 personas, en 1991 decreció a una cifra de 3,28, en 1998 se situó en algo más de 3 personas y en 2017 bajó a 2,49.

Lo anterior tiene su explicación, según el fallecido sociólogo alemán Ulrich Bech, en un fenómeno de individualización de la lógica social en los países occidentales, que se inicia tras la Segunda Guerra Mundial, y que ha dado lugar a que las personas hayan sido  desprendidas de sus referencias familiares y remitidas a sí mismas, con los consecuentes riesgos, oportunidades y contradicciones. Los individuos son, según esta visión, el centro de sus estilos de vida y la familia se ha convertido en un espacio en donde deben compatibilizarse los deberes que exige el trabajo, los imperativos de la educación, las obligaciones de los niños y la rutina del trabajo del hogar. Debido a ello ha emergido una familia que se negocia con plazos definidos, y que desarrolla tendencias de dependencia familiar respecto a agentes externos no familiares, habiendo hecho su aparición nuevas comunidades de identidad.

En España la impregnación de estos valores en la lógica familiar fue más tardía, aunque el fuerte control social existente en el período franquista dio paso ulteriormente a un proceso de flexibilización y secularización de la vida familiar, que adquirió un ritmo vertiginoso. Una de sus consecuencias más relevantes de esta dinámica ha sido que el individuo ha ido tomando protagonismo y fuerza frente a la sociedad, con una mayor tendencia hacia el aislamiento y cuadros de soledad. Y el aislamiento y la soledad tienen efectos sobre la salud y son factores exclusógenos de primer nivel.

Julianne Holt-Lunstad y Timothy B. Smith, investigadores de la Universidad Brigham Young, en un artículo publicado el pasado año en la revista Heart, detallaron los efectos de la soledad y el aislamiento sobre la salud (incremento del riesgo de sufrir  ataques cardiacos, artritis, diabetes tipo 2, demencia senil, interrupciones en el sueño, respuestas inmunes anormales, empeoramiento cognitivo acelerado con pérdida de la capacidad para llevar a cabo actividades cotidianas como bañarse, arreglarse o  prepararse alimentos e, incluso, incitar intentos de suicidio), quiénes eran los sectores sociales más afectados y el tipo de intervenciones  a realizar para reducir sus riesgos. Diferenciaban entre el aislamiento social, que según su criterio, denota pocas conexiones o interacciones sociales y la soledad, que  implica una percepción subjetiva del aislamiento. Lo anterior significa que si bien las personas pueden aislarse socialmente y no sentirse solas, algunas  pueden sentirse solas aunque estén en continúa compañía, en particular si sus relaciones no les satisfacen emocionalmente.   http://heart.bmj.com/content/early/2016/03/15/heartjnl-2015-

En este sentido, un estudio del año 2012 de la Universidad de California puso sobre la mesa que la mayor parte de las personas que se sienten solas están casadas, vivían con alguien y no sufrían cuadros depresivos (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/mov/pubmed/22710).

También en los estudios que realiza el Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales de la UNED desde el año 1995, una de las tendencias fuertes de cara a las próximas décadas es la soledad en  la que previsiblemente nos instalaremos en los países desarrollados, no resultando una problemática que vaya a afectar con exclusividad a los ancianos (https://grupogets.wordpress.com).

Así se puso de relieve en una investigación realizada por Holt Lunstad y su equipo de investigación, quien al analizar 70 estudios sobre el tema que incluía a 3,4 millones de personas, constató que los mayores niveles de soledad se dan entre los  adolescentes y adultos jóvenes, disminuye a los inicios de la adultez y durante la mediana edad y recobra fuerza en la vejez (http://journals.plos.org/plosmedicine/article?id=10.1371/journal.pmed.1000316).  Los estudios del National Social Life, Health and Aging Project de la Universidad de Chicago confirman lo anterior (www.norc.org/Research/Projects/Pages/national-social-life-health-and aging-project.aspx).

A la luz de lo expuesto anteriormente, mi impresión es que no hay una conciencia social sobre lo que podría ser en el mundo desarrollado una de las “epidemias” sociales del siglo XXI, una patología invisibilizada que ya está produciendo sufrimiento a adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos, y ante la que las instituciones públicas deberían adoptar medidas urgentes de intervención en sociedades paradójicamente hiperconectadas, en donde los seres humanos, singularmente los de menor edad que viven en los países más desarrollados están “enganchados” a  redes sociales que le proveen de numerosas identidades en la soledad de su anonimato, a la par que los más veteranos experimentan la soledad en términos de abandono de sus redes sociales y familiares.