A medida que se acerca el Election Day crece la inquietud sobre la normalidad del proceso electoral en Estados Unidos. En estos momentos, tanto dentro como fuera del país, se debate acerca de dos polos de incertidumbre. El primero, lógicamente, es el resultado. Pese a que Biden aventaja notablemente a Trump, las encuestas en los Estados clave que decidieran el duelo no terminan de superar con claridad el margen de error; por tanto, el actual presidente (incumbent) aún no parece derrotado. El segundo asunto de discusión, por su novedad y riesgo, es el más importante: ¿aceptaría Trump su derrota?

Desde hace semanas, expertos constitucionalistas, dirigentes y comentaristas políticos y portavoces de sectores sociales debaten abiertamente, y con sonrojo en algunos casos, sobre algo impensable hasta ahora. ¿Estados Unidos se encuentra en el filo de convertirse en una República bajo sospecha? O, como dijo el expresidente Carter, ¿no debería solicitarse el concurso de observadores internacionales para controlar el proceso electoral?

LA SOMBRA NEGRA

En este clima de tensión y nerviosismo electoral, surge otro peligro no menos grave: la sombra de la violencia como factor adicional de desestabilización institucional. Grupos de la extrema derecha racista proclaman abiertamente su intención de no permitir la derrota de Trump; o, como ellos dicen, combatir el supuesto fraude para impedir un segundo mandato.

El supremacismo blanco no es un fenómeno nuevo en Estados Unidos, naturalmente Se trata de un fenómeno histórico intrínsecamente ligado al desarrollo social y político de la nación desde sus orígenes, factor decisivo en momentos cardinales como el propio nacimiento, la guerra de Secesión, las leyes segregacionistas o las luchas por los derechos civiles. El infame Ku Klux Klan es sólo uno de los protagonistas históricos de esa constante social e ideológica.

En la actualidad, el supremacismo blanco adquiere formas más diversas y adaptadas a las realidades sociales y, sobre todo, a los instrumentos de desarrollo y propagación, como Internet y las redes sociales. La atomización caracteriza al movimiento, aunque existen lazos de cooperación o encuentro, no tanto organizativo cuanto inspirador.

El COVID-19 ha contribuido muy favorablemente al crecimiento numérico de estos grupos, al proporcionarles un motivo más de propaganda: la supuesta resistencia contra la imposición del confinamiento, de la restricción de la libertad de movimiento y actuación. En la negativa de Trump a favorecer las medidas preventivas y reactivas frente a la enfermedad, estos extremistas han encontrado a un aliado inesperado, nada menos que en la propia Casa Blanca. De repente, el jefe del gobierno se convierte en un inspirador. Y los que se oponen a él desde posiciones de responsabilidad son los enemigos principales a liquidar. Es el caso de la gobernadora de Michigan, Gretchen Witmer, a la que uno de estos grupos pretendía secuestrar, según el FBI (1). Un plan similar se ha descubierto en Virgina.

Trump había preparado el terreno con tuits incendiarios en los que invitaba a la población a liberarse del confinamiento impuesto por los gobernadores en sus estados. En el debate televisado con su oponente, el presidente hotelero se había negado a condenar a estos grupos, limitándose a recomendarles que permanecieran tranquilos, pero atentos y vigilantes (stand down and stand by). Le faltó decir, a sus intereses personales y electorales (2).

LA MAYOR AMENAZA TERRORISTA

Pero ya antes del proceso electoral y del COVID-19, Trump se había dejado tentar por el apoyo más o menos explícito del supremacismo blanco. Ha exonerado reiteradamente a los asesinos múltiples de ultraderecha, tras los actos violentos de Charlottesville, Pittsburg, Poway, El Paso y otros. Este verano, con motivo de las movilizaciones sociales tras el asesinato del afroamericano George Floyd por brutalidad policial, bandas de ultraderecha aterrorizaron a los manifestantes en Portland y otras localidades, con la anuencia directa o indirecta del agitador de la Casa Blanca.

Los grupos de extrema derecha racista han experimentado un auge sin precedentes durante los cuatro años de mandato de Trump. Según la Liga Antidifamación, una de las ong que siguen más de cerca estas actividades, en 2017 los grupos de ultraderecha mataron a 37 personas (el 20% de las víctimas mortales por terrorismo en el país). En 2018, el terrorismo doméstico se cobró medio centenar de vidas y los supremacistas fueron los autores de casi ocho de cada diez de estos crímenes. El año pasado fue el peor desde 1993, cuando se produjo el macroatentado de Mac Veigh en Oklahoma. Otros investigadores del terrorismo, como Daniel Byman, de la Brookings, han documentado y analizado la predominancia del terrorismo de ultraderecha frente a la atención excesiva puesta por medios y políticos en el yihadismo (4).

Rebecca Weiner, alto cargo en la policía de Nueva York, describe las características comunes de estos grupos fanáticos y violentos: armados hasta los dientes, muchos de ellos con pasado militar o policial, combinan la indumentaria paramilitar con el uso de camisas hawaianas. Se reclaman confusamente de una cultura que ha venido en conocerse como boogaloo bois: una mezcla de proclamas del libertarismo antigubernamental, derecho ilimitado al uso de armas, sacralización de la violencia y evangelismo, con el designio de que América se convierta en un etnoestado blanco, si es necesario mediante una guerra civil (5).

ALIADOS INSTITUCIONALES Y PARANOICOS

Como ya ocurriera con el ISIS, el supremacismo blanco también ha visto favorecido por Internet. Las páginas web y los sitios de chat han proliferado, creando una red de inspiración y animación. Es un fenómeno universal, que ha permitido crear nuevos héroes y mitos, como el noruego Breivik o el australiano Tarrant, y conectar a grupos de extrema derecha de todo el mundo con otros cabecillas de esta crecida ultraderecha norteamericana. Pero según Weiner, en el uso masivo de Internet reside también el telón de Aquiles de estos grupos, ya que se les podría silenciar con relativa facilidad, si las grandes empresas del sector tuvieran el mismo interés puesto en neutralizar u obstaculizar la propagación de mensajes yihadistas.

Otro nivel de complicidad, más explícita y perturbadora, proviene de departamentos locales de policía y sheriffs de condados, tanto en ciudades con populosas minorías raciales como en medios rurales o urbanos de la América profunda. En el pasado y en las protestas de este verano, los antidisturbios han sido auxiliados por los pistoleros de la ultraderecha (6).

En su febril actividad conspiratoria, el supremacismo blanco ha convergido con otras corrientes paranoicas, como el fenómeno QAnon, una especie de secta que proclama la existencia de un supuesto plan maligno de pedófilos, políticos demócratas (con Hillary Clinton a la cabeza) y otros poderes ignotos para apoderarse de Estados Unidos y acabar con las libertades. Con apoyo en los foros 4chan y 8chan, han propagado su mensaje y ganan adeptos cada día, incluidos líderes republicanos (7). No constituye una sorpresa que QAnon se haya sumado a la defensa de Trump y a la teoría de un compló para desalojarlo de la Casa Blanca.

 

NOTAS

(1) “FBI says Michigan anti-government group plotted to kidnap Gov. Gretchen Whitmer”. THE NEW YORK TIMES, 8 de octubre.

(2) “Trump keeps inciting domestic terrorism”. JEET HEER. THE NATION, 9 de octubre.

(3) Cifras recogidas en “A political virus.America’s far-right is energised by Covid-19 lockdown”. THE ECONOMIST, 17 de mayo. Pueden encontrarse estos y otros muchos datos sobre la actividad del extremismo racista en la página web de la AntiDefamation League: http://www.adl.org

(4) De DANIEL L. BYMAN, dos trabajos recientes a retener en la página de la BROOKINGS: “Who is a terrorist today” (22 de septiembre), y “How an administration might better fight white supremacist violence” (11 de agosto).

(5) “The growing white supremacist menace”. REBECCA ULAM WEINER. FOREIGN AFFAIRS, 23 de junio.

(6) “Racism, white supremacism and far-right militancy in law enforcement”. MICHAEL GERMAN. BRENAN CENTER FOR JUSTICE, 27 de agosto.

(7) “QAnon’s creator made the ultimate conspirancy theory”. JUSTIN LING. FOREIGN POLICY, 6 de octubre; “QAnon: aux racines de la théorie conspirationniste qui contamine l’Amérique”. DAMIEN LELOUP y GRÉGOR BRANDY. LE MONDE, 14 de octubre.