La capacidad de asombro no tiene límites. Y eso es lo que nos está ocurriendo a una inmensa mayoría silenciosa ante las barbaridades y extremismos de un ala del PP. Eso nos ocurre a una ciudadanía que no da crédito del barro político generado en medio de una pandemia. Sinceramente, creo que eso le ocurre también a un ala del PP, incluso de Ciudadanos, que no saben bien cómo digerir a la nueva estrella mediática Isabel Díaz Ayuso.

Quien piense que esto es casualidad o torpeza o ignorancia están muy equivocados. Es absolutamente mala fe. Es la encarnación de un modo de hacer política que ya la hemos visto en otras ocasiones, por ejemplo, bajo la batuta de Aznar. Se juntan varios ingredientes: mucha ignorancia (sobre todo histórica), porque la ignorancia es la base de la desvergüenza, unido a unas altas dosis de soberbia (ponerse el traje del poder no vuelve a uno más sabio pero sí más arrogante), con un odio que nace de las entrañas (muerte a los rojos, intelectuales, comunistas, socialistas, feministas, … y todo lo “ista” que rompa el orden establecido), y una forma de hacer política tacticista (ni siquiera estratégica que para eso hace falta inteligencia), que consiste en manipular si hace falta, decir esas verdades a medias que generan confusión, y soltar frases grandilocuentes y escandalosas que provocan titulares. En definitiva, difama que algo queda.

Ahora bien, no es nueva la estrategia. Pero no por manida, deja de dar resultado. Lamentablemente, la competencia establecida entre Vox y una parte del PP para ver quién la suelta más grande, quién monta más escándalos, quién desestabiliza más está provocando un ruido insoportable en la sociedad.

Analicemos algunas cosas:

  • Quién está lanzando barro a la arena democrática política, quién está enfangando y ensuciando permanentemente el debate y a los medios de comunicación, quién engaña con cifras, manipula y provoca. Hay que tener muy claro que, al final, nuestra democracia política está en manos de unos agitadores que son los mismos que se enfrentan al gobierno de España o bloquean la renovación del Consejo de Poder Judicial: son los mismos a quien España les da exactamente igual porque ellos solo entienden de “los míos” por encima del conjunto de los españoles.
  • Cuando esto ocurre, no es posible debatir sin mancharse, porque entonces no hay debate posible. Esto le ocurre a don Ángel Gabilondo que no está hecho para estos lares. Si intenta poner cordura a la situación y actuar en pro del beneficio político, queda discretamente borrado de la jauría política. Prácticamente no interesa lo que tiene que decir porque no hay titular “sangriento” en sus palabras. Debatir frente a la mediocridad unida a la desvergüenza suele ser más complicado de lo que parece, sobre todo, cuando uno estima la educación cívica y todavía cree que es posible trabajar por el bien público.
  • Los agitadores no suelen ser inteligentes pero sí descarados. Si fueran inteligentes, la razón les impondría cierta cordura; así, se dejan llevar por los instintos más bajos. No suelen ser muchos. Al contrario, basta con cinco o seis para montar un cirio. De hecho, siempre se nos olvida que, pese a lo que diga Díaz Ayuso, España es muchísimo más grande y plural, abierta y diversa, compleja y autonómica que Madrid. Madrid sí es España, pero España tiene muchos más territorios, gobiernos, ciudadanos, … que, en esta situación grave, están trabajando de forma coordinada, callada y discreta, y mucho más efectiva que Madrid. Pero no son noticia. Así pues, pensamos que todo este follón es lo normal, cuando es lo excepcional, pero una cacerola hace mucho más ruido que la armonía de una orquesta.
  • No obstante, en esta polémica suele haber más de dos protagonistas. Está el agitador y sus acólitos debidamente orquestados, está el oponente navegando como puede entre mantener las formas y morder la yugular, están los medios de comunicación que también tienen sus propias posiciones e intereses, están los grupos de ciudadanos que se suman a uno u otro bando (algunos de ellos encantados con las barbaridades que dicen sus representantes pues se sienten más reconocidos en el griterío que en el ágora), y están los cómplices que son esos callados acompañantes silenciosos que no comparten lo que hacen los suyos pero no se atreven a frenarlos. A ellos llamo la atención: a los demócratas, gobernantes, eficaces gestores, políticos de raza que se escandalizan pero no se atreven a frenar esta locura.

Y me invoco a ellos porque la deriva que está tomando el PP de Pablo Casado, su amigo Teo, Cuca y Cayetana (tanto da una que otra), Aznar y Aguirre, y la inestimable colaboración de alguien tan “indescriptible” (por favor, ahórrenme los adjetivos) como Isabel Díaz Ayuso no se la merece España.

Me invoco a ellos porque estas estrategias, lamentablemente, suelen dar resultado. Podrán pensar que mejor para el PP, aunque será peor, sin duda, para España. Pero también será peor para personajes políticos democráticos, sean del signo que sean, incluso de la derecha, porque tampoco ellos sobrevivirán al aquelarre.

Yo no soy socialista para convencer a los demás de que lo sean. Me basta con estar convencida yo misma cuando defiendo algo. Lo estoy para dialogar con todos, para que cada uno sea lo que quiere ser y pensar como quiera, porque, con los años, una descubre que tiene mucho que aprender y escuchar del que defiende algo diferente. Pero nunca del que es capaz de manipular la historia y los datos, de quien es capaz de manchar de “asesino” la estatua de Francisco Largo Caballero, de quien es capaz de callar ante esa tropelía, o lo que es muchísimo peor, fotografiarse provocadoramente delante de un acto miserable como ese.

Y, cuando lo miserable, la ignorancia, la barbarie y la soberbia se juntan en el mismo cocktail nada bueno puede salir de ello. Ni siquiera para los acompañantes silenciosos que hoy son los únicos que podrían frenar esta espiral violenta y demostrar que otra derecha política, social e intelectual también es posible.