La entrada del gobierno español en Telefónica comprando el 10% tiene muchas lecturas interesantes en la economía globalizada.

Es un movimiento que se está haciendo en todos los gobiernos europeos para recuperar un mínimo control sobre el sector de las tecnológicas, que es donde se sitúa la “guerra” actual y del futuro inmediato entre los dos gigantes, EEUU y China. Es el control por el “chip” y lo que supone la información, la comunicación y el control de los datos.

Es una acción inteligente por parte de la Unión Europea que debería haberse hecho mucho antes, pero más vale tarde.

Supone también un movimiento de “desglobalización”. La globalización económica ha campado estas décadas de forma salvaje, sin control, promoviendo un crecimiento de la desigualdad imparable, y creando una nueva clase de ricos en torno a las empresas tecnológicas, que ha provocado una “secesión de los ricos”, como bien señala Juan Romero. Hace mucho tiempo que estos viven en un mundo muy diferente al del 99% restante.

Lo que ocurre es que parecía no preocupar a los gobiernos democráticos que el control de la ciudadanía estuviera en manos privadas. Se soporta muy bien esa “libertad de mercado” que acaba esclavizando y dominando a la ciudadanía y gobiernos democráticos. No olvidemos que las GAFAM (las cinco grandes tecnológicas estadounidenses: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) tienen el ¿80%? de nuestros datos, que son la fuente mayor de riqueza. A ellas hay que añadir al “enfant terrible” de Elon Musk, conquistando el espacio con sus satélites y jugando a ser dios con Neuralink. Musk es el hombre más rico del mundo con una fortuna escandalosamente obscena, que le permite intervenir incluso en la guerra de Ucrania, sin que nadie le autorice a ello.

Esa situación de “secesión” de ricos debería haber alarmado hace tiempo a la Unión Europea poniendo controles a esa riqueza desmedida.

Sin embargo, lo que ha provocado la reacción es la aparición de otros protagonistas en este juego de economía global; Arabia Saudí.

Ahora nos enfrentamos a un gobierno dictador que juega con su dinero como si estuviera en un casino, vulnerando continuamente los derechos humanos, y comprando sin pudor a quien se le ponga enfrente. Y si no se dejan comprar, …. Arabia Saudí ha hecho saltar todas las alarmas.

Sin embargo, hace tiempo que el otro gran gigante ha venido desarrollando unas acciones parecidas. China ha intervenido en el mercado libre capitalista, no como una empresa más, sino con toda la fuerza de ser un Estado. Mientras que los gobiernos europeos han permanecido al margen de las acciones empresariales, y no solo al margen, sino muchas veces maniatados (lo hemos visto cuando se quiere aumentar impuestos a grandes empresas o multinacionales y estas amenazan al gobierno con irse a otro lugar) soportando las amenazas continuas de deslocalización, de búsqueda de mano de obra más barata, de no pagar impuestos, de exigir subvenciones en épocas de crisis, …. Los gobiernos democráticos europeos se han visto “chantajeados” en ese libre mercado donde se ha privatizado el beneficio. pero se han subvencionado las pérdidas, que hemos pagado entre todos.

En cambio, China lleva años marcando su política económica desde el gobierno, exigiendo a las empresas cuáles son las condiciones de negocio, cuáles son las prioridades estratégicas, y a quién le deben sus beneficios. Y extendiendo su control al exterior de sus fronteras. No hace falta que hagamos una revisión de cuáles son las compras realizadas por China en África o Sudamérica, solo recordemos que con la crisis del 2008 y la situación crítica de Grecia, su puerto estratégico El Pireo es hoy de propiedad china.

Podemos decir que China ha hecho “trampa” en el juego económico global. Pero le ha favorecido claramente. Mientras que Occidente se ha dejado seducir por una libertad de mercado que nos ha hecho dependientes de pocas manos privadas, que juegan con nosotros como un casino global.

Arabia Saudí ha querido seguir los pasos de China. Pero no ha sido discreta ni sutil. Ha sido obscenamente escandalosa. Y menos mal, porque eso hace que Europa despierte de que está en medio de un cambio de paradigma económico global. Y si no se mueve, quedará excluida. Si Europa peligra, peligra también la democracia y el bienestar conseguido.