Javier Cercas, Planeta, 2019

 

La bella y tranquila comarca de Terra Alta en la provincia de Tarragona es el escenario en el transcurre este inquietante thriller, que estoy segura no dejará indiferente a quién se adentre en sus cerca de cuatrocientas páginas. La trama comienza con el descubrimiento del feroz asesinato de un matrimonio de ancianos, propietarios de la mayor empresa de la zona, Gráficas Adell, y de otras muchas, tanto en España como allende nuestras fronteras.

Es el encargado de la investigación Melchor Marín, un joven policía con una infancia y juventud marcadas por el dolor y sufrimiento más extremos. Un hombre hecho a sí mismo, que consigue rehacer su vida y crear su propia familia junto a una mujer buena y a su pequeña hija en común Cosette, que debe su nombre a la de Jean Valkean, el protagonista de su novela de referencia Los Miserables.

La narración está construida con personajes tan dispares, que el autor nos lleva desde la ternura más inocente hasta la crueldad más atroz, dejándonos sin aliento cuando su ritmo se acelera y, como en una noria, nos eleva hasta el cielo para precipitarnos al vacío.

Es una reflexión sobre el valor de la ley, de la justicia…, pero especialmente sobre cómo y en qué medida la venganza condiciona. La venganza, la venganza…, que algunos atesoran como si fuera la luz de su camino y, como en esta trama, colma de satisfacción a quién la ejecuta en su último recorrido. Un final de sangre, de sevicia, de muerte por el pasado irrecuperable, sin escrúpulos, ni piedad…

Pero, sobre todo, es un relato sobre la búsqueda del sentido y el lugar en la vida, que, en ocasiones, son conquistados tras un largo camino empedrado, con posibilidad de perder la brújula vital por el azar o la ignominia de los malvados de corazón. De los que guardan en su interior lo peor de ellos mismos y vomitan sobre los demás su vileza. Y junto a ellos la candidez de la que participa el resto, a pesar de que en la mayor parte de las oportunidades esté a buen recaudo por resquemor o vergüenza.

Así va discurriendo el todo…  entre paradojas tejidas por la felicidad y el desconsuelo, por la justicia y la injusticia, por la ingenuidad y la brutalidad… siendo como nos decimos seres racionales, aunque con una carga emocional de tal magnitud que puede elevarnos al sol o trasladarnos a la mayor oscuridad. Aspiramos y nos quedamos con la luminosidad… y así debería ser, aunque la realidad sea tozuda.