Hace pocas semanas quedamos consternados por la pérdida de una extraordinaria actriz española, de la que todos hemos disfrutado de sus numerosas actuaciones en películas y series de las últimas décadas. Una mujer de gran talento, merecedora de varios premios Goya, quien nos regalaba en sus apariciones públicas, alegría, amabilidad y una entrañable sonrisa que nunca olvidaremos. Pero detrás de aquella apariencia, se escondía una persona con una sensibilidad exquisita, a la que la vida, tal como ella misma relató, la golpeó, con etapas muy duras, con la que quizá sea una de las más crueles y desconocidas enfermedades: la de la tristeza y la desesperación.

Vivimos tiempos difíciles y de extraordinaria incertidumbre a instancias de la COVID-19, que iniciado ya el año 2022 está instalado en todo el mundo y campa a sus anchas, en sus sucesivas variantes. Ha dado lugar a un aumento de los problemas de salud mental entre la ciudadanía, que ha cursado con dificultades laborales (despidos, paro, ERTES…), deterioros en la salud física, aislamiento y falta de contacto social, a la par que mudanzas en los hábitos y estilos de vida, etc. Lo anterior se ha agravado, según la OMS, por el hecho de que el 93% de los países hayan comprometido sus servicios de salud mental.

Según un estudio realizado en la primavera pasada en Estados Unidos (con una muestra de 230.00 personas), un tercio de los supervivientes del coronavirus padecían trastornos neurológicos o psiquiátricos, una vez superaron sus efectos más directos. Privativamente ansiedad (17%) y depresión (14%). Anticiparon que la pandemia podría provocar una “ola de problemas mentales y neurológicos”, tal como quedó constatado en los países más desarrollados (en los más pobres, además de hacer frente a este enemigo invisible, que pareciera imbatible, se enfrentan al hambre y a la miseria más extremas, que con el compromiso de todos sí podrían vencerse).

La Confederación Salud Mental España publicó en marzo de 2021 el informe Salud mental y Covid 19. Un año de pandemia[1], en el que pormenoriza que las personas que habían enfermado de COVID-19 podían tener secuelas en su salud mental. Detallaba que una de cada 5 cinco encaraban, por primera vez en sus vidas, ansiedad, depresión o insomnio, al tiempo que tenían el doble de probabilidad de padecerlas que personas con otras patologías[2]. Refería un aumento de los pensamientos suicidas (entre un 8% y un 10%), con mayor incidencia entre los jóvenes entre los 18 y 34 años (donde el porcentaje se situaba entre el 12,5% y el 14%)[3]. Consignaba un empeoramiento de la salud mental de los hombres/mujeres y sectores sociales más desfavorecidos y/o con problemas de esta naturaleza previos a la pandemia. En definitiva, exponía que los jóvenes, los mayores, las mujeres y las personas con discapacidad estaban siendo los más afectados en su salud mental en el periodo pandémico.

Según el Centro de Investigaciones Sociológicas en la Encuesta sobre la salud mental de los españoles durante la pandemia de la COVID-19[4], desde que comenzó la pandemia hasta febrero de 2021, un 6,4% de la población acudió a profesionales de la salud mental por experimentar síntomas como ansiedad (43,7%) o depresión (35,5%) (específicamente mujeres). Según este estudio, un 5,8% de los encuestados fue tratado médicamente, destacando los ansiolíticos (58,7%) y los antidepresivos (41,3%). Resulta ilustrativo, también, que durante el confinamiento más estricto, el 30% manifestara vivir en primera persona ataques de pánico, un 25% sentirse aislados/excluidos socialmente y un 55% no haber sido capaces de controlar la preocupación. Destaca que el 60% denotara poco interés o placer en hacer cosas, con cuadros de decaimiento, depresión menor, sentimientos de falta de esperanza e incluso con episodios de llorar (35,1%). Particularmente, los identificados con la clase baja se revelaron peor (32,7%) que los que lo hacían con la clase alta (17,1%), materializándose en un mayor consumo de ansiolíticos, antidepresivos y psicofármacos.

En orden a lo anterior, la OMS recomendó en octubre pasado asignar más recursos a la atención de la salud mental, a la luz de lo acontecido con la vivencia de la COVID-19, bajo el lema: “Atención de salud mental para todos”.

En este sentido el gobierno de Pedro Sánchez presentó el 9 de octubre el Plan de Acción 2021-2024 Salud Mental y COVID-19 (que complementa la Estrategia de Salud Mental del año 2006) para atender las consecuencias provocadas entre los ciudadanos por la pandemia. En su presentación pública puso sobre la mesa: “Que el 10,8% de la población española haya consumido tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir y el 4,5% haya tomado antidepresivos o estimulantes en los últimos días dice mucho del estado de salud de nuestra sociedad y de sus problemas estructurales” y que: “Tenemos que analizarlos y hacerles frente con toda la responsabilidad y el poder que tiene el Estado, y también con el apoyo de las sociedades científicas. Nuestra responsabilidad es actuar”.

La salud mental es una prioridad para el ejecutivo, sin perder de vista los condicionantes socioeconómicos entre los sectores sociales más vulnerables (malas condiciones de vida, precariedad laboral, mayor incertidumbre…),  que incrementan el riesgo de padecer ansiedad, angustia, depresión y trastornos de mayor gravedad.

A tal efecto, se han destinado 100 millones de euros para abordar el impacto de la COVID-19 a través del precitado Plan de Acción 2021-2024 Salud Mental y COVID-19, en que se detalla una hoja de ruta para profesionales y pacientes con la finalidad de promover acciones concretas que mejoren la atención, tanto en el ámbito hospitalario, como en la atención primaria. Además, se apuesta por una formación sanitaria especializada en salud mental, una sensibilización hacia las enfermedades de este cariz, luchar contra la estigmatización de los afectados, prevenir conductas adictivas, promover el bienestar emocional entre la población (específicamente en la infancia, la adolescencia, entre las mujeres y las personas mayores), así como por una mejora de la prevención, la detección y la atención de las conductas suicidas. En ese sentido, se va a  crear una especialidad en psiquiatría infantil y de la adolescencia y un teléfono gratuito y confidencial de información 24 horas ante posibles suicidios.

Como decíamos al comienzo de estas líneas, transitamos tiempos complejos, que solo podremos superar con el esfuerzo de todos y cada uno de nosotros, asumiendo nuestras responsabilidades y siendo buenos ciudadanos: respetuosos, solidarios y deferentes.

_____________________________________________

[1] Véase, https://www.consaludmental.org/publicaciones/Salud-mental-covid-aniversario-pandemia.pdf

[2] Taquet, M., Luciano, S., Geddes, J. R., Harrison. P. J., “Bidirectional associations between COVID-19 and psychiatric disorder: retrospective cohort studies of 62354 COVID-19 cases in the USA”, The Lancet Psychiatry, vol. 8, 2020, págs. 130-140.

[3] O’Connor, R.C., Wetherall, K., Cleare, S., McClelland, H., Melson, A. J., Niedzwiedz, C. L., O’Carroll, R. E., O’Connor, D. B., Platt, S., Scowcroft, E., Watson, B., Zortea, T., Ferguson, E., Robb, K. A., “Mental health and well-being during the COVID-19 pandemic: longitudinal analyses of adults in the UKCOVID-19.  Mental Health & Wellbeing study”, The British Journal of Psychiatry, 2020.

[4] Véase, https://www.consaludmental.org/publicaciones/Encuesta-salud-mental-covid19-cis-avance-resultados.pdf