En la concepción política del neoliberalismo se aprecia una línea argumental y de actuación tendente básicamente a la aminoración de lo público en la mayoría de sus vertientes (la excepción que confirma la regla, bien podrían ser el gasto y recursos en defensa y orden público).

Desde los años 80, el inicio de la implantación de las políticas neoliberales en países de tanto potencial específico como Estados Unidos (R. Reagan) y Gran Bretaña (M. Thatcher) fue nuclear para su expansión al resto de potencias desarrolladas (y por supuesto, con establecimiento igualmente en países de menor desarrollo económico y político, como por ejemplo en buena parte de Sudamérica).

Si este neoliberalismo, y de forma muy sintética, se caracteriza, por una parte, con recortes y/o eliminación de prestaciones del Estado de Bienestar de carácter preferentemente universal (sanidad, endurecimiento becas educación, prestación y condiciones del desempleo, pensiones de jubilación) con el objetivo final de abrir estos nichos a la iniciativa, y ganancia, del sector privado, con las derivadas , entre otras, de mayor desigualdad social, disminución de la igualdad de oportunidades; y de otra parte en una vertiente económica-laboral, con el desprestigio y búsqueda de debilitar la capacidad negociadora y operativa de sindicatos de trabajadores, salarios mínimos, valga la redundancia, lo más mínimos posibles, supresión o rebaja sustancial  de convenios sectoriales, y la búsqueda de una negociación prácticamente bilateral entre trabajador y empleador, como digo, a todas estas características de lo que podemos entender como neoliberalismo, en la fecha actual se han incorporado nuevas vertientes y campos de lucha ideológica y política, que como es lógico, tienen o van tender sus consecuencias económicas y sociales. Y por supuesto, la cabeza del león quizás en toda esta ideología como es la reducción constante del sistema impositivo público, debilitamiento de la progresividad fiscal, evasión y permisividad fiscal inexplicable con las grandes multinacionales. Aminorando los recursos e ingresos públicos, “el paciente morirá por inanición… o casi”.

Este ultraneoliberalismo ha añadido a su discurso tradicional lo perjudicial que pueden resultar los avances, progresos y políticas que se postulan desde el feminismo, y también desde la protección y defensa del medio ambiente.

Parece ser que estos últimos nuevos caballos de batalla de los sectores ultraconservadores de la sociedad van ser, junto los ya mencionados de jibarización del estado de bienestar, demonización de la negociación sindical, etc. terreno para vencer en el discurso ante la opinión pública. ¿A que puede obedecer este ataque al avance en derechos de las mujeres? ¿A quiénes puede perjudicar evitar que la vida en el planeta se convierta en varios lustros en algo muy diferente, por lo negativo, a lo que ahora conocemos en cuanto a calidad del aire, contaminación de las aguas, temperaturas medias?

A estos elementos enunciados, cabría añadir, el auge de un nacionalismo excluyente, segregador ante lo diferente, y en muchos casos, rayando en la xenofobia y el racismo. El siglo XXI ha traído por varias influencias y fuentes un nacionalismo que parecía ya olvidado, en buena parte, desde la finalización de la Segunda guerra mundial. Habría que preguntarse también a quien favorece este nacionalismo exclusivo y excluyente que quizás tuvo su génesis europea desde la acción del Tea Party norteamericano y que ha calado con profundidad a este lado del Atlántico.

Asimismo, reflexionar sobre el proyecto de Unión Europea y como le afecta todo el potencial centrífugo que conlleva este nacionalismo, que en muchos aspectos socaba la solidaridad, el progreso en esa empresa de hace décadas de una Unión Europea potente económicamente y con estándares elevados de progreso social y político.

Una mayor desunión en la región europea más desarrollada, provoca que otras regiones crezcan en potencial económico y geopolítico. Desprestigio de la ideología feminista, discurso contra el cambio climático y sus efectos, auge y potenciación de un nacionalismo excluyente (algo muy diferente a un patriotismo integrador y de respeto a otras culturas y naciones), estos tres caracteres nuevos, en mi opinión, conforman este nuevo ultraliberalismo, al que recientemente se le ha unido una ideología bélica que hacía décadas parecía ya superada. Tildando a la voluntad de dialogo, de acuerdo, de negociación, como algo ilusorio, infantil, la argumentación de una amenaza (quizás en parte creada y buscada persistentemente por algunos países occidentales) hace que las grandes potencias estén justificando un aumento en su PIB del gasto militar (lógicamente en una trayectoria paralela del neoliberalismo de reducción constante de la fiscalidad y recursos públicos) y ello conlleva un detrimento de  partidas presupuestaría destinadas a gastos social (sanidad, educación, asistencia social, etc.) Con lo que ya se logra la cuadratura del círculo ultraneoliberal, reducción de las prestaciones sociales del Estado, aminoración de la contribución fiscal progresiva al mismo, pero a la par aumento del gasto militar ante un mundo donde las tensiones geopolíticas obedecen, en parte, a los intereses de las grandes empresas armamentísticas y su poderosa influencia en algunos círculos de poder político.

¿Qué alternativas se pueden ofrecer desde otras posiciones ideológicas? ¿Basta con oponerse e intentar contrarrestar estas ofensivas, nunca mejor dicho, contra el progreso en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, contra el negacionismo del cambio climático, contra la xenofobia, contra los ataques soterrados al proyecto de Unión Europea?

¿O habría que ofrecer más que una aptitud a la defensiva, nuevas propuestas que faciliten la participación ciudadana mediante iniciativas legislativas, concienciar a la opinión pública que la Democracia no es algo estático, una circunstancia ya completada? Desgraciadamente la historia nos ofrece ejemplos notables y no tan lejanos, que esto no fue, ni es así. La democracia, los derechos y libertades, si no avanzan, si no están en una línea constante de desarrollo (al igual que cualquier ser vivo) en el mejor de los casos se mantienen, y en el peor, merced a fuerzas que lo socaban y hieren, puede perder vitalidad, dejación de sus funciones nucleares. El desarrollo democrático nos concierne a todos los ciudadanos/as.